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Y a veces nos curaban... ¡deveras! Hermosillo, Sonora, México |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
No cabe duda de que aquellas amas de casa de los años veintes, treinta y cuarentas, lucharon contra viento y marea para mantener a la prole sana, nomas póngase a pensar ¿cómo le hacían para curar a los chamacos de tantas y tantas enfermedades que los acosaban? Tiempos aquellos en que la medicina aun, no terminaba de hacer acto de presencia, caita de médicos, hospitales y sobre todo comunicaciones para de inmediato atender al indispuesto. El único recurso de que desde tiempos inmemoriales y que a través de sus ancestros habían recibido como bendita herencia era la “medicina casera”, transmitida oralmente de generación en generación y que la necesidad hacia que la aprendieran a riesgo de que, de olvidarla, sus pacientes se les morían. Por supuesto que no siempre fue efectiva, pero con el respaldo de la fe, esperaban el prodigio de recuperar la salud perdida y realmente jamás sabremos si la “medicina casera” en ocasiones, fue la causante de la muerte del enfermito. Es increíble pero en la actualidad la “medicina casera” se sigue practicando; en las barriadas todavía existe la curandera(o), aun se cura con hierbas y recuerdo que en los años sesentas todavía existían las señoras que curaban “el empacho”, “levantaban la mollera” y curaban del “susto”. Socorridos remedios con patente inundaron el mercado y de alguna manera ayudaron a los enfermitos, muy solicitadas las píldoras del Dr. Ross, ungüento 666, jarabe de lidia de pickman, el linimento sloan, yodex, parches de antiplogestine, el ungüento del soldado, la belladona, el vick vaporub, la sal hepática, la pomada de árnica, la emulsión de Scotch, sal de uvas picot, el macsocón, aceite de ricino, colirio eyemo, píldoras de éter, parches de el león, penicilina (1929), jabón del Tío Nacho, y muchas más que vinieron en auxilio de las curaciones a base de hierbas con que tradicionalmente se atendía las necesidades de los que perdían la salud. Enfermedad muy propia de los niños en sus primeros meses de vida y en que se manifestaba a través de vómitos y enflaquecimiento, las Sras. que curaban “la caída de mollera”, ponían al buqui de cabeza, sosteniéndolo de los piecitos y con el dedo pulgar le oprimían el paladar untándole aceite de comer y sal en la parte hundida del cráneo del infante que recuperaba la salud después de dos o tres sesiones. Las infecciones en el estómago de los bebés se conocían como “empacho” y se curaban dándoles a tomar añil en polvo o el óxido de plomo, productos que al descomponerse en el estómago tomaban una coloración obscura y viscosa que lógicamente era arrojado al defecar y que las curanderas triunfalmente declaraban mira: “ya arrojó el empacho”. Como una verdadera epidemia se consideraba “el maldiojo”, (conjuntivitis), que inflamaba y cerraba los ojos, creando una lagaña de color verdoso que daba mal aspecto y causaba que momentáneamente se perdiera la visión, hasta ser lavados los ojos con agua tibiecita de manzanilla aplicada cuidadosamente con algodón, esto ocasionado por lo general, por la falta de higiene. También lavando los ojos con el agua hervida de hojas tiernitas de mezquite e increíble: lavado de los ojos con la primera orina por la mañana del enfermo. Los fomentos calientitos y el aceite de comer untados en el pecho, manteca de puerco con azúcar a cucharadas resultaban eficaces para “el hoguillo” (bronquitis). Otro buen remedio casero significaba tomar el agua del baño maría de la cebolla morada y las rebanadas aplicadas en parches sobre el pecho que terminaba con la “tos de perro”. Ya desde tiempos pasados la “orinoterapia”, recién “redescubierta”, fue aplicada para curar “la alferecía” (calentura con convulsiones), dándole a beber sus propios orines al enfermo. Después de un gran susto algunas personas manifestaban pérdida de salud y la gente solía decir “se le fue la tripa”, tamaño susto necesariamente se curaba, introduciendo al enfermito dientes de ajo por salva sea la parte o dando a beber al enfermo un vaso de agua endulzado con mucha azúcar y en caso de los hombres, con un buen trago de bacanora que además los hacía iniciar una buena “guarapeta” y olvidarse de todo temor. Por falta de atención a tiempo, debido a algún esfuerzo mayúsculo se presentaba una hernia a la que llamaban “aldia reventada”, para corregirla en aquellos benditos tiempos se utilizaban cataplasmas sobre la región dañada o tomando mucha sangre de tortuga, hasta no cicatrizar. El petróleo tenía otras aplicaciones diferentes a las que conocemos habitualmente, muy usado para curar heridas causadas por cortaduras de un vidrio, por un clavo enmohecido, pero también se humedecía en petróleo un terrón de azúcar de cubitos, se le daba a chupar al tosijiento y eso le calmaba las molestias. La ingestión de un vaso de sangre calientita de la caguama recién sacrificada, acompañada de sal y limón para contrarrestar el sabor fue muy recomendada para los chamacos con síntomas de raquitismo, así como el té de copalquin, amargo como él solo, pero muy efectivo. El ajo y las hojas de colombo fueron muy utilizadas para contrarrestar los efectos del veneno ocasionados por la mordedura de víbora, también el ajo restregado sobre el piquete de un alacrán traía alivio. Todo mal ocasionaba dolores de cabeza que curaban aplicando unas hojas de higuerilla con aceitito calientito aplicado sobre las sienes del enfermo y liando la cabeza con un trapo bien apretadito llamado “melindre” que absorbía la fiebre, decían. También la víbora de cascabel servía para curar la infección ocasionada por la gangrena. Se procedía a tostar la víbora y se convertía en polvo moliéndola pacientemente, se aplicaba sobre la parte mala que empezaba a cicatrizar, cuentan. A los chamacos nos regañaban por el abuso de comer limones y sentenciaban “se les va volver agua la sangre” El zopilote cocido fue utilizado frecuentemente para curar enfermedades venéreas, o para los enfermos de lepra o “lazarinos”, como se les decía. La hediondilla, el guaje del ayal, la hierba colorada, el neem, las barbas del elote, la malva, la hierba del indio, la hierba de la flecha, la hierba del pasmo y una cauda infinita de ramajes, flores y frutos vegetales a través del tiempo han curado a nuestros ancestros ¿por qué no a la actual generación y también a las futuras?. Todavía es usual escuchar en el seno familiar expresiones que demuestran la eficacia de los “remedios caseros”, “me acuerdo que mi nana nos curaba las boquillas con el hollín de los sartenes y nos aliviaba de la chanza (paperas) con hojas de parra untadas en aceite tibio y amarradas a un trapo calientito. Qué bueno que aun nos queda el recurso de acudir a la naturaleza, pródiga en remedios, para recuperar la salud perdida y, si usted no se ha aplicado ruda con aceitito tibio en los oídos cuando le duelen o se ha puesto un dientito de clavo sobre la muela adolorida, si no se ha curado infecciones en la piel con la pulpa de sábila, pues definitivamente pertenece a las nuevas generaciones, pero a las muy nuevas. G r a c i a s Fronteras y 5 de febrero 139, |