![]() |
Todo o nada Va de cuento |
| Página anterior | Libro de visitas | Ver libro de visitas |
| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
|
|
Por un descuido imperdonable, por un lamentable error, allí estábamos en el mero regollin del Desierto de Altar, a la orilla de aquel remedo de carretera, hija de un camino vecinal con una vereda tropical, más solos que la luna y más desamparados que un bebé recién nacido. Por una necedad y más que nada por confiados nos quedamos sin gasolina y lo que es peor, ¡sin agua ¡ Mi compadre y yo, iguales de previsores, iniciamos un viaje en que cuidadosamente planeamos cada una de las fases del periplo y ahora ambos nos echábamos la culpa, pero la triste realidad era que por desgracia nos olvidamos de lo más elemental y ahora aquí nos encontrábamos expuestos a los mil peligros del desierto y victimas del terrible y calcinante calor del páramo que conforme avanzaba el sol en el firmamento, nos hacía sentir su cálida presencia. Ya habían pasado más de dos horas y la desesperación nos estaba ganando, reñíamos entre nosotros hacíamos conjeturas que si tú, que si yo y en fin la calma nos estaba abandonando y poco a poco avizorábamos un negro e inmediato panorama que ya veíamos llegar con una serie de vicisitudes que para nada nos tranquilizaba. Atisbábamos el horizonte en busca de la menor señal de vida pero ni las cachoras se arriesgaban en aquellas arenas calcinantes. Nos hicimos de un lugarcito en la poca sombra que proyectaba nuestro carro y constantemente cambiándonos de lugar, siguiendo el movimiento del sol, cuando de pronto creímos ser víctimas de una alucinación propia de aquellos terrenos desérticos, pero no allá, en la lejanía divisamos una silueta que lentamente se acercaba, rápido nos pusimos de pie y atropellándonos fuimos al encuentro de aquella bendita aparición a la que pronto llenos de regocijo abrazamos dándole muestras de alegría y quitándonos la palabra para explicarle lo apremiante de nuestra situación. Aquel hombre de pocas palabras y gesto hosco, nos escuchó sin inmutarse, su cara parecía labrada en piedra, su piel curtida por el sol del desierto no mostraba emoción alguna y sus rasgos de pápago, alto, obeso y vestido con humildes ropas, cubriéndose con un sombrero que ya había visto pasar sus mejores días, nos miró en silencio y dando muestras de que nos quería ayudar, con unas escasas palabras nos indicó que a poco de dar vuelta a la curva próxima, se encontraba el jacal en que vivía Zenaido, un hombre que vivía solo en aquel lugar y que desde hacía mucho tiempo se había apartado de todo tipo de civilización; rápidamente no hizo unas leve descripción del mentado Zenaido que afortunadamente entre sus riquezas terrenales poseía una destartalada carreta jalada por un par de ancianos burros que apenas daban paso, y que a lo mejor, nos podía llevar al pueblo a comprar gasolina y proveernos de agua; dimos unas cuantas monedas a aquel hombre y llenos de agradecimiento compartimos algunos alimentos que llevábamos, partiendo llenos de entusiasmo a buscar a Zenaido. Lo encontramos partiendo leña, sudoroso y hosco que nos saludo con un gruñido, y después de hacernos un profundo examen ocular, preguntó que “pa´que” lo buscábamos, le explicamos nuestro problema y después de un largo silencio en que parecía que sopesaba el asunto, prendiendo un cigarro y después de una larga chupada, procedió a un leve jaloneo en el precio, por fin convino llevarnos al próximo pueblo en que podíamos surtirnos de lo más elemental. Partimos en silencio en medio de aquellas llanuras cubiertas de arena y unos tímidos yerbajos que apenas manchaban el horizonte con aspecto lunar. No fue posible sacarle plática a nuestro ocasional benefactor y eso que mi compadre El Nicho, peca de locuaz y dicharachero, muy charrero y hablantín, pero ni así. Por fin llegamos al poblado que parecía una estampa arrancada a un paraje indígena de las películas de vaqueros del viejo oeste, de aquellas que hacían en Italia con artistas gringos, donde siempre nos regalaban con escenas en que veíamos rodar impelidas por el viento, unos matorros en forma de bolas. Pronto llenamos con gasolina, unos depósitos de plástico y por supuesto que nos dispusimos a saciar nuestra sed, ávidos y sudorosos nos apoltronamos a saborear con deleite, unas heladas caguamas que nos supieron a gloria salpicada con salecita y limón. En la plática con Don Cástulo, que así se llamaba el viejo cantinero y dueño del lugar y que después de soltar estentóreas carcajadas se pitorreo de lo lindo de nosotros y por nuestra imperdonable falta de previsión “¡apenas se puede creer¡ un par de capitalinos que se quedan sin gasolina en pleno desierto; pero amigos, si es lo primero que se debe considerar, apenas se puede creer y pensar que no parecen tan tontos, caray, cada día ve uno más cosas. Y las que vera”. Después de crear un ambiente de camaradería y compartir algunos tragos Don Cástulo nos comentaba que había sido un verdadero milagro encontrarnos con alguien que nos orientara para dar con Zenaido, un hombre que no hablaba con nadie y que no le hacia un favor ni al “gallo de la pasión”, u´ta que suerte , de veras que de “sapo” lo encontraron, suele vagar por todo el desierto y por todas las montañas pelonas del “rededor”, desde que le sucedió lo que le sucedió, se aisló en el mar de arenas ardientes de este infierno. Curiosos insistimos en el tema, preguntando qué fue lo que le sucedió a Zenaido y que fue el motivo por el que se aisló por completo, y Don Cástulo que resulto muy comunicativo, se acomodó a dos nalgas y con mucha solemnidad empezó un relato increíble pero que no hace más de 40 años que sucedió: Zenaido, joven, ambicioso y con toda la energía de sus apenas 18 años había nacido en los cerros , sus padres descendientes de apaches que en aquel entonces asolaban la región, lo habían criado en comunión con el silencio de los montes y la soledad del desierto, solo atento al sordo ulular del viento entre las choyas, sibiris y pithayos, que le delataban los pocos ruidos que producían los animales que cazaba. Pocas veces bajaba a algún pueblo y no conocía más gente que la que pocas veces veía, arrieros, cazadores, buscadores de minas, turistas despistados y vagos de la región. Sucede que al no encontrar tiros para su rifle, se vio obligado a buscarlos en un pueblo más lejano y lo inevitable, el que jamás había visto a una joven, al ver a “La Tencha”, se despertó su natural inquietud de macho y se convirtió en la sombra de la joven, por algunos meses se dedicó a cortejar a la hija de “Don Chava” y la “Matilde”, dueños de la Botica del Pueblo, gente chapada a la antigua que por supuesto deseaban mejor suerte para su hija, vieron con disgusto como el Zenaido poco a poco fue conquistando a la “Tencha”, hasta que la convenció de huir al Desierto para compartir una vida juntos y en donde a través del tiempo formaron un hogar que como es natural produjo frutos y el destino les dio un hijo. Un hijo que se convirtió en el sol de sus días nublados, rozagante y sano, un niño que les iluminaba el estéril y triste vivir cerca de nadie y con nadie. El “Nalito” en cuantotuvo la edad necesaria,acompañaba a diario a su padre a las búsquedas de metales, Zenaido se convirtió en un gambusino ambicioso que con anhelo buscaba lo que no había perdido, soñando con la veta de oro o con el entierro del Gral. Laveaga, que contaban las viejas consejas del pueblo que al verse derrotado procedió a enterrar en una cueva todo los tesoros que había acumulado en su loca carrera de soldado en la revolución. En una cálida (no hay de otras) mañanita de abril, Zenaido salió acompañado de su pequeño “Nalito” que lo seguía paso a paso por los cerros, que a fuerza de tanto andar ya conocían casi como la palma de sus manos y sucede que al paso de unas horas se dio cuenta de que su hijo ya no lo seguía y presuroso regreso a buscarlo y al no encontrar ni sus huellas, dando de gritos, primero fuertes y al rato desgarradores y roncos a todo pulmón, por demás inútiles, solo el eco de los cerros le devolvían su reclamo. Vagó como un loco, sus pies mostraban los estragos de la piedras del cerro, desfalleciente y casi vencido, ante sus ojos de pronto en un recoveco de las piedras, apareció perfectamente cubierta y disimulada por ramas, se mostró una abertura en la ladera, la entrada de una enorme cueva de donde salió un pequeño grito del niño que muy adentro se encontraba contemplando arrobado e inexpresivo, multitud de enormes tesoros. Zenaido cayó al suelo de rodillas dando gracias al cielo y a todos los santos implorados, por el hallazgo de su querido hijo y luego por la suerte de encontrarse con aquel cuantioso y riquísimo tesoro, un lote de joyas, esmeraldas, rubíes, collares, anillos, cadenas, moneda de oro y plata, lingotes de oro puro, en fin de todo como para colmar el más exigente de los sueños dorados de un gambusino mariguano. Zenaido de inmediato se despojó de su ropa y empezó a hacer liachos apurando a su hijo para que hiciera lo mismo y ensimismado estaba en su labor cuando una voz tartajosa y muy profunda se dejo escuchar “ Todo o Nada”. a lo que no obstante lo impresionado y sorprendido, no hizo el menor caso, haciendo el primer viaje a la entrada de la cueva, pero al intentar traspasarla una fuerza extraña lo detuvo repitiéndole “ Todo o Nada”. Zenaido dudo un instante y se dijo para sus adentros “ahora que he tenido suerte, debo aprovechar”, dio un enorme salto hacia afuera de la gruta y con fuerza arrojó su carga hacia la entrada, más en ese instante y con un horrible crujido de rocas, la montaña se cerró con el tesoro y el niño en sus entrañas. Zenaido hizo todo lo posible por abrir la boca de la cueva pero esta, desapareció no dejando ningún tipo de huella y además se esfumo también la carga que Zenaido había sacado. Por años y con la ayuda de algunos compadecidos siguieron buscando la cueva embrujada y nunca dieron con ella. “La Tencha”, triste y desolada por la pérdida de su hijo, después de pensarlo miles de veces y con dolor de su alma, decidió abandonar a Zenaido, que lejos de compartir su dolor, día a día se mostraba más ausente y encerrado en su enorme pena, jamás se supo de ella, quedando en aquellas yermas arenas, un marido abandonado por causa de su ambición. Desde entonces el Zenaido vive como ermitaño y vaga hablando solo por los cerros y buscando inútilmente a su hijo que dicen los chismosos del rumbo que en ocasiones con el sonido que nos traen los vientos del desierto se alcanza a escuchar la conseja de “Todo o Nada”. Impresionados por la historia con atención escuchamos a Don Cástulo que por ultimo nos aconsejó, “si al regresar en su viaje al carro, escuchan que el Zenaido habla incoherencias, por favor, no le hagan caso, porque no lo van a creer, pero despierta en él una furia increíble, solo al escuchar voces a su alrededor, lo hace reaccionar como una bestia destructora, ciego y sordo con la mirada de un orate, no se les olvide por su seguridad”. Todo este relato nos dejo fríos, no podíamos dar crédito a la increíble narrativa de Don Cástulo que pensativo y totalmente ensimismado en sus recuerdos, dejaba escapar una lagrima rebelde que este, limpió con coraje lamentándose de haber perdido a su sobrina y a su casi nieto. Al regreso supimos que Don Cástulo era hermano de Don Chava y tío de la “Tencha”, ya más de 40 años desaparecida. Cayendo la tarde hicimos el viaje de regreso y disimuladamente, de reojo a veces mirábamos a Zenaido que como estatua de piedra que con sus facciones curtidas por el sol y semejando sus arrugas, las dunas del desierto, solo dejaba traslucir una enorme amargura y una terrible rebeldía por su destino. Las arenas del Desierto encierran también historias muy tristes, ocultando a veces lo que alguna vez fue un cuerpo humano o un animal prehistórico. Puede ser que también oculten un tesoro increíble o quizás un baúl de increíbles sucesos o a lo mejor a un niño, que después de tanto tiempo no recuerde ni lo más mínimo de este pasaje que hoy nos tocó conocer y recuerde: La Vida nos da lo que merecemos, si ambicionamos más, con suerte y nos castiga brutalmente. Gracias Fronteras y 5 de febrero 139, |