Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

 

Así es como le llamábamos entonces, panteón viejo: protegido por una tapia de ladrillo, inexplicable en todos los panteones, (los de adentro no se van a salir y los de afuera no desean entrar como huéspedes)   tenía un gran arco a la entrada en la esquina que hoy forman la calle Juárez y la Nuevo León. enfrentito a donde termina la Calle Degollado hoy Dr. Ortiz Tirado.   Situado de sur  a norte:  de la calle Nuevo León  a la calle Zacatecas y de poniente a oriente de la calle Matamoros hasta gran parte de lo que hoy ocupa la Juárez.

A los chavalos de aquellos tiempos, este lugar nos imponía respeto y miedo, tremendos sustos que sufrimos; en la actualidad este lugar nos sigue causando pánico y escalofríos, por los recibos que, mes a mes,  por consumo de energía eléctrica nos envía la CFE.

Cuando se sacaron los muertitos de este panteón para trasladarlos al Panteón Nuevo de la calle Yañez,  los viejos residentes de este Hermosillo nuestro, hicieron correr el rumor de que los trabajadores del panteón y sus ayudantes profanaron tumbas para robarse las joyas, los dientes de oro y todo objeto de valor con  que  fueron enterrados los inquilinos que ahí descansaban.

Dentro de este panteón se llevaron a cabo algunos fusilamientos y uno de los más notables  fue el de Francisco Ayón en diciembre de 1915.

El día primero de enero  de 1920 fue inaugurado el Panteón Nuevo (así se le llamaba) o sea el de la calle Yañez, por el Sr. Ignacio Romero; el arco de este panteón se comenzó a construir según crónicas viejas a la altura de lo que es hoy la Calle Aguascalientes, pero se encontraba muy cerca de la ciudad. El Sr. don Adolfo de la Huerta,  Gobernador del Estado cambió su construcción al sitio que conocemos. Allí dejaron abandonado ladrillo que muchos vecinos acarrearon a sus casas.

Fue hasta el mes de noviembre que se dotó al panteón de agua potable, jalando la tubería del troncal de la Escuela Cruz Gálvez, obra a cargo del “Monchi” Ramón Gil  Samaniego.

El arco por la parte de adentro tenía dos anuncios: en la parte derecha el de la Agencia Funeraria de don Carlos M. Calleja y a la izquierda un anuncio de don Rafael C. Romero, fabricante de lápidas.

Este Sr. Rafael Romero también tuvo una fábrica dentro de los terrenos que formaba la Curva del Ferrocarril por la calle Matamoros, y que los hermosillenses de ayer no admitieron jamás , que se le nombrara como la pera del ferrocarril.

La Curva, de enormes y gratos recuerdos del Hermosillo de ayer y que formó parte muy importante del desarrollo del antiguo Hermosillo, viejas familias todavía suspiran al invocarse el recuerdo de ese rinconcito, que solo está en la mente de los que todavía andan por esas calles de Dios, acumulando calendarios y evocando tiempos jóvenes.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
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Hermosillo, Sonora, México.


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