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Los días aquellos Hermosillo, Sonora
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
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Desde el día anterior empezaban los preparativos para el examen final, a cenar temprano y desde luego una muy buena bañada, oídos, nariz, garganta en especial, pies y manos eran objetos de una minucioso revisión por parte de nuestras “amás”, desde la punta del pié hasta el último de los cabellos, una rápida repasada a los cuadernos y a la “mimi lulu”. El gran día había llegado, estrenando ropa, zapatos y bien relamidos, (deveras que pocas veces estrenábamos, salvo los días de examen) muy tempranito hacíamos acto de presencia y formalmente tomábamos el lugar correspondiente en nuestro salón de clases en donde el maestro nervioso también, nos daba las últimas indicaciones para que ordenaditos y guardando silencio, escucháramos a la Directora que nos presentaba a los “Sinodales” que llevarían a cabo el famoso examen final para juzgar si merecíamos ascender al siguiente grado o reprobarnos en los casos que así lo ameritaban. Creo que jamás sentí tanto miedo rayando en pánico como ese día en que bajo la mirada de los maestros, sinodales y demás compañeros teníamos que responder a las diversas preguntas que nos dirigían y que me parecía que en todos los casos solo nos inquirían sobre lo que no recordábamos o lo que no habíamos estudiado. Gracias a Dios que nuestros hijos y nietos no tengan que enfrentar a ese calvario y suplicio inimaginable al que nos tocaba enfrentar año con año, y que afortunadamente ya haya desaparecido la evaluación de esa manera. Momentos que parecían siglos, en ese momento lo único positivo es que comprendo que empezaba a forjarse el carácter de cada uno de los niños que éramos objeto del escrutinio general y en que no influía, ni el parentesco, ni la amistad que durante todo el año nos había brindado la maestra(o), minutos que nos parecían interminables horas de estar sometidos al enorme tormento en que se tornaban aquellos interrogatorios, solo compensados por la sonrisa discreta del profe o la profe cuando lográbamos aciertos, así como por la enorme satisfacción reflejada en el iluminado rostro de nuestros padres también presentes en tal evento. Así transcurría lentamente el cruel momento que nos hacían pasar, a veces provocando simpatía o de plano dando motivo para la estentórea carcajada que nuestras ocurrentes respuestas arrancaban. Todo en medio de un ambiente que poco a poco se iba relajando trayendo consigo un poco de tranquilidad a nuestras mentes infantiles. Enseguida la Directora llena de gozo anunciaba algunos números musicales, piezas de oratoria o simplemente el pensamiento famoso que los alumnos presentaban a consideración del selecto auditorio y que significaba el empujoncito a los futuros artistas, momento adecuado para que todos los que interpretaban algún instrumento musical, con facilidades para el canto o que simplemente tenían dotes de declamador, hicieran gala de sus adelantos. Cuando más tenso estaba me llegaba el turno y escuchaba como en sueños la voz de la Maestra anunciando que enseguida “el alumno Fernando Andrade, les dirá una bonita poesía”, entre un coro de aplausos ascendía al templete y caminando como sobre nubes hacia frente al micrófono, que me imponía no miedo sino pavor e iniciaba diciendo el titulo de la composición “Tengo Dos Manitas”: Tengo dos manitas, muy bien lavaditas, la derecha es esta y la izquierda esta, en ella viven cinco hermanos que se quieren y . . . y. . . se aman. . . . mucho y saben bien amar. . . tengo dos. . . hermanitas , tengo, tengo. . . bu-bu-bu" . En ese momento el llanto y el pánico se apoderaban de mi mente y no hacía más que llorar entre el aplauso de un comprensivo auditorio. Al final todo volvía a la realidad y al recibir el papelito llamado “boleta” con una leyenda al final que decía “Aprobado”, de inmediato se borraban, las angustias, el miedo y todo lo negativo del momento, para dar paso a una mal disimulada satisfacción de haber obtenido el pase para el siguiente año lectivo.La parte negativa era ver el triste espectáculo de compañeros llorando por no haber pasado y de tener que repetir al siguiente año, dejando a sus compañeros y recibiendo a los nuevos, momentos amargos pero pasajeros, ya que todo se reducía a “repetir el año”, y soportar la “carilla” de que se le choteara con el mote de “repetidor”. Pero no pasaba nada, ninguno de los reprobados era objeto de tratamientos psicológicos, psicopedagógicos, ni tratamientos especiales, todo se reducía a repetir el año y por lo general no dejaban secuelas de comportamiento inadecuado, a saber. Cada año empezaba una nueva aventura escolar, cambio de maestro o maestra, se acababa de momento aquella fraternidad entre alumnos y profesores, se terminaba con el “consentido del profesor”, nos seguíamos viendo y poco a poco el nuevo maestro labraba una nueva y fructífera alianza que perduraba por toda la vida, hasta la fecha, recuerdo con mucho cariño a todos los maestros y maestras que pacientemente me ayudaron a adquirir los conocimientos básicos para poder defenderme en la vida. Cada uno de ellos representa para mí, un padre o una madre que con cariño y paciencia, me fueron guiando en el descubrimiento de la cruda realidad y la lucha diaria por sobrevivir. Pienso que realmente significó un ensayo para enfrentarnos a las vicisitudes de diario, el que durante 6 o más años de enseñanza primaria y los sistemas imperantes en la época, marcaron, con el devenir de los días el carácter de quienes afrontaron la enorme responsabilidad de adquirir la mayoría de edad y razonar como un individuo hecho y derecho apto para formar una familia y por supuesto ser un ser útil a la patria. Tal vez los criterios o costumbres imperantes en el transcurso de nuestras enseñanzas de conocimientos primarios y en algún momento de enseñanza Secundaria, no hayan sido los más adecuados, pero son más los maestros y maestras que nos moldearon como personas recomendables, que los que dejaron huella como malos ejemplos; dicen que la Educación y la Enseñanza a golpes es como mejor se adquiere, por supuesto que no estamos de acuerdo, esas frases prefabricadas de que “La letra con sangre entra”, no es más que eso, frases huecas y comodinas y que adquirieron carta de naturalización en los hogares en que la educación y la responsabilidad de fabricar personas aptas y preparadas que los padres endosaban a los maestros con aquello de que “ay se lo encargo maestro, castíguelo duro, por nosotros no hay problema, estamos de acuerdo en que lo corrija como sea necesario”. Afortunadamente los sistemas de educación y las autoridades han tomado muy en serio el problema corrigiendo el camino andado y modificando la actitud de los profesores que día a día se preparan con más dedicación y amor a la profesión, que más que una ocupación es un apostolado en bien de la juventud, tan necesitada de valores en la actualidad. La letra con sangre entra, en su momento tal vez haya tenido una profunda raíz, sembrada a través de los tiempos tormentosos del nacer que como país libre, México necesariamente ocupó, pero que afortunadamente, hoy en día, el rumbo se ha corregido y los métodos han cambiado ofreciéndonos una oportunidad más democrática de mejorarnos, dándonos a todas las clases sociales la preparación necesaria para valernos por nosotros mismos y no significar una carga para el país. Gracias
Fronteras y 5 de febrero 139, |