![]() |
Los Treinta - Treinta Hermosillo, Sonora, México |
| Página anterior | Libro de visitas | Ver libro de visitas | Descargas |
| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
LA GRAN MANZANA Don Francisco de P. Corella Buelna A principios del siglo pasado, en el primer tercio, o sea allá por los años treintas, la Ciudad de Hermosillo, digna capital del Estado de Sonora, todavía poseía la magia y la sencillez de provincia, un pueblote grande, gente muy noble y con muchas aspiraciones, pero todavía, muy lejos de ganarse el valorativo con que se le identifico más adelante y por mucho tiempo: “Capital Agrícola del Noroeste de México” o el “Granero de la República”; apenas iniciaba su camino hacia la prosperidad, firmemente apoyada: en primer lugar por su gente laboriosa, sin perder de vista en el desarrollo en general, la aportación de muchos extranjeros que se identificaron con sus tierras y que contribuyeron en forma radical y definitiva con conocimientos que aplicaron a su agricultura, ganadería, minería, pesca, industria y el despegue del comercio en general que la han colocado como una de las entidades con mayor y mejor futuro. ALLA, POR LOS TREINTAS En la década de los treinta, del siglo pasado, más o menos unos catorce mil habitantes anochecían y despertaban en este tranquilo lugar en que les tocó vivir, gente muy laboriosa, que desafiando un clima extremoso, luchaban a brazo partido, tal y como lo demuestra la historia y como prueba nos dejaron este sitio del que estamos orgullosos; gente ejemplar que sirvió de modelo a las nuevas generaciones que fueron las encargadas de convertir aquellos sueños en palpables realidades, de las que afortunadamente somos testigos modestos que con mucho agrado vemos como nuestro pueblito sencillo se va transformando en una gran ciudad, que no dudamos, pronto será considerada como una de las mejores a nivel nacional. SONORA QUERIDO Por supuesto que lo de “pueblito sencillo” es una de las mejores acepciones que usó Don Adolfo de la Huerta, cuando describió a Hermosillo en su “Sonora Querida”, que algunos ignorantes, erróneamente han obsequiado la autoría a un desconocido, que en un descuido, jamás había pisado nuestras benditas tierras. Hermosillo en esos años, después de su desplazamiento desde el rumbo de la “Iglesia Vieja” en lo que alguna vez y no hace muchos años, se localizaba La Presa Abelardo L. Rodríguez -con agua- y el Barrio del Ranchito; apenas ocupaba una pequeña porción de la extensión que actualmente cubren las necesidades de la ciudad, el caserío diseminado alrededor de los Palacios de Gobierno, Catedral, la Plaza Zaragoza, estaba habitado por las familias de más raigambre y con mayor poder económico; en las faldas del Cerro de la Campana en los barrios de La Matanza, Las Pilas, El Cerro, La Cohetera, Villa de Seris, el Ranchito o el Parián, se asentaban las fuerzas trabajadoras, generadores que impulsaban los motores de la economía de los emprendedores inversionistas. Apenas hacían su aparición los suburbios de El Coloso, El Mariachi, La Curva, El Peloncito, San Antonio, San Benito, El Parián que agregados a los terrenos destinados a la agricultura de El Torreón, La Pitahayita, El Llano, Real del Alamito, El Chanate, Las Placitas, El Gorguz y las huertas que formaban un hermoso cinturón que estrechaban con enorme cariño a la ciudad, entregándole sus frutos y proporcionando trabajo fecundo y creador como medio de subsistencia popular. LA GRAN MANZANA Toda ciudad que se precie de serlo, posee un centro neurálgico, lugar en donde se localiza el corazón que bombea la sangre que corre a través de todas las arterias o calles y que es la que le proporciona la vida para que se mantenga palpitante, en ebullición, concentrando las fuerzas vivas de la ciudadanía inquieta y que forma los pelotones encargados de el avance hacia el futuro. Aquí en Hermosillo, en aquellos años, una de las arterias principales y con más actividad por supuesto que estaba representada ´por la Avenida Aquiles Serdán, una de las que desde su apertura ha recibido de nomenclatura municipal varios nombres: De la Alameda, De los Naranjos, María Amparo, Don Luis y algunos otros más. Allí, en esa avenida Serdán, se localizaba la que fue conocida como: “La Gran Manzana”, tal vez por sus dimensiones, tal vez por la importancia y variedad de negocios y lugares importantes que en ella se localizaban, originó que se identificara con el nombre anterior, que ignoro si fue el Sr. Don Francisco de P. Corella el autor del bautizo o si ya con anterioridad así se le reconocía, a la fecha no he encontrado algún antecedente al respecto; bien, en esta avenida de oriente a poniente, en la manzana geográficamente localizada: al norte: la avenida Serdán, al sur: la Calle Tampico – Obregón-, al este: la Calle Garmendia y al oeste : la calle Yáñez. YAÑEZ Y TAMPICO (lado Oeste entre Serdán y Tampico-Obregón-) En esta enorme cuadra, por el mero centro, cruzaba la acequia de “El Chanate”(1), por la que corría el agua proveniente de un represo del Rio de Sonora que regaba tierras en que se localizaban huertas y sembradíos de hortalizas, en esa época cultivadas por algunos ciudadanos Chinos, que se habían aposentado en esos terrenos, contribuyendo con sus trabajos y productos, a la magra economía de la región, gente que jamás olvidan sus raíces y que trabajan para engrandecer la que consideran su patria adoptiva. Pasando por este rudimentario canal, en la calle Yáñez entre la Serdán y la Tampico – Obregón- se localizaba el taller de hojalatería de Don Ricardo Romania; la carpintería de Don Joaquín Sobarzo; el consultorio del Dr. Francisco P. Molina; allá en la esquina sur, existía un antiestético caserón de dos pisos que en su planta baja albergaba la Botica Mexicana de Don Julián Arvizu, “El Bello Julián” para sus íntimos, botica fundada a fines del siglo antepasado (1889) por el farmacéutico Don Benito Suarez. En la residencia de la familia Arvizu, anexo se encontraba una Sala de Belleza y en la planta alta un taller de costura y fabrica de ropa propiedad de Alberto Check Cinco y ya adivino usted, ciudadano chino; la Botica Mexicana de Don Julián tenia, además de recetarios, yerbas, medicinas de patente y efectos de tocador, un departamento de vinos y licores en cuya trastienda se reunían frecuentemente para platicar y por supuesto tomarse sus “vitaminas”: Miguel Escalante, Ing. Manuel Larios, Lic. Manuel V. Azuela, Dr. Ruperto Paliza, Chale Block, Fernando Núñez Varela, Carlos Tapia, Fernando Ramírez y algunas otras personalidades más que disfrutaban de amenos momentos -horas-, bruscamente interrumpidas cuando el Lic. Don Jesús Gallo se presentaba esgrimiendo amenazadoramente su bastón, ya con “media daga adentro”. BANCO DE SONORA, BANCO NACIONAL DE MEXICO (Lado Sur entre Yáñez y Garmendia) Continuando por la misma acera, pero ya por la calle Tampico, en el lugar en que se edificó “La Casa del Santa Claus”, que fungía como Director del Banco de Sonora, institución que se localizaba en un bello edificio con su frente en arcadas hermosamente fabricadas en un derroche de creatividad artesanal, un bello frontispicio que le dan un toque de sobria elegancia, precisamente en donde posteriormente se estableció el Banco Nacional de México, Casino Aliancista, El Club de Leones, la Agencia Fiscal del Estado y actualmente el Instituto Sonorense de Cultura. En el Banco de Sonora trabajaron por mucho tiempo los funcionarios y empleados: Luis Brauer, Rodolfo Tapia, Nicolás Jiménez, Delfín Ruibal, Rafael Lliteras, Francisco Iñigo, Guillermo Corral, Carlos Genda, José “Pepe” Velazco, Pedro Amarillas y muchos más que en el año de 1932, al quebrar el Banco de Sonora, pasaron a trabajar en la Sucursal del Banco Nacional de México que también se ubicó en el mismo domicilio. Más adelante, nos encontramos con la residencia identificada como: “Del Conde García”, de la familia García-Camou -donde actualmente se ubica Radio Sonora- en un caserón que derrama distinción y elegancia, una bellísima residencia que gracias al interés de nuestro gobierno conserva todo ese glamour afrancesado de la época, lugar en donde fincó su hogar “El Conde García” que algunos aseguran, todavía recorre su propiedad haciendo travesuras, con las manos entrelazadas en su espalda, bueno, dicen. Esta construcción curiosamente formaba una escuadra que al venir caminando por la acera, obligaba a doblar hacia la derecha, para formar una esquina extra – la sexta esquina de esta asimétrica manzana- , allí mero en donde se estableció la Ferretería y miscelánea “El Globo de Don Ramón Ayón; la sedería del Griego Nicolás Macris y la nueva y moderna fábrica de sodas “La Imperial” del caballeroso Don Alejandro Romero que alguna vez comentó, que al no tener un nombre planeado para su fábrica, al reparar en la marca de su maquinaria, leyó “La Imperial” y de allí tomó el nombre de su negocio; y mas adelantito… TEATRO NORIEGA (Esquina de Tampico con Garmendia) La familia Noriega-Beraud, construyó el gran Teatro Noriega que vino a cubrir las necesidades de diversión de la gran familia hermosillense convirtiéndose en el centro de reunión de la crema y nata de la ciudadanía, que acudía a gozar con las presentaciones de grandes luminarias del teatro nacional y de la farándula mundial. Un Teatro con sus lunetas, palcos primeros, palcos segundos y galerías que se complementaba con una incómoda taquilla, un pasillo de entrada cubierto por una alfombra de color guinda, cortinajes del mismo color y tres escaleras que daban acceso a las localidades altas. En este escenario actuaron famosas Compañías de Teatro que traían en sus filas a los más destacados artistas del mundo teatral y que ya a finales de 1800 como botón de muestra nos regalaron con la presencia del ruiseñor de México, la inmensa Ángela Peralta, víctima de la letal fiebre amarilla. Posteriormente ya en 1930 en adelante, gozamos de las actuaciones de Las eximias: Virginia Fábregas, María Teresa Montoya, Mimí Derba, Lupe Rivas Cacho, los Hermanos Soler, Luis Martínez de Tovar, Andrés Chávez, la familia Bell, Luis G. Barreiro, los cantantes: Agustín Lara y su orquesta, Pedro Vargas, Toña la Negra, Néstor Mesta Cháirez y toda una lista de rutilantes estrellas que dejaron constancia de su arte; sin dejar de ver también la enorme calidad de los brillantes aficionados residentes vecinos de la ciudad que nos obsequiaron noches de feliz esparcimiento haciendo derroche del histrionismo natural de que la naturaleza los había dotado: Laurita Espinoza de los Monteros. Alberto y Enrique Loustaunau, Meche Camou, Alfredo Sobarzo, Olga Calderón, María Luisa Villa, Gustavo y Pepe Mazón, Alfonso Muñoz, Juventino Castillo entre otros muchos más. También fue escenario de conferencistas, poetas e intelectuales de la talla de Don José Santos Chocano, Dr. ATL, Salvador Escudero, Juan Sánchez Azcona, Gerardo Sisniega, Rafael Díaz de León, Alfonso Iberri, Bertha Singerman, Querido Moheno, Julieta Palavicini, Nemesio García Naranjo y muchos más que lamento no recordar. Este edificio arrastrando su linaje y elegancia, vivió muchos años más en que se convirtió en un cine popular, con funciones de “Miércoles de la Cacharpa”, matinés dominicales que fueron inolvidables en nuestra juventud, lugar en donde se aposentaron unas enormes ratas que más bien parecían conejos y que se convirtieron en el terror de los gatos del sector, pero, pero como todo viejo y enfermo el Teatro Noriega, termino mutilado y en sus estertores funcionó como cine, hasta quedar sepultado en el triste abismo de los recuerdos, previa e insoportable embestida de la piqueta del progreso, R.I.P. Precisamente en donde terminaba el Teatro Noriega, pegadito se localizaba el taller de reparación de calzado propiedad de Don Pancho Cota, uno de los mejores artesanos del gremio y de capacidad comprobada, un hombre de ya avanzada edad y con un problema casi crónico del padecimiento en una pierna que no le permitían desplazarse libremente. En una ocasión al taller de Don Pancho, irrumpió un hombre de apariencia común y corriente, visiblemente agitado que dirigiéndose al anciano lo increpó con autoridad preguntando por el lugar en donde se había escondido el individuo al que perseguía. Claro que ignorando Cota lo relacionado a la pregunta que le hacia el inesperado visitante, molesto, le dio respuesta diciéndole que nada sabia y que además su taller no era refugio de perseguidos. Intentó aquel hombre en actitud francamente violenta, pasar al fondo del taller a buscar al individuo y Don Pancho, no halló más remedio que levantarse trabajosamente de su banco de trabajo y a empujones a la medida de sus escasas fuerzas, logró sacarlo a la calle, de donde le sentenció el intruso que: en vista de su actitud, se atuviera a las consecuencias. Un vecino, testigo del incidente, al darse cuenta de que Don Pancho no conocía a su antagonista momentáneo, le informó que se trataba nada más y nada menos que del General Tafoya, Comandante de la Cuarta Zona Militar establecida en la plaza, por lo que el Sr. Cota salió presuroso en busca de la protección de las autoridades civiles que gracias a la intervención de un funcionario amigo de ambas partes, todo terminó en un fuerte apretón de manos y un “usted disculpe”. Todo el incidente fue originado por un tipo grosero a quien el General Tafoya, en traje de civil y sin insignia alguna que lo identificara, trato de detener para entregarlo a las autoridades y al perderlo de vista a la altura del taller, supuso que se había escondido en ese lugar. Un incidente que quedó como anécdota curiosa que el modesto Don Pancho Cota, rechazó con energía, los comentarios de amigos que pretendían envanecerlo por el round que le ganó a semejante adversario. Al final de esta cuadra de la Tampico y Garmendia se encontraba funcionando una tienda de ultramarinos que estableció el jovial y alegre Don Bernardo Cabrera, sonriente y ameno y que contrastaba con el dueño posterior Don Luis Encinas, adusto y serio y a quien apenas le sacaban unas cuantas palabras como con tirabuzón. En esa misma esquina después estuvo localizada la cantina “Ben- Hur” de Don Isidro “Chiro” Salcido de muy grata memoria. Al final y a la vuelta de algunos años terminó funcionando como taquería. CALLE GARMENDIA (Lado Este entre Tampico y Serdán) Ya con rumbo de Sur a norte, pero siguiendo la misma Calle Garmendia hasta llegar a la Serdán, se localizaban algunos negocios propiedad de identificados vecinos como Don Pablo Gómez y su taller de relojería; el taller de zapatería del competente zapatero y caricaturista Don Luis V. García “Pluma Blanca” de inolvidables afectos; Talabartería “El León” de Don Arturo Trujillo y Víctor Álvarez; dos o tres tabacaleras pertenecientes a varios dueños: Jesús Sagrestano, Luis Manuel Quiroga, Arturo Espinoza que no hicieron huesos viejos; una pequeña imprenta de Don Luis Zayas; una lavandería de Chinos, posiblemente dieron origen a la idea que desarrollaron los prósperos industriales Juanito Rodelo y el Niní Vizcaíno, que se encargaban de recoger y entregar la ropa a domicilio en unas largas talegas de manta, primero a bordo de flamantes bicicletas y posteriormente motorizados ; Don Florentino Caballero, Jesús Ramírez y Rubén Ruiz, fundaron lo que fue, uno de los primeros talleres mecánicos de la localidad, tres operarios intuitivos que sin contar con equipo de precisión, reparaban satisfactoriamente automóviles, motores, motobombas y unidades similares; se las sabían de todas, todas. AVENIDA AQUILES SERDÁN (Lado Norte entre Garmendia y Yáñez) Sin ninguna guía cronológica, sin ningún mapa y todo apoyado en nuestra magra memoria y en viejos escritos de cronistas aficionados, trataremos de hacer un recorrido por una de las rúas más populares y de mas historia: La Serdán y para eso vamos a empezar de este a oeste. En la pura esquina estaban unas viejas casonas de adobe crudo que casi eran ruinas después convertidas en salones comerciales, primero por la Dulcería y Pastelería Tonella, famosa por la variedad y exquisitez de sus manjares, de la más fina elaboración; la Ferretería de los siempre amables Jesús “Chuy” Contreras y José “Pepe” Piña; la panadería del Mayor retirado del Ejército Nacional Don Luis R. del Riego; la Botica Guadalupana de Alberto Córdova y la nevería del ceremonioso hijo del país del Sol Naciente Don Ángel Uehara. Como olvidar la pequeña tienda de Ropa de Ignacio “Nacho” Jaccot; la refinada y pulcra peluquería de los hermanos Alberto y Ángel de Saracho; el consultorio del Dr. Andrés Suilo y Campos; la lonchería del súper cocinero Enrique “el Viejo” Rivera, con su Club de trajes masculinos y el novedoso sistema de sorteos semanales, expendio de calzado, venta de seguros, muebles metálicos y Agencia de la Lotería Nacional; en seguida la Casa de Huéspedes de la servicial “Goyita Mirazo” y su restaurante anexo, la dulcería de José Obregón y Miguel Romo; la mueblería del estimado Ruso blanco Mauricio Livishin que todo parecía menos una mueblería y deveras que manejaba calidad y muy bien surtida; la Botica Americana de Don Luis Espinoza de los Monteros, allí en donde precisamente empezó a dar sus primeros pasos farmacéuticos el eterno joven Don Matías Cazares Yépiz; la popular peluquería de Don Nicolás Villa y Vicente Nayares; la tienda de Radios de Don Víctor S. Quiroz; la Comisión Liquidadora del Banco de Sonora con Don Aurelio Ramos y Don Francisco González Massaal frente; la Agencia Gasolinera cuando aun el petróleo no era nuestro acuérdense que la expropiación fue hasta el ‘38; ocupando la esquina de Serdán y Yáñez aquel edificio de enormes dimensiones, originalmente Seminario de la Diócesis de Sonora bajo la sabia dirección del muy querido padre espiritual de los Hermosillenses: Pbro. Don Martin Portela, que no solo formaba sacerdotes, también ciudadanos en su Escuela Primaria Elemental y Superior, atendida por destacados maestros religiosos y seglares. En el costado Oriente se hallaba el Obispado, con una hermosa capilla y las sencillas y humildes habitaciones de su Excmo. y Rvdmo. Dr. Don Ignacio Valdespino y Díaz Obispo de Sonora, cambiado más tarde a Aguascalientes. Los álgidos años de la persecución religiosa, marcaron el final del Seminario, el edificio se destino a establecer la Escuela “Cruz Gálvez”, creada principalmente para los hijos de las víctimas de la Revolución. Años más tarde al terminar de construirse al Norte, el Internado “Coronel J. Cruz Gálvez” allá por rumbos de la calle Rosales después Revolución, el antiguo Seminario quedó convertido en Escuela de Enseñanzas Especiales No. 26 , Pre-vocacional Federal, y que durante muchos años funcionó en forma mixta, hasta que fue ubicada en un nuevo y flamante edificio, fabricado ex profeso. Lamentablemente, después de formar parte activa de la historia de nuestra ciudad y de nuestro Estado nuestras autoridades sin tocarse el corazón se convirtieron en cómplices de ese atentado al pueblo; el viejo predio fue incautado, permutado, embargado, vendido, vuelto a vender concluyendo finalmente, víctima de intereses económicos de una Institución Bancaria que con piqueta en ristre en un abrir y cerrar de ojos, convirtió en escombros uno de los edificios más emblemáticos de nuestra ciudad, de los últimos vestigios de la cultura de nuestros antepasados, erigiendo en su lugar un enorme cubo que en su tiempo algunos “barberos” calificaron de un moderno y funcional edificio que significaba la transformación del viejo Hermosillo en ciudad vanguardista, lastima, que escasa visión y que poca inteligencia mostrada; Tiempos traen tiempos y las instituciones bancarias atraviesan por una restructuración y están dando paso a otra nueva forma de esquilmar o proporcionar “servicios financieros”; cada día sus oficinas son más reducidas y más mal atendidas y el colmo, casi todas en manos de extranjeros, tan-tan. A grandes rasgos, muy condensada la presente es una breve reseña de lo que Don Francisco De P. Corella escribió y nos legó como un recuerdo que significa un tesoro y a quien con todo respeto anticipadamente le solicité me perdonara por el atrevimiento de llevar a cabo modificaciones al escrito original, todo con la única intención de abundar un poco más, sin salirme de la columna vertebral de su narrativa en tan importante tema que escogió y que le fue publicado en el Periódico “El Sonorense” en la pagina 7-B del día Miércoles 14 de Marzo de 1973. Cumplo un viejo deseo de conocer y dar a conocer las memorias de nuestro Hermosillo, con la pretensión de rendir un homenaje al autor y a los viejos residentes, a los distinguidos hombres que se preocuparon por plasmar nuestra historia y sobre todo recordarnos: personajes, costumbres, anécdotas, nombres, lugares y evoluciones que a través del tiempo se han dado en las familias, edificios y calles de nuestra hermosa ciudad. Posiblemente, o lo más seguro, es que al leer esta crónica, los apellidos les suenen muy familiares y claro que sí, ya que se está haciendo un recuento de apenas un cachito, una sola cuadra de aquel romántico Hermosillo en que todos se conocían, en que muchas familias tenían lazos entre sí, los personajes que se mencionan, fueron reales, de carne y hueso, existieron y para orgullo nuestro fueron los que le dieron carácter y sello a nuestra capital. Al mencionar al ejemplar hombre Pbro. Don Martin Portela, Excmo. Dr. Don Ignacio Valdespino y Díaz, solo estamos rindiendo un pequeñísimo tributo a la memoria de tan grandes hombres; gente honrada y trabajadora como Don Ricardo Romandia, Dr. Francisco P. Molina, Don Joaquín Sobarzo, Don Julián S. Arvizu “El Bello Julián”, Don Benito Suárez, Miguel Escalante, Ing. Manuel Larios, Lic. Manuel V. Azuela, Dr. Ruperto Paliza, Carlos “Chale” Block, Fernando Núñez Varela, Carlos Tapia, Fernando Ramírez, Lic. Jesús Gallo, Don Max Mueller, Luis Brauer, Rodolfo Tapia, Nicolás Jiménez, Delfín Ruibal, Rafael Lliteras, Pancho Iñigo, Guillermo Corral, Carlos Genda, Pepe Velazco, Pedro Amarillas, El “Conde” García, Ramón Ayón, Nicolás Macriss, Alejandro Romero, Laurita Espinoza de los Monteros, Gustavo y Pepe Mazón, Alberto y Enrique Loustaunau, Meche Camou, Alfredo Sobarzo, Olga Calderon, Alfonso Muñoz, María Luisa Villa, Juventino Castillo, Don Pancho Cota, Bernardo Cabrera, Don Luis Encinas, Isidro “Chiro” Salcido, Pablo Gómez, Luis V. García “Pluma Blanca”, Víctor Álvarez, Juan Rodelo, Nini Vizcaíno, Florentino Caballero, Jesús Ramírez, Rubén Ruiz, la familia Tonella, Chuy Contreras, Pepe Piña, Luis R. del Riego, Alberto Córdova, Ángel Uehara, Nacho Jacott, Alberto y Ángel de Saracho, Dr. Andrés Suilo y Campos, Enrique “El Viejo” Rivera, Goyita Mirazo, Miguel Romo, José Obregón, Mauricio Livishin, Don Luis C. Espinoza de los Monteros, Matías Cazares Yépiz, Nicolás Villa, Vicente Nayares, Víctor S. Quiroz, Aurelio A. Ramos, Francisco González Massa, y una cauda de etcéteras que cubrirían no sé cuantas hojas mas, con nombres de hombres y mujeres que dejaron un poco más que su recuerdo: su vida ejemplar, que ha servido de molde para las generaciones que de estas gentes se han derivado. Sea este nuestro humilde y muy sentido reconocimiento para todos ellos, para todos los que nos antecedieron y se preocuparon por darnos un lugar digno en donde vivir, dejando el adeudo que representan otros cientos o miles de ciudadanos, que igualmente, debemos recordar en columnas futuras que representen nuestra enorme gratitud.
_____________________________________________________ G r a c i a s Fernando Andrade Domínguez |