Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

 

En la actualidad, los jóvenes de corazón pero con calendarios acumulados, sentenciamos, aplicando una filosofía muy barata “todo tiempo pasado fue mejor”, posiblemente, pero muchos no estarán de acuerdo y entre ellos me cuento yo; Recuerdo esos tiempos pero no los  siento como que fueron mejores;  el paso del tiempo los ha ido limando pacientemente, dándoles un buen terminado que manejamos acorde con nuestros estados de ánimo y de acuerdo con las personas con las que abordamos el tema.

Contarles a mis hijos las experiencias vividas, por lo general se las regalo bien maquilladas o exageradas  a conveniencia, tratando de ejemplificar, dando una lección de vida, simplemente pasando por alto lo negativo o lo inconveniente, buscando venderles la idea de que nos tocó ser protagonistas de hechos positivos y en los que siempre tuvimos la razón.

Cuando las narrativas son a los amigos, intentamos  pintarles el escenario que ellos vivieron pero visto con los ojos del que pocas veces se equivocó, sin reparar en que la actualidad que se vive es la realidad cruda y sencilla, reflejo vivo de toda una vida de triunfos y fracasos, que nos retrata fielmente y sin retoques, dándole a cada quien su lugar.

Nosotros fuimos a la escuela con los pies descalzos por falta de zapatos, con burdos cuadernos utilizando el papel envoltorio de los víveres adquiridos en la tienda, bajo el arcaico sistema de la “cartera”; nos cubríamos en el invierno con ropas que nos legaban nuestros parientes más grandes y a los que ya no les quedaban los suéteres o chamarras; a veces llevábamos en el bolsillo con que pagar el desayuno escolar, la mayoría de las veces, no; íbamos  a la escuela a mañana y tarde incluyendo los sábados; algunos repetimos años de la primaria al terminar reprobados, portando la etiqueta de “repetidor”; soportar aquellos crueles exámenes de fin de curso bajo la mirada vigilante de los sinodales; nos aguantamos los castigos de los maestros en algunos casos de extrema crueldad ante la burla de los compañeros; aceptamos  el reto del compañero después del consabido “Te espero a la Salida”.

Nacer y crecer en humildes hogares que en realidad de hogares no tenían más que la denominación, casas fabricadas con un mosaico de los diferentes materiales que nuestros padres lograban recopilar con los parientes, en su trabajo o haciéndole al “pidiche” con patrones o amigos, adobe, ladrillo, madera, cartón, blocks de cemento y hasta telas de ixtle que se utilizaban para cubrir la puerta de los cuartitos de madera que nos daban el servicio de “excusados” de hoyo del fondo del corral a un lado del trochil del cochi que se engordaba como alcancía para tiempos más malos o de celebración; de veras que las nuevas generaciones no entienden la realidad de los tiempos pasados que equívocamente consideramos, fueron mejores.

Cocinas pobladas de enseres domésticos (ollas, sartenes etc.) cubiertas de hollín , tiznadas por todos lados, en donde predominaba el peltre, todavía no les llegaba la bendición a las amas de casa de las estufas a base de gas; carentes de lavadoras , licuadoras, exprimidores, cafeteras , tostadoras y hornos eléctricos, cocinas en las que el trono que ocupaba el estrado alimentado por leña se convertía en el centro de atención de la familia, alrededor del cual, se estudiaba, se servían los alimentos diarios, se llevaban a cabo las juntas importantes de la familia y por supuesto los conbebios  y celebraciones.

Se dormía en catres al aire libre en el tiempo de calor, que en realidad se convertía en la estación predominante durante casi todo el año, solo teníamos dos estaciones la del calor y la del ferrocarril y esta, ya desapareció. Tiempos de lluvias y zoquetales, de charcos matizados con los cantos de las ranas, revolotear de cigarrillos, atardeceres con los vuelos de los murciélagos, reverdecer de los corrales delimitados por ocotillos que floreaban ofreciendo hermosos cuadros cromáticos, coloridas buganvilias adornando el paisaje, baños bajo el chorro que vomitaban los canales de los techos de las casas, apagones con cada amenaza de tormenta y parvadas de chamacos que daban rienda suelta a un regocijo contagiante por las lluvias.

No conocíamos la comida chatarra, para nosotros solo existieron los guamúchiles, las pechitas, las manzanitas, las naranjas agrias, los taquitos de las palmeras, limones y naranjas verdes que constituían los manjares más exquisitos y que golosos consumíamos a riesgo de tener que soportar las “lavativas” o las purgas con que nos curaban nuestras sabias madres que rezongando y arrastrando la chancla de mezclilla y el rebozo o toalla mordida en un extremo acudían con la vecina en busca del triangulito de maxocon o el aceite de ricino con que nos obligaban a evacuar lo que nos había enfermado. Mi reconocimiento a todas las madres y abuelitas que a base de yerbas y medicinas caseras nos aliviaban de las diferentes enfermedades que nos aquejaban en nuestra niñez,  la  tos- ferina, la chanza, las anginas, el catarro, la fiebre, el dolor de estomago, la viruela, el sarampión y toda una recua de malestares propios de la época y de la edad.

Los cuentos y relatos formaban parte de los entretenimientos de la chabalada, todavía no nos llegaba la televisión ni los juegos electrónicos y nos cultivábamos escuchando a nuestros mayores con aquellas historias pobladas de fantasmas y aparecidos que hacían viajar nuestras infantiles mentes cuajándolas de escenas creadas por la imaginación de cada quien. No en todas las casas se tenía el adelanto electrónico del radio, pero en donde había, la familia se arremolinaba a su alrededor para escuchar al “Monge Loco”, “Apague la Luz y Escuche”, “Carlos Lacroix”,  “El derecho de nacer” y toda una gama de relatos e historias con que las estaciones radiodifusoras nos regalaban.

Difícilmente disponíamos de dinero, pocas veces llegamos a traer más de tres “josefitas” o moneditas de níquel de a 5 y 10 centavos en las bolsas del pantalón de pechera arremangado a media pierna y lleno de parches cubriendo las roturas que el tiempo y nuestras travesuras les causaban, libres de ropa interior y con medio tirante al aire, chamagosos despeinados, descalzos y sin camisa, todo un retrato hablado de cualquier chamaco de barriada, de cualquier lugar.

Como todos los recuerdos, solo nos atropellan los que no nos causaron dolor, se quedan en el cedazo de la vida los malos y ácidos recuerdos por la pérdida de los amigos, parientes, padres o hermanos a que estamos expuestos durante el trayecto de niños a abuelos en que repetimos a fuerza de querer creerlo , que “LOS TIEMPOS PASADOS FUERON MEJORES”, si, mejores porque en esa época fuimos niños y no conocíamos la maldad del mundo, ni de las adversidades que nos esperaban agazapadas detrás del paso del tiempo, listas para darnos el zarpazo que de forma inusitada y sin piedad nos sitúa frente a la realidad de esta vida, en que cuando nos damos cuenta, el tiempo ya ha pasado y no hay remedio de recoger las palabras que ofendieron a nuestros amigos y enemigos, no fuimos capaces de remendar las roídas ropas de nuestra incapacidad para convivir con nuestros semejantes, ofendimos y jamás perdonamos, siempre esperando que los demás nos perdonen y olviden todos los agravios de que, consciente o inconscientemente, restregamos en sus vidas, sin pensar un momento en que todo es un boomerang, tarde que temprano se nos revierte causándonos el doble de daños.

Sin duda de que cada quien tiene su propia versión de los tiempos pasados, a mí en lo particular me causan un enorme placer y no crean, también recuerdo las cosas que me causaron dolor y tristeza, pero el paso del tiempo las han suavizado dejando solo tristeza cuando el dolor ya ha pasado y solo son recuerdos. No sé que diera por pasar nada más una hora en compañía de mis amigos de la infancia y poder jugar un rato al “pan y queso”, a las “catotas”, rodar una llanta o bailar un trompo pico de bolita, cazar poroguis o huicos, hacer bolita para contar charras a la luz de la amarillenta y pichurrienta luz del foco de la esquina, echar a volar la imaginación para de nuevo volver a ver a mis maestros y maestras.

Solo en eso estriba la dicha que nos envuelve cuando decimos que “TODO TIEMPO PASADO, FUE MEJOR”, en el recuerdo,  que gracias a dios poseemos el privilegio de poder recordar y el recuerdo es mágico, prueba a recordar y vivirás de nuevo.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
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Hermosillo, Sonora, México.


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