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Velorios POR: JESÚS "CACHÚ" VERDUGO ESCOBOZA |
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| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
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En tiempos pasados, al fallecer alguna persona, después de los llantos, gritos y desmayos, se juntaba la familia para organizar el velorio y entierro (sepelio del difunto). Se nombraban o se autonombraban a uno o dos miembros de la familia para ir a la funeraria a escoger el cajón (ataúd) y hacer los arreglos de la hora y día del entierro. Se veía si se tenía o no, terreno a perpetuidad en el panteón para mandar hacer las fosas, y hacer los arreglos de los pagos. Si la familia tenía posibilidades económicas, estas personas se encargaban de ir a una imprenta y mandar hacer las esquelas que se usaban para participar el fallecimiento de un miembro de la familia; contenía el nombre, edad, hora de la misa y del entierro y nombre del panteón. La esquela consistía en una hoja sobre con la orilla color negro, cuando el muerto era una persona adulta, y cuando era un joven o niño el sobre tenia la orilla color hueso (marfil). Por lo regular estas eran repartidas por un miembro o dos de la familia, y en algunos casos se contrataban algunas personas que conocían muy bien la ciudad (por lo regular meseros o cobradores). Hoy todo se comunica por medio de la prensa y por televisión o por medio del fax electrónico. La funeraria se encargaba de llevar a la casa del difunto el ataúd, cuatro candelabros con sus respectivas velas (cirios) y un crucifijo más alto que los candelabros que se colocaba para el lado de la cabecera y dos muebles o burros para colocar el cajón. Se procuraba utilizar el corredor o la sala de la casa, de preferencia el lugar mejor ventilado. En muchas ocasiones la persona que iba de la funeraria a dejar todo el equipo, ayudaba a vestir al difunto y a acomodarlo en el cajón para después colocarlo en el lugar destinado. Si el velorio era en tiempo de verano por debajo del cajón se ponían tres tinas con trozos grandes de hielo para que el cadáver no empezara a descomponerse y apestar. Me tocó en dos ocasiones que con la humedad del hielo la madera del fondo del cajón hiciera extremo y tronara; se daban cuenta de esto los dolientes y mandaban por un médico creyendo que el difunto había tocado el cajón para que lo sacaran por estar todavía vivo. En una de esas ocasiones, el doctor, después de ver al paciente, exclamó… no tiene la menor importancia, “fulano está muerto”. También las velas sufrían el calor y se empezaban a torcer; para tenerlas más o menos derechas mojaban un trapo en el agua del hielo de las tinas y lo pasaban por las velas. En algunas ocasiones el cadáver no cabía en el cajón pues estos eran de un tamaño estándar, entonces fabricaban uno a trochi y mochi, le ponían un forro y por fuera una barnizada, las agarraderas, el crucifijo y listo. Ya tendido el difunto, las señoras de la casa o las vecinas acomedidas, todas vestidas de negro, se organizaban para conseguir o tostar café para los visitantes, y si se iba a velar se hacía menudo para invitar en la madrugada a cenar a las personas que velaban al santo difunto (aunque en vida no hubiera tenido nada de santo). Si la familia tenía muchas amistades le pedían a los vecinos sillas prestadas y en ocasiones platos hondos para el menudo, así como tazas para el café, ya que en esta época en una contingencia todo el mundo se ayudaba. Ya listo el velorio empezaba a llegar los parientes y amigos. Las señoras en su mayor parte, iban vestidas de negro y muchas de ellas con "tápalos" y medias negras de popotillo; los señores con camisa blanca y corbata negra y las señoritas con vestidos negritos (con vestidos de fondo blanco y florecitas o puntitos negros). Los familiares también se vestían de la misma forma y a los chamacos les ponían un moño negro o un listón en la manga de la camisa. Esta costumbre ya se ha perdido; hoy en los funerales parece que las damas, en su mayoría van a lucir sus vestidos, joyas o arreglos. Las personas que iban en pareja al velorio daban el pésame a los dolientes y luego se separaban; la señora se juntaba dentro de la casa con algunas amigas y el señor salía al patio o la banqueta, o a platicar con los demás señores que asistían al velorio. La mayor parte de las personas hablaban en voz baja, se le guardaba respeto al difunto. Si el muerto dejaba viuda, todas las damas se abocaban a hacer comentarios a favor de la señora; los comentarios entre las mujeres en muchas ocasiones eran: ¡AY¡ "mi compadre era muy que re baquetón”, otra decía “si no más se le acercaba uno a saludarlo luego se quería arrepechar”, otra decía “ ¿ Te acuerdas cuando andaba detrás de la fulana aquella? y siempre terminaban diciendo “que dios lo perdone y lo lleve al cielo”, “era muy bueno con sus hijos ya ves que no sufrió, porque se murió de muerte repentina”, y si duraba mucho tiempo enfermo comentaban: “Dios lo hizo sufrir para que pagara todos sus pecados y así lo perdono y se va a ir al cielo”. La plática entre los señores, los que llevaban mucha amistad con el muerto, recordaban algunas parrandas que habían corrido juntos y comentaban: “mi compadre tan fregón se murió como él quería, sin sufrir y de muerte repentina (ataque cardiaco)”, “no como mi compadre fulano, ya ves como sufrió con su postema (tumor)”, otro decía: “mi amigo se murió porque era muy buena gente y Dios se lo va a llevar con él” Así entre platica y trago transcurría el velorio, pues no faltaba un doliente o un amigo que trajera unos tragos de licor; si era pisto bueno, decían: “es del que toma el Obispo o del que picó el pájaro”, cuando la gente tenía posibilidades económicas invitaba copas de coñac u otra bebida fina; los que no tenían compraban cayetanas o mulitas de pisto, del “Chayo” o de Las Palmeras. Reunidas algunas señoras se comenzaba a rezar al difunto, Si entre la familia o amistades no había una rezadora, se contrataba a una señora o señorita especializada en esto; la mayoría de las veces era una solterona. Cuando lo dolientes del difunto sabían que nadie lloraría al muerto, contrataban a dos o tres personas lloradoras de oficio (plañideras). Cuentan que en una ocasión el encargado de liquidar a esas personas cuando había terminado el velorio no traía feria para pagarles treinta y cinco pesos, una de ellas se dio cuenta que el billete para pagarles era de cincuenta pesos y le dijo: “señor nos pueden dar tres ataques epilépticos y ay muere “. Como antiguamente en la ciudad no existían florerías, la gente buscaba flores con las vecinas o compraban en el Alto Monteverde, en la calle de la Carrera (Dr. Pesqueira), se hacían coronas de rosales, botón de caballero blanco y morado, espárrago o "esprín" planchado, ramos de flor de azucena; se usaban mucho las ramas de mirto y otras flores, cuando no había más, rama de yucateco y en ranchos rama de gallinita y huevitos, única verde todo el año. También se usaban coronas de flores de papel. Muchas señoras que se dedicaban a eso, juntaban las cajetillas de cigarros para quitarles el papel plateado. También se usaba el papel crepé y alambre para hacer flores. Antes de terminar el velorio uno de los encargados de los gastos calculaba cuantas gentes irían al cementerio a acompañar al difunto y se contrataban según la posibilidades económicas cinco, o seis o más carros de sitio (taxis) para llevar a la gente en el cortejo o para traer del panteón a quienes acompañaban al difunto a pie; llegaban a la misma hora que la carroza a la casa del difunto. En cuanto llegaba la carroza a la casa del difunto se presentaba el encargado de ella en la casa y se iniciaban los llantos de los dolientes y en muchas ocasiones hacían que se abriera el cajón para tentar o besar al difunto. Al sacar el féretro y colocarlo en la carroza se formaba el cortejo que acompañaría al difunto a su última morada, muchas veces estas personas llegaban a pie hasta el panteón, y otras veces hasta el barrio Pueblo Nuevo en la calle Colima (Dr. Gastón Madrid) cuando el funeral era en el panteón nuevo o sea en el de la calle Yáñez. Había ocasiones en que le llevaban la música al difunto tocándole su pieza preferida, otras veces se le rezaba todo el camino para que se salvara su alma. El cajón se bajaba a la fosa del campo santo con piolas (hoy existe un aparato para eso). En ocasiones algunos dolientes pedían que destaparan el cajón para ver al difunto por última vez, en otras ocasiones pedían que se le quitara el crucifijo que llevaba el cajón en la tapa (el encargado de la funeraria siempre llevaba un desarmador en la bolsa o se usaba la punta de la cuchara del albañil). Algunos años los difuntos no eran llevados a la iglesia porque estaba prohibido por la secretaría de salubridad, y en muchos casos el cura iba a la casa a darles bendición. En aquellos tiempos se usaban en la ciudad carretas de dos ruedas grandes jalada por un caballo que eran usadas como carros de carga; estas prestaban muchos servicios. Algunos familiares que no tenían dinero para pagar los gastos de la funeraria compraban el cajón y en una carreta de estas lo llevaban al panteón. En otras ocasiones, el municipio se encargaba de sepultar a personas indigentes que no tenían dinero ni parientes que respondieran por los gastos. Me tocaron también personas muy humildes que se les moría un niño y con muchos sacrificios compraban el cajoncito y lo llevaban a pie a sepultarlo cargándolo un hermano o su padre. Creo que solamente una vez se ha dado el caso aquí en la ciudad de Hermosillo, de un sepelio de un militar que fue sepultado con honores de ordenanza militar, y siguiendo el cortejo por la calle Yáñez rumbo al panteón volaba un avión de la Fuerza Aérea, tirando flores sobre la carroza. Una cosa extraña que creo que en ninguna parte del mundo ocurría era la siguiente: el campo de aviación (Gral. J. Amaro) estaba situado al final de la calle Matamoros (hoy Hospital Chávez) el terreno al norte topaba con la barda del panteón; a la altura de lo que que es hoy la calle José S. Healy existía una pista para aterrizaje de los aviones y también despegue de estos con lo cual, cuando se acercaba la hora del aterrizaje o partida de un avión, si llevaban un difunto al panteón paraban el cortejo hasta que el avión pasara. Ya terminados todos los actos que se hacían para el difunto, al volver la gente a la casa se arreglaba la fecha y la hora de los novenarios (se rezaban nueve días pidiendo por el descanso del difunto). Hoy en día algunas iglesias ofrecen un triduo de misas. Era costumbre que cuando fallecía un ser querido las mujeres duraban un año vestidas de negro completo, y no salían de sus casas, tampoco prendían el radio para oir música, a las señoritas de la casa a los seis meses les dejaban ponerse vestidos negritos, Esta costumbre se ha ido acabando por las exigencias de la época que estamos viviendo. En algunos pueblos del estado, cuando esta en agonía alguna persona el carpintero del lugar prepara la madera para fabricar el cajón, y muchas veces no lo hace hasta que fallece y pega el ultimo estirón el agónico, entonces toma la medida del difunto para hacer la caja. Esto lo hace para no desperdiciar madera. Hoy por la facilidad de la carretera, gente de muchos lugares vienen a Hermosillo a comprar la caja mortuoria. Si el difunto tenia deudos en lugares cercanos mandaban un propio a dar aviso a sus familiares y amigos. Hoy se tiene la ventaja que muchos pueblos están comunicados por teléfono o radio. Cuando se esperaba un familiar muy cercano y pasaba un día y no llegaba, por la noche ponían al difunto en el patio de la casa a la intemperie; en algunas ocasiones ponían cuatro palos con reatas rodeándolo separadas del cajón, para que la gente no se acercara al difunto ya que con el tiempo transcurrido comenzaba a descomponerse. En los tiempos pasados cuando no todavía no había autos en algunos pueblos, se llevaba al difunto en hombros hasta el panteón, seguidos en su mayor parte por los vecinos del poblado pidiéndole a Dios por su descanso.Gracias Fronteras y 5 de febrero 139, |