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Recuerdos y Vivencias |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
Me paré tempranito y después de echarme un buchi de chanate, me enjuagué la boca, cogí la manilla, la cachucha, me eché el portamonedas a la bolsa, me calé las antiparras, me trepé a la máquina y me fui pal taste a jugar un “gato palo”. Un poco más tarde, todo mohino, con el sol bien alto, llegamos al tendajón de “Don Chanito” para tomarnos una sodita de crema de las de “Carreón”, con chuchulucos y fruta de horno, para calmar la sed y el hambre que ya nos comenzaba a inquietar. Sentaditos en la banqueta a la sombra de una piochita, torcimos unos macuchos del “Torito” masticando unas tiernitas péchitas y chúcata del mezquitito cuichi y unos guamuchilitos pasaditos, rumiando y repasando las causas de que hayamos perdido el juego. Al rato cada quien agarro para su casa y mi “amá” ya había hecho unos bichicoris y téparis con los que me hice un burrito en una tortilla de harina grandota doblada a la mitad que me empuje con una tazona de pamita, fresquesita, acompletando con una jícara de agua de la tinaja panzona del corredor. Con toda la resolana encima nos salimos a cazar “chananitas”, “poroguis”, “guicos” y “cachoras” en los tobozales cerca denque “El Zahino”, que cuida las bestias de “Don Pascasio” el que acarrea agua en botas de lona en el lomo de sus burritos. No pudimos cazar más que unas tortolitas buchonas y unas cachoritas de mezquite de esas que ni se defienden, tiran la cola y corren; la cola se queda moviendo como ajolote y la raza dice “a veinte” porque supuestamente, nos están “echando de la mamá”. Ya pardeando la tarde nos juntamos con la plebe y nos pusimos a jugar a “la burriquita del dieciséis” y a las “tentadas”, hasta ya entrada la tarde en que nos sentamos cansados a platicar “charras”, de esas “coloradas” de esas de las que “El Choro” se sabe un chorro, con las que nos revolcábamos de las risotadas que teníamos y a lo mejor, por eso “peló” oreja, la mama del “Guilo” que comenzó a gritarle que ya se metiera, que ya venía la tormenta, y si, hijuela que ventarronal se soltó, corrimos todos a meter los catres, los tendidos, las cuiltas y las hilachas colgadas en el cerco de alambre de púas que saca a oriarse mi amá. El agua empezó a caer a chorros y mi amá tapando espejos y cuadros para que no “llamaran” a las centellas, mientras mi “nana” a tientas buscaba la lámpara de petróleo, “rezongue y rezongue”, con el macucho colgando de su desdentada boca, todos hechos bola alrededor del estrado de la cocina que todavía conservaba bracitas encendidas y nos proporcionaba calorcito. Cuando el agua duraba mucho, todos esperábamos a que mi “tata”, empezara a contarnos de “fantasmas” , “entierros”, “tesoros escondidos” y cuevas encantadas que nos hacían temblar de frío y de miedo; los cuentos siempre eran los mismos, ya nos los sabíamos de memoria, pero de todas maneras terminábamos mirando para todos lados sin ocultar los nervios y el miedo. Cuando ya estábamos empezando a cabecear al grito de “ya paró el agua”, nos poníamos a tender los catres en el corral, cuidando de ponerle a cada pata, un envase de sardina ovalada con agua para que no se nos subieran los animales (hormigas, matavenados, alacranes, ubaris y cintopieses) de los que había muchos. Que noches tan estrelladas, densamente obscuras, de tanto mirar los puntitos que parpadeaban, ya hasta podíamos señalar: “ mira alla esta el Carro, la Osa mayor, la Osa menor, los Ojitos de Santa Lucia, el Caminito de Santiago, el Lucero Marte, Jupit ssss.....sss...ss”. Nos dormíamos mirando el cielo y muy pendientes de las travesuras de los murciélagos, si no nos cubríamos bien, corríamos el riesgo de ganarnos unas ampollotas en la piel al ser orinados por uno de estos objetos voladores bien identificados y que después de una tarde lluviosa rondaban en su nocturno peregrinar para sobrevivir, así como unas aves un poco mas grandes a las que llamábamos “garapenas”. Si hasta esta parte Usted ha entendido lo leído, es que es de por estos lares y además como que ya tiene más de cincuenta añitos y ya no se “coce” al primer hervor, sobre todo si recuerda que a la escuela acudíamos toda la semana incluyendo los sábados por la mañana y por la tarde, obligación de acudir a la doctrina en la tarde y el domingo a misa temprano para tener el derecho de ir al matinne el domingo, si no, pos no. A estas alturas ya se había fumado uno que otro “torito” a escondidas por que si lo “torcían”, le sacudían el polvo con una riata torcida por cocijoso, malcriado y desentendido. Terminar la Primaria y después tirarse de un avión sin paracaídas, cuando nos dejaban en la Escuela Secundaria, sin conocer a nadie, nuevo sistema, nuevos horarios y sobre todo una escuela fuera de nuestro entorno, la raza quedaba repartida: unos en la Prevo, otros en la Uni, aquellos con los “Hielos” de Gámez y algunos con el Mr. Sánchez, que en total formaban el abanico de opciones para seguir estudiando, por supuesto que alguna carrera corta los mas, para que rápido generáramos ingresos, los menos, fuera de la ciudad, a Guadalajara o México, todavía no estaba como opción: Monterrey. Que recuerdos cuando después de un desfile para conmemorar alguna fecha histórica de las que había muchas, lo tradicional, el agasajo, juntarnos en la “Nevería Ideal” o en el “Nogales Café” y alrededor de una cocacolita con dos o tres popotes compartir con los amigos y echar novio con las chavalitas de la escuela, echarle un veintón a la radiola y escuchar lo de moda en esos años en que todavía no nos llegaba la “locura” del Rock and Roll, pero teníamos a Carlos Campos, Pablo Beltrán Ruiz, Pedro Infante, Jorge Negrete o Dámaso Pérez Prado con su ritmo infernal del “Mambo”, con la preferencia de la chavalada. En esos lugares se fincaron relaciones de noviazgo que terminaron en matrimonios y que actualmente todavía gozan de un hogar feliz como ejemplos de lo que aquí les platico. Los bailes del Cua-Cua, del High Life, del Dos XX, las canchitas de barriada de las Juntas Vecinales y por supuesto las fiestecitas de quince años o festejos familiares, fueron el teatro de debut de nuestras dotes en la danza, las primeras cervecitas, las primeras desveladas, los primeros “rialtos” masticando hojitas de limón o naranjo para disimular el revelador olor a tabaco que nos delataba y que nuestros padres dotados de modernos detectores de inmediato identificaban. Vienen a nuestras memorias, los bailes del famosísimo “Patio Orquídia”, o las Fiestas de San Juan en el Palo Verde, carreras de caballo, ruleta, juegos mecánicos, antojitos, palo encebado y por supuesto bailes populares. Los recorridos por lo general y casi sin excepción los hacíamos a pie, recorríamos grandes distancias en una sola noche ya sea de sábado o de domingo en que recorríamos los bailes del Ranchito, Coloso, Mariachi, Cañada de los Negros y rematábamos con la Canchita de la 5 de Mayo, esto sin el menor asomo de cansancio y listos para echar la bailada. ¡Ah! qué años mi buen, que años los que corrían y de los que ni cuenta nos dábamos, nos convertíamos en ciudadanos en edad de enfrentarnos a la crudeza del recibo de la luz, la renta, el súper y toda esa lista interminable de obligaciones que representan encabezar una familia y que por allá en nuestra niñez, todavía no me explico como le hacían nuestros padres para resolver crucigramas de más de 7 hijos, suegra, cuñados y la etcétera. Como subsistimos todos aquellos que nacimos antes o cerca de los cuarentas, si acaso nos vacunaron contra la tosferina o el sarampión, apenas nos dimos cuenta de la parálisis infantil, en casos contados, diabetes y los demás flagelos que actualmente nos acosan. No teníamos carro y por supuesto no necesitábamos de cinturón de seguridad, no teníamos tele, ni juegos electrónicos, de vez en cuando comíamos jamón, tocino o algún embutido, salvo el chorizo o la morcilla. Pero eso si, como corríamos al aire libre, sin zapatos, sobre terrenos sin encementar o pavimentar, fríos en invierno y calientotes en verano, corríamos y corríamos, a veces sin desayunar, o sin comer, pero con una destreza que si nos hubieran detectados los buscadores de talento en atletismo, “pescuezo” nos faltaría para colgarnos las medallas de oro, plata, cobre, marfil, ébano o topacio. Todos los juegos de los niños se desarrollaban en las calles, calles en las que todavía no se enseñoreaba el automóvil, amo y señor absoluto, las calles eran nuestras, para caminar, para correr y a veces hasta para dormir por fuera de las casas, a la orilla de la banqueta y de robos, ni por asomo, ni por encanto, ni pa remedio, brillaban por su ausencia, como decían las abuelas. ¡Ah que bonito es viajar a través del tiempo, ojalá que me hayan acompañado y en algunos casos, los recuerdos, los buenos y los malos, todos juntos los hayan atropellado con su cauda de nostalgia y remembranza de los días en que ahora a lo lejos en la distancia del tiempo, toman figuras y formas mucho mas agradables de lo que en realidad fueron, si, toman otra dimensión y nos causan alegría. G r a c i a s
Fernando Andrade Domínguez |