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Penitenciaría General del Estado |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
| Con el deseo ferviente de que los cuerpos prisioneros por la justicia del hombre, jamás pierdan la esperanza, recuerden de que su cuerpo esta sujeto por las leyes, más no su alma y pensamiento que seguirán luchando por recuperar el gran tesoro que significa la libertad, nacimos libres y queremos ser libres, siempre; las circunstancias adversas que provocaron su encierro tras las rejas por errores o por debilidades, son circunstanciales, por favor no desistan en su vehemente deseo de recuperar su libertad. | ||||
El sistema de readaptación a los que infringían las “leyes”, en tiempos de la Colonia, estaba dividido en: público y privado. Los amos agricultores y algunos de la ciudad tenían sus calabozos particulares, ellos juzgaban e impartían la justicia a su modo castigando al infractor. Lo mismo sucedía con el clero que internaba en celdas especiales al que juzgaban y sentenciaban en el Tribunal de la “Santa” Inquisición. Había otros, que careciendo de celdas o lugares adecuados para mantenerlos privados de la libertad, a los que consideraban culpables de algún delito, les pintaban un circulo alrededor con la sentencia de que confiaban en su “honor”, teniendo que permanecer tres días encerrados en ese circulo y si faltaban a su palabra, su madre sería maldecida. Aquí en esta ciudad, después de la independencia, la primera cárcel de que se tiene razón estaba en el año de 1815 a un costado de la Plaza -calle Dr. Paliza- en donde se tenían como vecinos a las honorables familias de los señores: Matías Fontes, Agustín Muñoz, Feliciano Arvizu, Francisco Oviedo, Manuel Leyva y Guillermo Gual. La clientela de esta cárcel estaba compuesta por borrachitos, raterillos y de vez en cuando algún rebelde al régimen y a cambio del hospedaje “di oquis”, estaban condenados a sacar fuera de la población en cajones o tanates inmensos, el excremento de todas las Oficinas de Gobierno. Posteriormente la cárcel fue trasladada, en el año de 1855, a la Calle del Datilito -Garmendia- en la confluencia con la de los Laureles -Morelia- de donde se traslado al edificio de la Compañía Telefónica, un edificio que por su mal estado mantenía la amenaza constante de que sus techos podían venirse abajo en cualquier momento. La “leva” que a diario hacia rondines nocturnos, elementos del ejercito, la cuicada y uno que otro militar en el día rondaban y encerraban a los causantes de faltas al "Bando de policía y buen gobierno" y unas horas después los pelaban “rapos” y de ahí al cuartel de donde difícilmente salían. Consigna Don Fernando A. Galaz en su documento “Dejaron huella en el Hermosillo de Ayer y Hoy” un diálogo muy común en esas fechas: - No he visto, comadre María a mi compadre Merce ¿onta? –comadre Lucrecia, al viejo le anocheció pero no le amaneció. Ah, pos la fregamos comadre, al compadre ya lo hicieron pelón o lo aplastó la cárcel-. Los presos eran obligados a trabajar sin pago alguno para desquitar su alimentación, obligándolos a prestar servicios de limpieza de las calles, tirar perros muertos, recoger el lodo podrido de las acequias y sacar las “jediondeces” de las letrinas de los señorones. La protesta de los presos por la falta de ventilación y lo antihigiénico de los calabozos, reciben la respuesta del señor Isaac Barajas, Alcaide interino, comunicándoles que ya están por terminar un edificio confortable y moderno, absurda y grosera respuesta, ¿Cuándo ha sido confortable una cárcel?, efectivamente el 15 de Septiembre de 1908, fue inaugurado un inmenso, fuerte y macizo edificio, tan fuerte como los lomos de la indiada que labró sus piedras, con un cupo aproximado para 500 presos y que tuvo un costo de $ 613,834.01 más algunas vidas de la etnia Yaqui, que dejaron sus míseras existencias al arrancar, tronar dinamita, transportar y pegar las piedras de cantera del cerro de la campana a cuya ladera se construyó la Penitenciaría General del Estado.
Vista aérea de la antigua Penitenciaría General del Estado El Ing. Arthur F. Wrotnowsky, de origen Polaco-americano, fue el artífice de la obra que se iniciara en el año de 1897, y fue el Presidente Municipal Filomeno Loayza y el Gobernador Interino del Estado, Alberto Cubillas los que inauguraron oficialmente la Penitenciaria General del Estado, recibiendo edificio y presos el Alcaide Ignacio Noriega.
Vista exterior de la antigua Penitenciaría General del Estado El Ing. Wrotnowsky en su paso por el Estado de Sonora, también proyecto el Palacio Municipal de Guaymas y la Cárcel, edificios que constituyen verdaderos tesoros arquitectónicos de los cuales se siente orgulloso el Puerto, al considerárseles como monumentos históricos. En la Penitenciaria Gral. Del Estado, aun sin inaugurarse, ya había presos de la tribu yaqui, gente que se utilizó para extraer la piedra marmoleada del cerro de la Campana. El día 5 de Junio de 1906, fueron distinguidos huéspedes, los inolvidables huelguistas de Cananea, encabezados por: Manuel M. Dieguez, Esteban Vaca Calderón y Francisco M. Ibarra posteriormente trasladados a las tinajas de San Juan de Ulua en Veracruz, de donde salieron para convertirse en Generales del Ejercito Revolucionario. Este edificio fungió como prisión hasta el año de 1979 y posteriormente el Gobierno del Estado y el Instituto Nacional de Antropología e Historia crearon el Museo de Sonora llevando a cabo la restauración entre los años de 1981 a 1985 con el fin de darle nuevos usos en beneficio de la comunidad, cambios de función que no alteró sustancialmente la construcción en lo relativo a su diseño arquitectónico. El acondicionamiento y restauración respeto el proyecto original, se eliminaron únicamente aquellos elementos que durante su función penitenciaria fueron cambiando la imagen primitiva del edificio.
Entrada a la antigua Penitenciaría General del Estado Actualmente el edificio inspirado en palacios feudales de otra época, guarda su original apariencia que le da un encanto especial a la piedra sólida y bien labrada que jamás imagino el Ing. Wrotnosky que su proyecto original tuviese la actualidad como para albergar un museo, respetando las líneas originales y sin sustancial cambio estructural, que le da a Sonora un rico tesoro arquitectónico digno de conservar lo más que se pueda como un símbolo de una cultura y un real ejemplo de los viejos edificios de esta nuestra ciudad de Hermosillo
Actual Museo de Sonora, en lo que fue la Penitenciaría General del Estado G r a c i a s
Fernando Andrade Domínguez |