Fernando Andrade Domínguez El Pitic

 

Para la mayoría de los jóvenes de los cincuentas, estar a la moda significaba primordialmente, calzar mocasines a los que les incrustábamos una monedita de 0.25 ctvs. en la parte frontal, cubrir nuestros pies con calcetones de color blanco, gruesos de tela tipo toalla, portar pantalones livais americanos 502, camisetas ajustadas y con las mangas arremangadas a modo de que destacaran los gatos de los brazos, pelo bien peinado con su copetón impregnado de brillantina solida, Varón Dandy, Cheseline, Wildrot o Bellcream.

Demostrar una preferencia bien marcada por asistir a los bailes; los de la alta sociedad (o que presumían ser) a los clubes sociales que proliferaban, la raza al Cua Cua o al High Life, escuchar música de los principios del rock, Pedro Infante, Los Panchos o Ma. Victoria. Asistir a los lugares de moda: Konti-Ki, El Pradas, El Kiki, El Nogales Café o la Ideal. Todas las tardes asistir a la calle Serdan a ver pasar a las chamacas de las escuelas o a las empleadas de los diferentes negocios y bancos de los alrededores. Formar parte de los estudiantes que le buscaban pleito a los “Hielos” de Gámez. 

Jóvenes bien intencionados, que las travesuras mayores cometidas significaban solo molestar al prójimo pero sin llegar a la agresión artera con armas, sin que el robo fuera ocupación ocasionada por la necesidad de adquirir drogas;  limpios, honrados y decentes, si,  un poco inquietos y traviesos pero sin sobrepasarse en los límites que marcaban las costumbres y la buena decencia de la juventud.

En los cines es donde más daban muestras de su inquietud, demostrando el disgusto por el mínimo detalle al golpear el piso con sus zapatos o producir ruido con sus manos sobre las bases de los asientos, gritando y chiflando. Todavía recuerdo aquel grito estentóreo del que llegaba tarde a la función y dando muestras de buena garganta gritaba "Ya llegue raza" o de aquel que preguntaba a gritos “¿Dónde estas loco?”, o aquellos que en los cines sin alfombra echaban a rodar un envase de refresco vacio. Lo mismo sucedía en el box cuando en una función aburrida alguien con voz de trueno gritaba de repente “Síguelo, Síguelo” o el “Cuéntale Réferi”.  Después del Box era muy común que la gente en tiempo de calor sentados a la orilla de las banquetas preguntaba al público que acababa de salir de la función ¿Quien ganó? Y estos respondían “El Chapo” Romo y soltaban la carcajada.
La gente que acudía a las funciones de cine o de box o de lucha, se retiraban a sus hogares, sorteando a la gente sentada en la banquetas abanicándose apoltronadamente o sacándole la vuelta a los catres tendidos de gente que tranquilamente dormían a pierna suelta con el pantalón colgado en  una silla de baqueta y el pichel de agua.

La ciudad despertaba y era muy común encontrar por fuera de los changarros, chumilcos, abarrotes o puestecitos un canasto con el pan y una jaba de litros de leche, que cosa curiosa ni los perros se atrevían a decomisar, salvo los malosos chavalos que a los 18 años acudían por la madrugada del domingo a cumplir con el servicio militar obligatorio y estos sí,  de vez en cuando se apoderaban de un litrito de leche y algunas piezas de pan de dulce.

Algo que jamás comprendí y que jamás he justificado es el Servicio Militar Obligatorio de aquellos tiempos, aun cuando el mundo se debatía en una guerra fratricida siento que aquí en México no debía haberse implantado, existía un temor enfermizo y nuestras autoridades se encargaron de sembrar el miedo a que México se viese obligado a participar, se gastó dinero, se distrajo a la población joven a acuartelarse muchas veces lejos de sus ciudades de origen y adquirir enfermedades y vicios que marcaron violentamente sus vidas.
En lo particular no aprendí nada que en un momento dado fuera de utilidad en la defensa de la patria, los pocos disparos que hicimos nos costaban y los viejos mosquetones en algunas ocasiones ni siquiera estaban en servicio. El ejército se portaba en forma déspota y ofensiva en el trato a los jóvenes y más que obediencia aprendimos a sentir miedo, en lugar de respeto se ganaban el reservado coraje hacia ellos. Pero, si no cumplíamos con  los 52 domingos y algunos días festivos no podíamos aspirar a liberar la Cartilla comprobatoria de que cumplimos con el servicio militar obligatorio y la Cartilla se significaba en un documento necesarísimo en el trámite de cualquier tipo de gestión, inclusive  no se podía tener  autorización ni para casarse y en cualquier lugar público estábamos obligados a identificarnos con la cartilla.

Somos ciudadanos de lo más afortunados, nos tocó en suerte vivir en la segunda mitad del siglo pasado y en la primera del presente y aun cuando perdimos un poco del poder de asombro todavía nos impacta el desarrollo de la tecnología y el avance de la ciencia sobre todo en la electrónica y la medicina. Ahora podemos alargar un poco nuestro paso por la vida y tenemos más tiempo para añorar y recordar nuestros primeros años en que displicentes y tranquilos todavía no nos enfrentábamos al pago del recibo de la luz, los impuestos y el alto costo por sobrevivir a cambio de la satisfacción de ver a nuestros hijos cuajados y sobre todo gozar de nuestros nietos. Cuando jóvenes no tuvimos el tiempo para gozar a nuestros hijos enfrascados en la lucha diaria,  ni cuenta nos dimos que nuestros retoños se convertían en adultos y de pronto ya los vimos a nuestro lado luchando también por formar un hogar. Ahora que la vida nos coloca en la posición difícil de tener obligadamente pasividad, al no poder ser posible mantener el paso diario y con el cansancio natural que el paso de los años nos impone, disponemos de más tiempo libre y nos convertimos en niños con juguete nuevo gozando a plenitud de los nietos, los hijos con lo que  no tuvimos el tiempo para  compartir, y que hoy nos desquitamos a plenitud.

Vida nada te debo, vida. . . estamos en paz.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
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Hermosillo, Sonora, México.


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