Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Autor del artículo: Miguel Ángel Avilés Castro

¡PREPAREN!

Hermosillo en ese entonces, en esos días, era un pueblo chico y candente donde algunos  pensaban que vivía el sol.

La vida era como una nube  de sombras en la que te guarecías, para pasar tranquilo la  llegada candorosa de los años.

Hermosillo era una ciudad mitad vivientemitad difunta que le daba por  vagar a pie, irse a sentar al ahora parque Madero y al rato echar la siesta cuando la tarde se pintaba de gris nostalgia.

Lago del Parque Madero

En gustos se rompían géneros. Eran épocas de carnaval, cascarones, mascaritas y de carros alegóricos vistosos, que te traían otro calor desde el parque Madero hasta la Serdán.

Carro alegórico en el Carnaval

Era buena ocasión para echar el ojo, y en esa calle o en cualquier otra. Hacia el sur o hacia el norte, ahí estaban en sus majestuosos sitios "La Cosalteca", "La Parisiense de los Camou", "El Centro Mercantil", "La Placita Hidalgo" y sus 15 de Septiembre, "El Limoncito" para el refresco bien helado, "El Cine Lirico", "El Danubio Azul", "La fonda de la Chagua"  y el tiempo que nunca se está quieto.

Plaza Hidalgo y Cine Noriega

Los ruleteros, los pocos que había, pasaban polveándote las corvas: Ruta Ranchito, Ruta Villa de Seris, Ruta 5 de Mayo, Palo Verde, San Benito, La Pitahayita y lo insólito: la Ruta San Benito Z, la más concurrida y demandada los fines de semana pues era  el pasaporte al placer o al pecado -según la vieras- de la zona de tolerancia ubicada en Nogales y Américas.

Corría el 57, tiempos de la Revista Life en Español  y la Revista Siempre del tan nombrado Pagés.

Revista Life de Enero de 1957

En México todavía se hablaba del Pelón Sobera y de Pancho Valentino y sus secuaces. Tiempo más tarde se hablaría del robo del Topacio más grande del mundo,  del hombre de la texana negra y la 45,  y de los asesinos de los amantes de Lucerna. Faltaban dos años para el triunfo de la Revolución Cubana y habían pasado unos meses de la muerte de Pedro Infante, el que no se quiso morir sin antes venir a cantar a Hermosillo, para su “compa Julio”  el de los Escalante,  en aquella memorable boda.

Pedro Infante

Esta era la ciudad de entonces. Era esta  la ciudad desairada por ”El Mory”, “El Poca Risa“ y “El Ángel”. También por José Rosario Don Juan Zamarripa y Francisco Ruiz Corrales. era la ciudad que se estaba yendo, la que empezaba a morir...

¡APUNTEN!

¡Ahí está el pan! dijo “El Mory” y apuntó para la casa de la maestra, sin saber que en sus palabras se acuñaban para siempre el dicho y la sentencia. Segurito que todo lo planearon en el parque, porque ahí, agazapados, les  daba por planear sus correrías.

“El Mory”, “El Poca Risa” y “El Ángel”,  con su diente de  oro,  no la pensaron  dos veces, que si la piensan no los cachan   y un dia de hace mucho penetraron a la casa de la Señorita Escudero para robarle. La  precaución de la maestra les jugó rudo: su dinero lo tenía en el banco. Más, como se iban a quedar así, y entonces ellos también jugaron rudo, muy rudo con la damita. Se le fueron encima y entre los tres, sin consideración alguna la violaron, la mataron y la quemaron.

El crimen espantó a la ciudad entera y ocupó las primeras planas de los periódicos El Imparcial, El Pueblo y sobre todo en El Heraldo dirigido por Jesús Tapia Avilés, el indignado sobrino de la difuntita. Estos diarios comandaron el reclamo y comenzó la cacería. Ni una pista, ni una huella que pudiera iluminar la indagatoria. Pero “El Chachabalo”, vendedor de pescado en el mercado y buen amigo del Ángel, no era bodega de nadie. Comentaría que una tarde oyó a “El Mory” decir ¡ahí está el pan¡ apuntando hacia la casa de la Señorita Escudero y refiriéndose al botín que significaba para sus tropelía el entrar a la casa de esta. Así nacería un dicho popular de antaño ¡ahí está el pan, dijo “El Mory¡,  citaba la gente, con la exclamación para referirse a cualquier detalle.

El pitazo del “Chachabalo” bastó a la autoridad para ir tras ellos. La Colonia “El Coloso” se iluminó de pronto con las luces de las patrullas. Peinaron el barrio y peinaron los cerros hasta que por fin, debajo de una cama, encontraron primero al Ángel. Más tarde caerían “El Mory” y “El Poca Risa”. Los tres fueron a parar a la penitenciaria, esa no tan muda giganta de cantera.

Antigua Penitenciaría General del Estado

Con el arengue de los periódicos, la gente exigió la pena de muerte para los asesinos. La familia de los detenidos alegaban la inocencia y se resistía a creer en su participación.

Devino el juicio y “El Mory” y “El Poca Risa” quesque  salieron pronto pero “El Ángel” –culpable o no- tuvo que bailar con la más fea. Lo sentenciaron a muerte y comenzó la espera.

Pa´  pronto los padres del Ángel  – Don Jesús Piñuelas y doña Enriqueta Vega – el bajándose del carro de rines de madera, ella tirando el delantal donde cayera, fueron en auxilio de su veinteañero hijo, concentraron a toda la familia –unos nacidos en el otro lado, otros aquí– y juntos hicieron el montón en favor de “El Ángel”.

De nada valió. El Ángel fue puesto en capilla y sería fusilado en el paredón de la penitenciaria como marcaba la ley. Doña Enriqueta, sin embargo, se jugó la última carta, fue con la mama del Gobernador y le pidió clemencia para su hijo. Al  “Ángel” le conmutaron la pena de muerte por cadena perpetua y al tiempo agarró sangrita. Quizá para recordar sus años junto a “El Mory” y “El Poca Risa” se trajeo con su livais, su camisa blanca y sus mocasines. Eso sí, nunca fue un preso modelo: de las bartolinas pasaba a las mazmorras y de ahí a los hoyos, hasta en las Islas Marías estuvo y desde allá se lo trajeron para darle la buena nueva de que su cadena perpetua se había convertido en treinta años de prisión.

A los veinte años compurgados “El Ángel” logro su libertad pero siguió en sus andadas. Cuentan las voces de esos tiempos que siguió viviendo de sus padres y de la droga que dicen que vendía. Conoció a una mujer pero el gusto se lo quitó la muerte, cuando se llevó a esta muchacha debido a una sobredosis. Montó en su suerte y se fue a vivir con la Chona, su hermana. Pa’ pronto saldría volando de esa casa y a partir de ahí  “El Ángel” hizo de su vida la perdonada una amante de los bajos fondos y de la leyenda que fue tejiéndose a su alrededor.

La otra sentencia estaba afuera, en la ciudad, en el centro, en los ojos de la gente y en los   fíjate nomas que descaro que disparaban las lenguas de fácil prosa cuando lo veían pasar “Son una bola de mitoteros” decía él  y anticipaba una esquiva loca cuando alguien intentaba tocar el tema. Por eso a lo mejor, “El Ángel” le agarró la mano a la soledad y con ella se hizo viejo. Nunca supo, o quién sabe, que “El Poca Risa” murió una noche de tristeza y que “El Mory”, batiéndose a muerte con el alcohol, este tarde que temprano lo venció.

Por algunos años y hasta no hace mucho, esquelético y marchito, como un guardián eterno en las afueras del Mercado Municipal, El Ángel te estiraba la mano en busca de unas monedas para bien vivir. Con un bordón, de vez en vez y de peso en peso El Ángel se levantaba la manga del pantalón para rascarse o enseñarte esa pierna herida que se le estaba cayendo a pedazos. La gente lo veía, le aconsejaban y se iban “El Ángel” por su parte, le echaba algo a sus bolsillos y esperaba el mediodía para irse. Apoyándose en el bordón a pasa lento y guiándose  con un solo ojo, cruzaba todo el centro, el Parque Madero y lo que fueran los matorrales, donde por tantas veces se agazapaba junto a “El Mory” y “El Poca Risa” para planear sus correrías.

“El Ángel” a mitad del parque se paraba a descansar, luego avanzaba como una tortuga tuerta,  por toda la banqueta que para el significaba un patíbulo, mientras que atrás, sobre su espalda lánguida, seguían las paredes de la cárcel vieja en donde una vez le perdonaron la vida, que ahora lentamente se le estaba yendo, así como a todos los mortales, se le estaba yendo… se le estaba yendo…

¡FUEGO!

“Cuando les notifique la decisión de que iban a ser ejecutados,  tuve que ir a la iglesia, porque necesitaba la clemencia de Dios”. A sus 74 años de edad, Alberto Ríos Bermúdez, el Juez que ejecutara las últimas dos penas de muerte en Sonora,  habla por primera vez.

“Yo nunca estuve de acuerdo con ella, pero fue una decisión del Gobernador, me trajeron  desde Los Ángeles, California, recibí la orden y como Juez Primero del Ramo Penal la tuve que acatar”, comentó. “La finalidad de esa  pena de muerte es que no se siguieran cometiendo delitos graves, pero a mi juicio esto no se ha logrado” asegura.

Originario del  Distrito Federal, de madre sonorense y padre yucateco, carrancista, para más señas, el veterano jurista se declara abiertamente opositor de esta pena. Aunque en broma  -o no tanta- hace una excepción: “al que tendríamos que matar es al presidente del otro lado, al Bush, porque ese es el principal criminal que existe en el mundo.

Entrevistado en sus oficinas de Londres 69 del centro histórico de Hermosillo, el abogado litigante le apuesta a su memoria, casi dicta sus respuestas, sus ayudantes lo distraen, pero decide compartir sus recuerdos de la víspera de aquel 17 de Junio de 1957, cuando murieron fusilados  José Rosario Don Juan Zamarripa y Francisco Ruiz Corrales. Su escritorio está lleno de fotos de familia, hay una pequeña bandera mexicana, un pescado de hule que al tocarlo parece cobrar vida y una copa descansa encima de un libro. Desde ahí narra con pesar el momento en que leyó la sentencia a los condenados, se le dificulta recordar sus nombres completos, regresa a la madrugada de la ejecución y la reconoce como uno de los episodios más duros de su vida.

“La decisión sorprendió a todos y se me encomendó ejecutarla como Juez Primero del Ramo Penal; se tuvo que llevar a cabo en pleno sigilo y, para ello, la única condición que yo puse  fue que estuviera presente el Subjefe de la Policía Judicial del Estado Don Ventura Pro, ya que a mi juicio ha sido uno de los más destacados de la corporación”. “También me asignaron al Mayor Brunett que era el primer ayudante  del Señor Gobernador del Estado, Don Álvaro Obregón y a una  secretaria de nombre Amalia originaria de Cananea”.

Ríos Bermúdez, quien fuera también Magistrado del Poder Judicial del Estado, repasa su momento más difícil: “24 horas antes de su ejecución nos tuvimos que presentar con estas personas para notificarles que se les iba a ejecutar la pena de muerte; llegamos a las cinco  de la mañana y ahí se lo comunicamos”.

Ahí, dice, le sorprendió un detalle:

“Al firmar la notificación, Zamarripa, estaba poniendo el nombre de  "Penitenciaria" como si fuera su firma. Para mí que tuvo un desquicio en su cerebro al recibir la noticia. Corrales si firmo.”

“Para ellos,  como para mi, fueron muy duras estas diligencias, y tanto la Secretaria como yo tuvimos que ir a Catedral ese mismo día”.

“Era la carga de los acontecimientos, fue algo muy duro, yo tenía 27 años de edad y tres de haber salido de la Escuela”.

“La ejecución se llevaría a cabo el día siguiente, también a las cinco de la mañana; me acompañaron las mismas personas y ahí estaba ya, el Lic. Ibarra Seldner, Procurador de Justicia del Estado de Sonora”. Con él se dio tiempo para dialogar: “El Lic. Ibarra consideró que lo más propicio era la pena de muerte porque se trataba de gente que había violado y había matado a unas menores, Yo no estaba de acuerdo en la pena de muerte pero eran ordenes del Ejecutivo y, tenía que cumplirlas. Yo no habría dictado esas dos sentencias.”

Pero nada pudo hacerse, quizá ni tan siquiera una buena defensa legal a favor de los condenados, como él lo insinúa, y entonces vino la ejecución: Fue un pelotón de la Policía Municipal comandados por el Teniente Ojeda encargados de disparar en contra de estas personas; Zamarripa si se dejo vendar los ojos, Corrales no, dijo que no necesitaba, seguía pidiendo el indulto por haber servido a la Revolución,  recuerda.

“Se que para ellos fue una sorpresa, el Gobernador firmó la sentencia dos días antes, por la presión social, porque la gente se quejaba de que había muchos violadores. Incluso esa mañana se colocaron estratégicamente en una celda a muchos violadores para que vieran esa ejecución.”

Al  respecto precisa: “No era el delito de violación lo que originó la pena de muerte, sino el homicidio de las niñas, sin embargo se aplicó para evitar que se siguieran llevando a cabo estos delitos sexuales, pero hasta la fecha siguen, hasta la fecha siguen” repite.

Eso fue un elemento también para el sigilo.

“Yo estaba en Los Ángeles con unos parientes. Me echó un telefonema el Sr. Jesús Campoy, Secretario General del Supremo Tribunal de Justicia, y me dijo que me viniera, que era una cosa muy delicada y que aquí me la iban a informar. Me pidió absoluta discreción. “Llegue  en camión y me llevaron a las oficinas de Gobierno, ahí me dijeron que tenía que ejecutar esas penas de muerte”

“La madrugada que llegamos a la Penitenciaria para llevar a cabo la ejecución ya había mucha gente, relativamente ya había gente, prominentes funcionarios, policías, y más tarde unos cuantos “mirones” de por ahí.”

“A los violadores los colocaron de tal modo que presenciaran la ejecución. Enseguida sacaron a Zamarripa y a Corrales. El Oficial Director de la Ejecución dio la orden: ¡Atención ¡… En posición de tiro:

“Ruiz Corrales y Zamarripa guardaron los papeles que tenían en las manos y musitando oraciones se pusieron en posición de firmes.”

¡Preparen! manda el Oficial y se escuchó el sonar de los cerrojos de los fusiles.

¡Apunten! Corrales se puso la mano derecha en la espalda. Zamarripa alzo la cabeza y sacó el pecho en una actitud típicamente militar.

¡Fuego! exactamente a las 5:05 se escucharon las descargas.

Zamarripa cayó hacia atrás y se quedó sentado recargado en el paredón. Corrales se precipitó a la izquierda agonizante. Luego Zamarripa cayó sobre Corrales. “Después, dice Ríos Bermúdez, los gritos fueron para el Procurador": ¡Ya estarán a gusto, ya estarán felices de haberlos ejecutado! coreaban los demás internos que observaban.

Pero la ejecución aun no finalizaba, advierte el ex Juez:

“Los policías tiraron las matracas, pero los reos quedaron vivos. El Jefe del pelotón sacó su 45 y les dió el tiro de gracia. Eso fue lo más duro para mí “.

“Levanté el acta, que se habían ejecutado las penas de muerte. Yo estaba fuera del mundo, así duré muchos días. Creo que ya lo digerí, pero es algo que nunca quisiera volver a vivir, ni a esta edad quisiera volverlo a vivir”

G r a c i a s

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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