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Por las orillas del río Hermosillo, Sonora, México |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
Retomando la vieja costumbre familiar y como todo buen hermosillense, el domingo nos dispusimos huir de la rutina dominical y, muy tempranito, armamos el paseo hacia las márgenes del Rio Sonora fijándonos como meta llegar hasta la señorial Ures. Tiempo atrás y no hace mucho, recuerdo que corría alegre y fresquecito el hilo de agua del Rio de Sonora allá por los rumbos de “El Gavilán”, p’al lado de San Rafael, el Sauz y Ures, léase aquí, un hondo suspiro de nostalgia. Hacía un muy buen rato que no practicábamos el turismo regional y deveras que nos hacía falta, sobre todo para cambiar la rutina del descanso dominical con su escenario de siempre, lo mismo de todos los fines de semana, con la única diferencia de menos carros transitando y que durante la semana, cada día se torna más de locura, sobre todo para los que tenemos, por necesidad, recorrer las calles de esta loca ciudad atestada de carros enfrentándonos al intenso tránsito y al sofocante calor. Deveras que no encuentro una respuesta lógica a la pregunta que nos hacen los forasteros que nos visitan:-¿Cómo es posible que podamos subsistir en estos calorones....y sin agua para las más mínimas necesidades? ¿Por qué no hacen algo por cambiar de aires? ¿Cómo pueden soportar estas temperaturas por arriba de los cuarenta grados? Se debe estar mal de la cabeza para condenar a sus descendientes a permanecer en este remedo de infierno, en este lugar en donde solo se tienen dos estaciones: la de verano y la del ferrocarril y esta ya hace rato que no está en uso-. Pero bueno, este es el sitio en que nos tocó vivir, nosotros no lo elegimos, esta árida región nos eligió a nosotros, nos enseñó a soportar los rigores del casi desierto. Nuestros padres, con su ejemplo nos hicieron respetarla, hemos aprendido a sentirla y a quererla intensamente, aun con sus incomodidades de clima y la falta de agua. En fin, esa es otra historia, la del domingo fue recorrer los poblados a la orilla del viejo cauce del rio que contienen un atractivo muy especial, son nuestras raíces, nuestras costumbres y en cada habitante encontramos el parentesco, forzosamente nos trae el recuero de algún familiar; la forma de caminar, la forma de vestir, sus ademanes y gestos, su tono al hablar, seco y directo con esa cruda y áspera manera en que con mucha sabiduría y sin florituras, al pan le llaman pan y a los frijoles: frijoles. Como un valor agregado, todos estos lugares nos ofrecen el atractivo de la agradable oportunidad de poder saborear las exquisiteces de nuestra cocina, la tradicional, a la que nos acostumbraron nuestras madres y abuelas: tamalitos de carne y elote, frijolitos aguados con mucho queso o requesón sopeados con tortillas grandes de harina -odio que las llamen sobaqueras-, las de manteca con quesadillas, la carne con chile, cabeza, menudo, cocido, machaca y los manjares prohibidos bueno, para los que ya pasamos de cierta edad y que tenemos problemas con la ingestión de azúcares: jamoncillos, ponteduros, obleas, coyotas panocha con cacahuates, conservas de naranja agria, durazno, guayaba y membrillo. No sé, pero se me figura que la comida al fuego directo cocinada con leña, al aire libre como que adquiere un sabor muy especial, el condimento adicional debe ser el humo, serán los “estrados” de artesanía familiar o las “parrillas” improvisadas que impregnan a los alimentos con ese riquísimo sabor y olor; yo no sé que será que hasta me da más hambre y quisiera comer de todo. Recorrer esas calles “derechuecas” desprovistas del vestido negro del pavimento, calles para los humanos no para los carros, como les pertenecen en la ciudad, tiene una magia envolvente que poco a poco nos captura y nos hace olvidarnos de nuestra realidad. Sentirnos moradores de esas viejas casas de adobe en donde todavía se utiliza el carrizo para techarlas, los esqueletos de pitahaya, losetas de cemento, vigas de troncones de mezquite, la lamina negra, la lamina galvanizada, pisos de tierra sin encementar con el incomparable olor a tierra mojada, recién barridos, muebles rústicos en que se echa mano de lo que se puede, se tiene o se consigue. Es difícil describir el impacto que causa el reencuentro con nuestra niñez en que, en la ciudad vivimos en las mismas condiciones, cercos de alambre de púas o de ocotillo, sin agua entubada sin muchos satisfactores de los que éramos ignorantes de que existían, nosotros felices. Atendiendo la amable invitación a tomar café de un lugareño encaminamos los pasos a su casa y ya desde que entramos al corredor, oleadas de recuerdos me invadieron, al fondo dos panzonas ollas cubiertas con un guangochi (ixtle) húmedo, gritaban su frescura, agua del pozo sin tratamientos químicos, que nos invitaban a beberla en sus dos amarillentas jícaras que colgaban a los lados, las sillas de baqueta ofreciéndonos su hospitalidad, un corredor como los de antes, con enormes macetas en las que reposaban plantas de ornato, daban al lugar una temperatura muy agradable y más cuando nos trajeron una tazona de peltre blanco, un poco despostillada pero aun en servicio con un cafecito negro recien tostado y colado en talega, hervido en las brazas, como para recordarlo por mucho tiempo ligado a mis recuerdos de aquellos tiempos pasados. Un domingo inolvidable, sencillo lleno de amables encuentros, libres de atavíos y falsas posturas, gente común comulgando con los visitantes, gestos duros pero que no encierran ningún tipo de rechazo a quien se acerca a sus lares, ávidos de plática que a la menor oportunidad agarran el hilo y después ni quien los pare. Dese su tiempo y estoy seguro que no se va a arrepentir, salgase de la ciudad en cuanto tenga una oportunidad y visite nuestros pueblos, al norte, sur, oriente o poniente para donde apunte la chancla, se la va a pasar muy bien, olvídese de la carta, el mesero, la propina y dele gusto al paladar con nuestros platillos regionales cocinados con leña. G r a c i a s
Fernando Andrade Domínguez |