Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Mi abuela se murió cuando ella quiso, sin hacer ruido, cerró la puerta de su vida y sin despedida previa, se fue silenciosamente. Tranquila se esfumó su vida como la flama de una veladora, poco a poco y sin mostrar dolor.

Fue admirable y a ella debemos sus nietos todo el bienestar que nos proporcionó cuando de niños se convirtió en nuestra madre, nos curó en las enfermedades, nos cuidó celosamente, nos educó y vistió de la nada, de la magia de sus dedos surgían las ropas que nos cubrían en verano e invierno fue un valor inapreciable y que jamás valoramos. Incansable, independiente, trabajadora y creativa. Siempre pendiente de sus hijos y nietos, facilitadora de satisfactores.

Cada semana hacía su itinerario, la Quinta Emilia, la Manga, el Mezquital del Oro, el Gorguz, El Chanate, el Palo Verde, la Pitahayita, casi todos los rumbos al poniente y retirados de la ciudad algunos kilómetros y que formaban parte de su clientela. Nos turnábamos para acompañarla en su infatigable y rendidor paso para colocar la mercancía que ella misma elaboraba: camisas, pantalones, vestidos, blusas para niños y niñas, que surgían de su acompasado pedaleo de la vieja máquina Singer que noche a noche oíamos como serenata. Muy creativa, compraba retazos en las tiendas de telas y con ellas confeccionaba modelitos que fueron muy apreciados por sus clientes, gente humilde que en abonos le pagaban. Nunca recibió algo de gratis, su trabajo le costaba, pero siempre encontraba la manera de allegarse fondos, trasplantaba acodos de plantitas que acomodaba en macetitas, vendía semillas, flores a las que cuidaba con esmero, en un jardincito en el que se pasaba horas y horas, plantando, cortando, desyerbando, regando,  afanosamente y sin descanso.

Jamás la vi enojada, nos fingía un enojo que nunca sentía, nos regañaba con un tono fuerte pero a veces la delataba la risa que le ganaba al ver las caras de susto que le mostrábamos, cada que la recuerdo y eso es muy seguido, parece que la voy a ver con sus enormes arracadas de oro, sus peinetas de carey en el cabello y su “macucho” de cigarro del toro, torcido a mano que colgaba de la comisura de sus labios y que formaba parte de su fisonomía, con un ojo entrecerrado por el humo que surgía de su tabaco encendido y que servía para prender el siguiente, no apagaba, no le daba el jalón pero no apagaba en todo el día.

Al medio día se recostaba y nos pedía que le pasáramos el peine por su nívea y escasa cabellera, para arrullarse y dormir un poco. Por la tarde, se apoltronaba cómodamente y nos ponía a cortarle el papel para sus cigarros, les agregaba picadura de tabaco y con un ligero pase de su lengua los torcía de las puntas y los dejaba listos para posteriormente encenderlos. Fue su vicio y tal vez porque jamás aspiró el humo, sus pulmones no se vieron afectados durante sus más de 103 años que nos acompañó.

Nos platicaba que desde los doce años se aficionó al tabaco y jamás lo dejó, siempre fumó y en todas partes: haciendo sus costuras, cuidando su jardín, descansando, cocinando siempre tuvo un cigarro en sus labios. Creemos que vivió más de 100 años, pero solo es un cálculo, no conocimos ningún documento, calculamos su edad relacionando acontecimientos, como la época de la gran depresión económica mundial, la creciente, el bombardeo del 29, etc. pero no supimos su fecha de nacimiento, y por poco no nos dábamos cuenta cuando murió, se fue calladamente, a la media noche y tranquilamente. Nunca estuvo enferma ni tuvo la ocurrencia de dejar a la mano papeles amparando la propiedad de un lugar en el cementerio donde quería que la sepultaran.

Fue una persona muy especial, autosuficiente, callada y dotada de una enorme paciencia para soportar a 8 de los más inquietos y traviesos de sus nietos. Llegamos a quererla tanto como a mi madre, es más creo que hasta un poquito más, con ella convivimos mucho más, fue nuestro paño de lágrimas, nuestra confidente, lavandera, planchadora, remendona y la mayor parte del tiempo nuestra cocinera.

Cuando se habla de personas de la tercera edad o de la cuarta o de la quinta, siempre voy hacia el rinconcito de mi abuela, no concibo que una persona sea considerada inútil por el solo hecho de acumular calendarios, pero son ellos los que poseen y proporcionan la sabiduría, la experiencia, la pericia, la práctica, la habilidad, la destreza y el conocimiento de la vida y que nos pueden guiar hacia mejores alboradas.

Estoy seguro que detrás de los grandes hombres siempre hubo una abuela o un abuelo que se convirtieron en el guía o cicerone que de alguna manera influyeron en los logros que en beneficio de la humanidad llevaron a cabo. El recuerdo y agradecimiento íntegro para mi abuela, para esa viejecita que aparentemente pasó por ésta vida sin pena ni gloria, pero dejando en sus nietos, una estela de luz y de brillo que jamás la vida podrá borrar.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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