Fernando Andrarde Para que no te olvides
Hermosillo, Sonora, México


Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Con el coraje a flor de piel, rabiando y por supuesto con la boca llena de majaderías, bastante molestos, renegábamos y amenazábamos en contra de el malhechor fantasma, el “malaleche” abusón y traicionero que aprovechándose de que distraída y plácidamente gozábamos de las delicias del agua del canal, no muy limpia por cierto, nos anudó: las camisetas, las mangas de las camisas, las de los pantalones y nos formó unas no muy estéticas “galletas”, nudos apretadísimos que nos ocupaban bastante rato el desbaratarlos, bueno; todo esto podía pasar en la alberca de la Cruz Gálvez, en la alberca de la Casa del Pueblo, en la sauceda, en la presa o en algún canal del Ranchito o del Mariachi.

Al ratito pasaba y no hay mejor juego que el que tiene desquite ya vendría la sabrosa y dulce venganza que solo nos hacia festejar sabrosamente lo ocurrido, ya seria mañana en la presa o en la sauceda o en el canal, pero ya vendría nuestro turno.

De ninguna manera pertenecíamos a la camada de los “vagos” sin oficio ni beneficio, nuestro tiempo estaba totalmente ocupado, muy  tempranito: a acarrear agua, hacer mandados; despuesito  a la escuela, a mañana y tarde, incluyendo los sábados. La tarde del sábado a la doctrina, al catecismo para prepararnos y hacer la primera comunión y el domingo tempranito a misa para aspirar a tener el permiso para ir al matinée

Todos nuestros juegos, al aire libre, correr, correr y más correr, todavía no teníamos el “beneficio” de la televisión ni los juegos electrónicos, el tiempo nos pertenecía, las calles eran nuestras y se convertían en nuestras canchas de juego, en el estadio de beis larga, los cercos de alambre de púas marcaban las líneas de faul o las bardas del lugar en que jugando al carro con pelota de esponja, soñábamos con las hazañas de los grandes peloteros y nos transformábamos en héroes de atrapadones y jonrones.

Donde se encuentren esos míticos personajes: Fernando M. Ortiz, Manuel Echeverría, Refugio “Cucón” Bernal, Claudio “Sordo” Solano, “El manito” Román, Ventura “Memín” Morales, Germán “Gordo” Bay, Alejandro “Cabezón” Uriarte, “Toro” Figueroa, Luis” “Güero” Torres, Armando “Negro” Cota, Jesús “Zurdo” Astrain, Virgilio “Tigre de regla” Arteaga, Ramón “Paletas” González, Lamberto “Pijini” Delgadillo, Plácido Nevarez, Pedro “Pedrón” Aguayo, Manuel Alegría, “Los chulis” Valenzuela, Alejandro “Sahuaripa” Méndez, Jesús “Manopas” Alcantar, Alfonso “Chivo” Villa y una carretada de personajes que de alguna forma nos obligaron a imitarlos o cuando menos tratar de imitarlos. A todos ellos muchas gracias.

Las escuelas primarias de la época, muy pocas, quizás las necesarias: la escuela Aja, la Arriola, la Gutiérrez, la Benito Juárez, la Vicente Guerrero, la Ramírez, la Cuauhtémoc, la Lujan de Villa de Seris, el Colegio Sonora, la Romandía, la Cruz Gálvez, la  Beraud y párenle de contar. Éstas escuelas fueron la cuna donde mecimos nuestros primeros  sueños deportivos, la primera arena; el escenario de  el sabroso pique deportivo que se fue dando entre barrio y barrio y que dio lugar a que se formaran muchos competidores: malos, regulares, buenos  y muy requete buenos, pero por costumbre  toda la chavalada hacia algún deporte, sobre todo correr al aire libre, que nos daba una enorme fortaleza y energía.

Otra costumbre muy arraigada fue la de leer, pasar horas y horas, embebecidos, como decían nuestras mamas, leyendo  “cuentos” como les nombrábamos  a las historietas ilustradas con caricaturas, que después vinieron  a colores, con las que nos inundaban, llegaban en número muy grande y sus personajes son todavía muy recordados: “ el Conejo Bugs”, “Elmer gruñón”,  “La Pequeña Lulú”, “El Pato Donald”, “El Gato Félix”, “los amigos de Donald”, “Rico Mc pato”, “teen Agers”,  “Porky y sus amigos”, “el Ratón Mickey”, “el pato Lucas”, “Toby y sus amigos”,  “El Súper Ratón”, “La Zorra y el Cuervo”, “Archie y sus amigos”, “El pequeño Archie”,  “Tom y Jerry”, “El Gato Silvestre”, ”Twitty” el canario”, ”Batman y Robin”, “Superan”, “Tarzán”, “Lorenzo y Pepita”, “Pluto”, “Tuco y Tico” (las urracas parlanchinas), “el Charrito de Oro”, “Betty”,  ”La familia Burrón”, “Santo el enmascarado de Plata”, “la Adelita”, “la Llanera Vengadora”, “los Halcones”, “Chanoc”, y en fin, cantidades asombrosas con que nos instruíamos a diario, la chavalada de esos tiempos , leíamos a destajo, nos evadíamos a través de la lectura, de verdad no había calidad, pero eso si mucha, pero mucha cantidad.

Ya de más edad, solíamos leer a escondidas todo lo que caía en nuestras manos, aun cuando no fuera de lo más recomendable y nos estuviera prohibido, lectura apta solo para adultos y que también proliferaba: la Novela Policiaca, la Novela Semanal, Confidencias, la Familia, Bohemia, Vea, Vodevil, el Ja-Ja, el Policía, (Popocha el guardia), Alarma, Alerta y muchas más que de todos modos aun cuando no los prohibían, cada vez que íbamos a la peluquería allí las veíamos, también a hurtadillas, pero las leíamos.

Recordar los días de matinée, también significa un remanso, regresar a una época dorada de nuestra pubertad y  que nos lleva a los viejos cines de Hermosillo, la raza gozaba pero en forma extraordinaria en los cines: “Noriega”, “Nacional” y por supuesto en el de mas catego “el Sonora”, con un decorado elegantísimo y aire acondicionado que domingo a domingo  dejaba a nuestro alcance la sabrosa frescura y comodidad con un  ambiente amable, palomitas de maíz, dulcería surtidita, (como recuerdo los chocolates Carlos V)  butacas abatibles de lujo, pisos cubiertos de alfombras mullidas, cortinas elegantes, decorados de primer mundo con aquellas inolvidables estatuas de figuras de diosas griegas, baños limpios y agradables y además, el lugar ideal para las citas de novios en los primeros escarceos con el sexo opuesto, cuando las chamaquitas, ya no nos parecían tan “pesadas ni tan sangronas”, momentos de transición entre acercarnos a las chicas o jugar luchitas en la alfombra en la demostración del hombre ante la mujer, de la fuerza y la virilidad, para lucirnos pues.

No podemos pasar desapercibido el cambio radical del gusto por la música, allí en los cines empezamos a escuchar otro género musical, música instrumental, al Dr. Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Nicolás Urcelay, Juan Arvizu y a muchos más, diametralmente opuestos al género que estábamos acostumbrados a escuchar en nuestro entorno, con la música que emitía la radio que en todas las casas se encendía, desde canto de gallo a canto de grillo y que a diario: a mañana, tarde y noche, en casa, nos llenaba con la música, con la canción que en esos tiempos dominaba el gusto popular sobre todo en las cantinas del barrio, que ya para entonces había una en cada barrio y a veces hasta dos.

En los cines empezamos a escuchar música que se apoderó poco a poco del gusto juvenil y a algunos nos cambió la preferencia que ya poseíamos, y en verdad que a un gran porcentaje de los jóvenes de esos tiempos, la música de principios de función y de los intermedios en los matinées nos fue descubriendo, inconscientemente un mundo nuevo, un mundo musical diferente que estoy seguro que usted cuando a veces escucha alguna de esas melodías, de inmediato viene a su  memoria los domingos de matinée, ¿sí o no?, bueno pues  ahí se los dejo.

Seguramente aun esta frescas en su memoria las películas de episodios que nos hacían vibrar de emoción obligándonos pasar a formar parte de la trama de la película en pantalla en que inocentemente, gritábamos advirtiendo al héroe de la presencia de los “bandidos” o del peligro de los apaches sigilosos que por lo general siempre perdían en sus batallas con los vaqueros güeros; parece que estoy viendo: “Roy Rogers”, “Gene Autry”, “Hopalong Cassidy”, “El Fantasma”, “Tarzán el hombre mono”, “Las Calaveras del Terror”, “la Invasión de Mongo”, “el Llanero Solitario”, (hi… yo, silver), “Dick Tracy”, “El pequeño Haywatta”, “El Avispón Verde”, “Fu-Man-Chu”, “Drácula”, “La Momia”, “20,000 Leguas de Viaje Submarino”, “Viaje a la Luna”, “La Isla del Tesoro”, “el Charro Negro”,   y una lista de películas más larga que la del súper,  que se quedaron para siempre en el recuerdo y en la imaginación que el tiempo se empeña en arrebatarnos.

Otra etapa muy especial para recordar es el ajetreo de los días de examen, como olvidarlos, desde días antes nos quitaban el sueño, difícilmente podíamos evadir el día del examen, desde la noche anterior, en la tina no. 10 galvanizada y con el estropajo en ristre pasábamos la inspección sanitaria, a bañarnos de pies a cabeza: lavado de orejas, con restregado de patas, codos y rodillas, fuera mugre, pelo rechinante de limpio, bien encremado y a la cama, “mimi lulu”.

Se batallaba mucho con las rodillas, los pies y las manos, más roñosas que un cachorón del cerro de la Pitic, una capa gruesa de piel que se adaptaba a el maltrato de que la hacíamos objeto, arrastrándola por el suelo, descalzos y jugando a las catotas que nos desfiguraban las manos, el contacto directo con la tierra nos hacia también inmunes a las enfermedades, nos fabricaba anticuerpos y nosotros ni cuenta nos dábamos. 

Volviendo a los exámenes, el día nos amanecía mas temprano que de costumbre, a veces, bueno a veces se estrenaba: camisa, pantalón o zapatos, por supuesto: cuaderno, lápiz con punta afiladita, sacapuntas, casquillo y frasco de tinta de preferencia azul, papel secante, navajita filosa, bien peinaditos y a enfrentar a maestros y sinodales, que adustos, muy serios, muy en su papel se disponían a juzgar si merecíamos “pasar de año”; dos o tres horas de exámenes de puro trámite pero para nosotros tremendos que nos hacían comernos las uñas y después a esperar los resultados que nos entregaban junto con la boleta de “Sí, pasó” o “no pasó”, algunos maestros acostumbraban escribir en las boletas “Promovido a: 2º Año.

Por supuesto que algunos no pasábamos, reprobábamos pues, pero esto no significaba que tuviésemos que enfrentarnos a un trauma psicológico, tener que consultar a un psiquiatra o a un psicopedagogo, para poder superar el problema, simple y sencillamente al siguiente año: “repetíamos” y asunto arreglado. Lo único vergonzoso es que nos señalaran los compañeros con índice de fuego “es repetidor”, y eso al principio de año porque poco después, ya nadie se acordaba que no pasamos de año… Nadie ocupaba de algún  auxilio profesional.

El salto mortal, el brinco de la escuela primaria a la secundaria, eso sí que significaba una aventura que a todos nos hacia madurar de golpe, pero que entre paréntesis lo hacíamos llenos de entusiasmo, la novedad del cambio de escuela, el traslado a ciertas distancias, el reto de tener que acostumbrarnos a tener un maestro para cada materia, cada 50 minutos, después de seis largos años impuestos a un solo maestro por grado. Afortunadamente la novedad nos hacia superar de inmediato el pequeño problema y al rato terminábamos por saborear y hasta sentirnos más libres.

Cursar la enseñanza secundaria nos otorgaba más independencia, más libertad y nos hacía sentirnos más dueños de nuestros actos, todo significaba una novedad y sobre todo que nos hacia disponer de unos centavitos más, nos daban para pasajes de camiones que no utilizábamos, dinero a la bolsa para gastar y que por supuesto nunca nos alcanzaba para nada, había mucho que comprar, invadíamos terrenos del centro llenos de atractivos dulces, chucherías, fruta de horno y golosinas a veces que ni conocíamos.

Aprendimos a conocer y a convivir con compañeros de diferentes rumbos, de diferentes costumbres y en ocasiones de diferentes estratos sociales que poco a poco nos aumentaron el círculo de amigos y amigas de los que forzosamente aprendimos algo, hicimos amigos que a través del tiempo aún perduran y de los que los caminos de la vida nos aparto, guardamos gratísimos e inolvidables recuerdos que aun cuando los años pasen, jamás se borran de nuestras memorias.

En lo particular, caminar desde el barrio de la Cruz Gálvez hasta la Prevo en la calle Serdán, todos los días a mañana y tarde, durante más de tres años, fue un cumulo de aventuras y de emociones sin fin, que dejaron una huella muy profunda en esa época de la niñez-juventud.

Desde muy temprano la salida de la casa  a la escuela por la mañana, primero pasar a recoger a su casa a un buen amigo que nos quedaba en el trayecto  y a paso veloz recorrer las calles que nos separaban del centro, todo estaba dispuesto de tal forma que ningún día se parecía al otro aun cuando la rutina aparentemente los hacía iguales:  atravesar el puentecito sobre el canal que venía desde el ranchito, casi en la Manuel González, brincar los rieles y saltar sobre los furgones,  que por lo general, siempre estaban parados enfrente de la Estación del Ferrocarril, seguir casi corriendo por la calle Juárez y atravesar en diagonal, sacándole la vuelta a los puestecitos y a los boleros, estaba a casi a metro y medio de altura, tomar la Matamoros y llegar al Mercado Municipal, lleno de apetitosas cosas que a esa hora de la mañana  se  nos antojaban sobremanera, los olores de las frutas, de las comidas, del café calientito, los gritos y la algarabía de todos sus pobladores,  que eso eran realmente; gente que vivía en el mercado, gente totalmente identificada como residentes  perennes del Mercado Municipal No. 1. “José María Pino Suarez”.

Cuando recuerdo al Mercado, de inmediato vienen a mi memoria una larga fila de personajes que se hacen presentes, como si estuviera tomando lista de asistencia: Doña Elvira Murillo, Panchita la “Güera batuco” Encinas, la Lupe Rodríguez y sus hijas, doña María Blanco, doña Beatriz Quihuis, Luciano Flores, el Sr. Pradas, Marcelino y sus taquitos, Café Angelita, Fernando “Teco” López, Fernando Arzac, Genaro “La colmena” Madero, doña Carmen del Toro, don Macario del Toro, don Andrés López, el compa Chano, (los Manueles): Manuel Romo, Manuel Lliteras, Manuel Ovalle, Francisco ´Piña, las Saguchi, el Sr. Angulo, Efraín Noriega, “El chango” López, Jesús Rojo, los Salazar, Fernando Barón, “El acopo” Carvajal, “El chivo” Carvajal, y que me perdonen los que se me escapan pero no tuve el gusto de conocerlos a todos, pero desde aquí un recuerdo y un reconocimiento a sus horas de trabajo y el afán por sacar adelante a sus familias con mucho empeño y dedicación.-

Nota: Parte de un relato de momentos vivenciales y que con una poquita de paciencia que me tengan, estaré compartiendo con todos ustedes, siempre y cuando  signifiquen o contengan algo interesante  para el amable lector

G r a c i a s

 

Fernando Andrade Domínguez
H. Rangel Lugo #139 y 5 de Febrero,
Col. 5 de Mayo.
Tel. 2-172804, (21)738122
Correo electrónico: andrade_nando@yahoo,com
Hermosillo, Sonora, México


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