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Mejores Tiempos Por: Luchy Mazón de López |
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| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | Abril de 2006 |
Con la mente cargada de recuerdos me encontré recorriendo calles que de niña transité rumbo a mi querida escuela “Leona Vicario” y con la primera que me cruzo es con la calle Chihuahua, donde viví con mi familia varios años. Ahí nacieron tres de mis hermanos, traídos a este mundo por la muy conocida partera doña Antonia Zazueta. La calle la encontré muy descuidada y abandonada (es el viejo Hermosillo, dicen), pero yo la miré con ojos amorosos de niña de otros tiempos, cuando lucía bien barrida y regada por las tardes y llena de esa atmósfera pueblerina de confianza y apoyo entre los vecinos; las familias se sentaban por fuera de sus casas, ya en sillas o poltronas con el abanico de cartón que llevaba la foto del artista preferido entre las manos y abanicándose con el platicaban sobre los acontecimientos de los últimos tiempos. El secuestro del niño Lindbergh, la abdicación al trono de Inglaterra de Eduardo VIII, la muerte de Alfred Dreyfus, etc., también las personas que tenían radio platicaban sobre las radionovelas y otras se emocionaban con los capítulos de la novela de moda “El derecho de nacer”, que era entregada en las casas semanalmente en unos cuadernos a las personas que así lo habían aceptado. Para medio día ya había pasado la Yaquesita, que en gran canasto llevaba las tortillas de maíz que entregaba casa por casa; por la tarde pasaría, como todos los días el señor que cargando una mesita de altas patas y un limpio mantelito llevaba picones, cochitos, arepas, conchitas, semitas y cortadillos así como el pan torcido, virginia, teleras y francés para la cena o el desayuno. También a domicilio teníamos la leche que entregaba “El Nayo” en su carreta jalada por un caballo; mis pensamientos volaron y me pareció ver a “Lipe Álvarez” pidiendo un taco para comer, como siempre, lucía descalzo y con su inseparable corbata; también creí escuchar los fuertes gritos de un señor apellidado “Pulos” ofreciendo aquellos gruesos palos de mezquite y palo fierro. Por mi barrio también pasaban “los varilleros” que nos surtían con su muy variada mercancía que consistía en peines, espejitos, pulseras, alfileres, agujas, broches y cintas de colores para el cabello. Los aboneros también rondaban por ahí de casa en casa, cobrando el abono semanal o quincenal, ya del espejo, el perchero o de los cuadros aquellos hechos de barro y que representaban el Popocatépetl y al Iztaccíhuatl. Pocos eran los vecinos que tenían radio y no toda la gente disfrutaba de un carro, la mayoría nos trasladábamos a pie, ya sea a la escuela, al trabajo, al cine o a los bailes. Conocí a vecinos que no faltaban a los funerales para así poder viajar en auto hasta el panteón Yánez y ver el crecimiento que estaba sufriendo la ciudad. Recuerdo que los días de san Juan eran muy llovedores y yo miraba pasar a muchos jóvenes a caballo, imagino que iban rumbo al río o tal vez a los veranos. Por las tardes, a un lado de los mayores, jugábamos al “florindichi”, “la bebeleche”, a “la monja y el diablo”, a “los colores”, a “las estatuas”, a “doña blanca”, a “la cuerda”, “los jacks”, etc., etc., también los niños jugaban a las catotas, al balero, trompo, al burro y a las fichas. Todos los vecinos eran muy trabajadores, entrando por el lado oeste, por donde pasa la calle Garmendia vivían: Los Valdez, los dueños de una peluquería que estaba en la esquina de Serdán y Abasolo; don Raúl Meléndez, Merceditas y Julia, él trabajó muchos años en Salubridad; el “Chapo Carvajal”, su esposa su esposa hacía unos ricos jamoncillos y cajeta de membrillo, a una de sus hijas la llamaban “la arbolita” por haber nacido el día del árbol. Enseguida estaba la parte trasera del “Hotel Colón”, donde estaba la cocina; don Antonio Ibáñez y María Luisa su esposa, él trabajó en la Junta Local de Caminos, que en ese tiempo estaba por la calle Jesús García; también eran vecinos los Jiménez, el señor era militar; en esa cuadra estaba la parte posterior de un banco que estaba por la calle Serdán, en ese patio trasero había una alberca y el gerente del banco y sus amigos hacían prácticas de tiro al blanco. La calle Abasolo es una callecita que atraviesa la calle Chihuahua; en la esquina vivían Moisés y Rosa, ellos atendían un puesto de verduras en el Mercado Municipal y en su casa vendían dulces y raspados, durante todo el año los miraba hacer cascarones que venderían en la plaza Zaragoza durante las fiestas del carnaval. Otros vecinos eran el profesor Francisco Castillo Blanco y familia, la profesora Argelia Moraga del Colegio José Lafontaine; María Luisa Díaz; Doña Virginia y su esposo que vendía ponteduros cubiertos de biznaga, melcochas y unos dulces que llamábamos chapas; recuerdo a Josefina que planchaba ropa ajena y su esposo, un músico al que apodaban “El diablo”; al lado vivía Juanita de Anda y sus bellas hijas Lydia y Consuelo. Juanita era una señora muy trabajadora que daba asistencia en su casa a varias personas; otro vecino era el Profr. Mauricio Sáenz y familia. Enseguida estaba el Corralón. Este era un lugar al que llamaban “Bolsa” y era propiedad de la familia Hoeffer, aquí en la bolsa vivían algunas familias entre las que recuerdo a los Escalante, a la mamá le decían “La Nina”, las señoritas Socorrito Salcido, Lupe Vergara y Fermín que era el carpintero que nos hacía los marcos de los mapas para la escuela y que presentaríamos al fin de cursos. Dentro de esta bolsa existía un gran almacén y en una ocasión, cuando era muy niña, anduve ventaneando un baile de disfraces de carnaval. Recordé a Julio y María Álvarez, a don Fernando Araiza y a su esposa llamada “La Negrita”, sus hijos eran los famosos boxeadores de ese tiempo: Fernando, Pepe y Manuel “El Colti”. Pancho Palafox manejaba el camión que llevaba a los niños al kínder que estaba en el colegio José Lafontaine; los Terán eran los dueños de una joyería; en la esquina con Juárez estaba el abarrote del “Chito Contreras”, después sería de Ricardo Rodríguez. Por la acera de enfrente, viniendo de la Abasolo, vivía don Pancho Gándara y doña Cruz, su esposa; recuerdo las grandes fiestas que hacían el día del santo de la señora, la música duraba todo el día, ellos eran los papás de Manuel Gándara, el famoso Gandarita. También vivieron los Ramírez, el señor Ramírez trabajaba en la Junta Local de Caminos y su hija Yolanda manejaba un carro, por lo que era la envidia del barrio. Teresita Grijalva era una enfermera muy bonita y vivía con Doña Concha, su mamá y con el “Palancas”, su hermano; enseguida vivía “La Cony” que tenía un puestecito donde vendía pan; el Sr. Monge era el siguiente vecino y él trabajaba en La Mercería de La Paz; el señor Campuzano, otro de los vecinos, trabajaba en la Paletería El Oso Blanco. Muy buenos vecinos fueron los distinguidos profesores Humberto y Chanito Medina Hoyos, lo mismo el profesor Santacruz. Los Rodríguez también fueron vecinos, Don Miguel era muy activo, tenía una carpintería, el Club Atenas y fue Juez. Enseguida vivía Manuel Gándara y Rafaelita, su esposa. Recordé con mucho cariño a Teresita, a Panchito y a la Clarita; Socorro y Toño tenían una tintorería en la Juárez y Chihuahua. Recordé a los Núñez y a los Ochoa. Cruzando la calle Juárez a la izquierda vivían los Molina. Ellos tenían una tienda de ropa contra esquina del mercado; al lado vivía “La Ñeca”, “Pepe”, “La Runga”, “La Güera” y “Pepito”; ellos eran los Pantoja y tenían un abarrotes y un molino para nixtamal. Seguían los Cortez, doña Tita y los Ochoa. Liberato Ochoa trabajaba para la policía, ahí vivía también el señor Núñez Keith, el cabezón Uriarte, un conocido pelotero; el Negro Cota y Virginia, el Negro Cota era policía y también pelotero. Enseguida estaba la peluquería del “Cundo” Tiznado, que también era músico. Vivían los García, Ramona y Lidia. Ramona, era una señora que todos los días hacía menudo y cabeza, que vendía entre todos los vecinos. Amelia Partida tenía una tiendita y vivía con su esposo y “El Johny”, su hijo. Por la acera derecha estaba la parte posterior de la casa de los Revilla, el señor Delgado vendía leña al menudeo y basuritas para que prendiera pronto la lumbre. Los Montijo y luego estaba la parte posterior de la casa de los Martínez; Panchita Rosa y María, cruzando la calle Manuel González vivían nos Rentería Salazar. Era un edificio de dos pisos y en el asistían a jóvenes que acudían a estudiar en la Un iversidad, enseguida estaba la parte trasera de la casa del Profesor Eduardo W. Villa, la familia de las Profesoras Josefina Reyna (pariente de María Félix), una enfermera del Hospital General llamada Concha Amador y sus hijos: Max, Thelma y Edna Kosterlinsky; por la acera de enfrente la casa de los Figueroa, María Luisa que era la directora de la Leona Vicario. Recordé al profesor de música José Esquer, a los Galaz de Bacadéhuachi. Seguido los visitaba su familiar Luis Valencia, en ese tiempo conscripto y seminarista; vivía también el apreciado profesor Largo Espinoza y más adelante la señora Toña Munguía. G r a c i a s
Fernando Andrade Domínguez |