Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

 

Estamos viviendo áridos tiempos y no le vemos solución a nuestros problemas relacionados con el agua.  Son pruebas durísimas y quizá sean muy  pocos los que las logren superar. Provenimos de una generación que desde niños nos enseñamos a luchar en contra de las carencias que en nuestro entorno, el destino se encargó de situarnos;  nos aferramos a estas tierras y siguiendo al jefe de la tribu, ni siquiera pensamos en claudicar mucho menos en abandonar estos desérticos parajes.

Desde que estuve medio apto,  físicamente,  para cargar dos botes mantequeros que a cada extremo de una “palanca” suspendida sobre nuestros infantiles lomos, ya desde esa tierna edad supimos lo que significa el agua para los pobres, pero ahora también para los ricos. Mi madre se encargaba de sortear semanalmente las obligaciones de cada uno de los miembros masculinos de la familia: "Lunes, miércoles y viernes,  a ti te toca acarrear agua hasta llenar los dos tambos de 200  litros que tenemos,  y a ti señalaba a mi otro hermano, partir leña y dar comida a los animales (perros, cochis, gallinas y patos), los martes, jueves y sábados y eso por ser el más chico".

Para llenar los dos tambos de agua, uno para lavar la ropa,  regar las plantas, y darle a los animales y el otro para el aseo personal, para beber y para cocinar, había que caminar cinco cuadras y media desde la Iturbide hasta la “garza” de la calle Nuevo León de mi barrio. Con tres viajes se llenaba cada tambo, pero yo hacía cinco, pues la mayor parte se me derramaba en el camino,  trabajosamente sostenía en equilibrio los dos botes y el peso del agua;  lógicamente apenas si mi condición física de niño,  me permitía llegar con los botes completos.

El Municipio resolvía el problema de la falta de infraestructura para cubrir las necesidades de agua y drenaje a las familias de los barrios, surtiendo agua en una toma que llamábamos “Garza” en la que se llenaban las pipas que se encargaban del regado de las calles,  las nuestras las que fueron nuestra propiedad, mitigando el polvo que se levantaba al paso por las calles y avenidas y en las que el Gobierno todavía no les daba el terminado de pavimento para entregarlas por completo a los actuales dueños (los autos)  que en mucho vino a contribuir para que el calor ambiental alcanzara los 40 o más grados que en la actualidad padecemos.

El establecimiento de los “lavaderos públicos”, una  decisión de lo más importante de los munícipes, resolvía la falta de agua y drenaje del pueblo y estratégicamente fabricaron varios en los barrios que por fortuna se convirtieron en la solución del populacho que lo mismo servían como centro de reunión,  club de las señoras, lugar para lavar la ropa, para bañar a los chamacos, convivir y a veces allí nacieron compadrazgos y amistades que duraron mucho tiempo, lugares  que en su momento llenaron las más estrictas necesidades del vecindario.

Lavaderos Públicos

Hoy nos asusta la falta de agua, pero por el problemón que significa para nuestros hijos y demás familiares, que nacieron en otra época y con más facilidades,  nosotros ya vivimos con este desabasto y  supimos sobrellevar esta carencia, en primer lugar  porque no conocíamos las comodidades de tener agua entubada y un sanitario dentro de nuestros hogares, teníamos el agua de los tambos y las letrinas de hoyo en el fondo del corral, bañándonos completos cada semana y a diario tomando baños “tamaño credencial” (de la cintura “pa´rriba” o de “avioncito” lavándonos debajo de las alitas y el motorcito)

Almacenar agua en tambos

Todo eso lo vivimos durante las décadas de los 30s y los 40s y parte de los 50s, con relación a la carencia de agua, pero un capítulo aparte es la electricidad. Los únicos abanicos que conocimos fueron los de cartón que traían las imágenes de los artistas de moda o paisajes muy mexicanos. Todavía no conocíamos satisfactores como la electricidad y el gas, y por supuesto que la leña se convertía en el principal combustible en los hogares,  presidiendo el “estrado” o la estufa de “fierro vaciado” para leña.

Estufa de leña

Todavía no padecíamos los sustos que nos ocasiona el “recibo del consumo eléctrico” que mes a mes nos deja temblando. Lejos de gozar en la comodidad del aire fresco que proporcionan los coolers, aerocoolers y los aires acondicionados;  las aguas frescas y la preservación de los alimentos,  que el refrigerador nos proporciona. El lavado de la ropa del hogar que  las señoras llevaban  a cabo y que se hacía en los lavaderos públicos o en la casa en donde echando mano de un lavadero manual que consistía en un marco de madera en cuyo centro y parte principal estaba forrado de lamina con ondulaciones para restregar profundamente la ropa a base de mucha fuerza en los brazos y a puro lomo.  Teníamos que comprar el pedazo de hielo al “hielero”, personaje indispensable que a diario nos surtía, que envolvíamos en un pedazo de guangochi (ixtle), saturándolo con sal gruesa  que de alguna forma evitaba un poquito su rápida evaporación. Si en el barrio no había hielero, había que hacer viaje con nuestra carretita de madera,  aquella en donde venían  envasados el aceite y el jabón de barra, con  ruedas de berings, que la bucada fabricaba y  que adaptábamos para los mandados y para nuestros juegos; y allá vamos  hasta el Parque Madero a la hielería más cercana.

Por las noches el calor se mitigaba tendiendo los catres en el patio o en las banquetas, sobre todo en los corredores de aquellas casonas de la época, por supuesto que poniendo en cada pata del catre de ixtle o de lona, envases vacios de sardinas con un poco de agua para evitar que algún animal ponzoñoso se subiera por las tijeras del mueble y abundaban los alacranes, ubaris, arañas, cienpies,  matavenados y los etcs.

 Las aguas naturales de frutas de la estación,  la pamita, la chía, el té de limón o la jamaica  (a veces soditas de Carreón, a veces)   satisfacían nuestra sed en las fiestas para apalear una “piñata” conmemorando un santo, primera comunión  o un cumpleaños acompañando al festejado a partir  el “cake” como gringamente llamábamos  al pastel y al reparto de  los lonchis de pan virginia untados de pate de carne, envueltos en una servilleta que sujetaban con un picadiente y servidos en una zafata de metal con propaganda de la Cerveceria, presidian nuestras fiestas de barriada en compañía de los vecinos que alegres e indiferentes al calor agobiante, a golpe de palos de escoba, destrozábamos aquellas ollas de barro (no cartón) cubiertas de engrudo y papel de china, arrebatándonos el contenido de la panzona olla.  Bolsas de estraza conteniendo una naranja, dos cañutos de caña, unos dulces de papelito, 15 cacahuates,  10 galletas de animalitos,  unos chicles Canels y a veces unas catotas, para cada uno de los asistentes y que cubrían totalmente las expectativas de acudir a estos festejos, donde felices, salíamos  al final del evento.  Para los adultos por supuesto jamás faltaba el “octavito” o el “cuartito” de la espumosa cerveza High Life, enfriada en una cajita de madera con sus tripitas de aluminio cubiertas de hielo picado que desde temprano se estaba enfriando preparada para que se le colocara su llavecita de madera giratoria  que a base de aire inyectado por un embolo la hacía llenar los picheles que se vaciaban en los vasitos chicos y en las longas.

Desde luego que tiempos traen tiempos, los automotores todavía no inundaban nuestro pueblo y el calor que emanan los motores y el  pavimento, todavía no nos hacían sentir su rigor aumentando considerablemente la temperatura, además de que no es lo mismo,   “20,000 leguas de viaje submarino, que 20,000 lenguas de viejas sin marido”,  tiempos. . .  traen tiempos.

G r a c i a s

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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