Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

 

No sé de cierto cuando empezaron los Carnavales de Hermosillo. Durante las semanas que los precedían, había toda clase de fiestas como Kermeses, bailes, funciones de teatro, colectas públicas, rifas y otras actividades que organizaban los diferentes clubes y partidos, para allegarse fondos y comprar votos de apoyo a sus candidatas a reinas, principalmente en le noche en que se efectuaba el computo final.

Las manifestaciones encabezadas por las candidatas recorrían las calles de la ciudad con música, porras y gran entusiasmo de los participantes, quienes llevaban banderolas y distintivos con los colores de su partido.  Había partido verde, rojo o azul, y por todas partes resonaban “Los Papaquis” (los payasos) que era el tema musical del carnaval de Hermosillo y no sé si de algunos otros. La letra de Los Papaquis que se cantaba aquí, decía:

“Por aquí
Paso la muerte
Con su aguja
Y su dedal
Preguntando donde vive
la reina del carnaval….”

Por supuesto no faltaban los pleitos -a veces encarnizados- entre los partidarios de las distintas candidatas, y las “contra porras” se escuchaban en las banquetas a la pasada de las manifestaciones, pero todo  era parte de la diversión.  Esto fue lo primero que se me grabó de los carnavales, cuando todavía no me permitían asistir a los bailes y otros festejos carnavaleros.

Después ya de jovencita, tome parte de las fiestas del carnaval que empezaban el sábado de “malhumor”, con la quema del “malhumor” Hermosillense -a quien le caía el nombramiento por votación-  y se daba lectura a su testamento, en el que se aludía a mucha personas y a los acontecimientos de la ciudad y de la política, por ejemplo: al encargado de la limpieza del Mercado Municipal, le dejaba una “trocada” de trampas para ratas y ratones; a una negociación muy endeudada, un baúl repleto de “bilimbiques” para saldar sus deudas y en ese tono festivo era el testamento del malhumor, aunque a veces se les pasaba la mano con las bromas pesadas.  Este evento se efectuaba en el kiosco de la Plaza Zaragoza, y en medio de la cohetería y gritona de la concurrencia se procedía después a quemar la efigie del “malhumor”.  Solo nombrare dos personas que fueron “malhumor” en los carnavales de Hermosillo: Garibay y el Chino Calvario.

El domingo de Carnaval por la mañana, se coronaba con gran protocolo a la reina y a su princesa en el foro del Teatro Noriega, adonde llegaban acompañadas por sus damas de honor y sus chambelanes. Se desarrollaba a continuación un programa literario musical; el discurso de salutación a la Reina electa estaba a cargo de los jóvenes oradores del momento. La coronación la hacía el Presidente del Comité de Carnaval, o un representante del Gobernador del Estado. El Teatro se llenaba a reventar; la entrada era gratuita.

Por la tarde del mismo domingo, como a las tres, empezaba el paseo de carros alegóricos.  Había un taller de un Sr. Romero, situado en la calle Serdán frente al correo, famoso por que allí se armaban carros alegóricos muy bonitos; en otros talleres locales las figuras que adornaban los carros eran completamente desproporcionadas y los leones parecían gatos o viceversa. Definitivamente en Guaymas arreglaban mejor los carros alegóricos para su propio carnaval, y varios años vinieron a desfilar a Hermosillo algunos que eran preciosos.

En el paseo desfilaban las comparsas;  los encapuchados  -vestidos como kukuxklanes, generalmente de negro, con su número de licencia pegado en la espalda-; las mascaritas con mascaras de cartón y diferentes disfraces, había vestidas de calaveras, diablos, viejitos y mujeres, y la reina del carnaval con su corte, a bordo de la carroza real.  Este paseo recorría las calles de la ciudad -toda la calle Serdán, hasta la Plaza Zaragoza y alrededores de esta- con grandes combates de serpentinas y confeti.  Los conjuntos de músicos hermosillenses contribuían a amenizar el paseo de carros alegóricos tocando en las esquinas y la gente de Hermosillo se volcaba en las banquetas para disfrutar el desfile. Los empleados de la antigua Cervecería de Sonora casi siempre se ganaban el premio a la mejor comparsa; ciertamente eran muy ingeniosos, una vez salieron representando al Emperador Abisinio Haile Selassie con su sequito, y en otra ocasión eran un grupo de sheiks Árabes petroleros.

Hasta un King Kong desfiló en los paseos carnavaleros con un traje de gorila hecho con pelo de todos colores, --negro, castaño y güero—proveniente de los salones de belleza Venus de Fina Borboa, allá por la Juárez.  King Kong uso una impresionante mascara de simio que causó sensación por su realismo.

Por la noche, el baile de gala de la Reina se efectuaba en los patios del Palacio de Gobierno, donde le instalaban su trono, era un gran desfile de elegancia, al que las muchachas asistían con preciosos trajes largos; corrían los tiempos en que se usaban telas con nombres franceses, aunque naturalmente mal escritos y mal pronunciados como: georgette, chamu, muare, pongi y plois, para confeccionar los vestidos de baile.  Los caballeros asistían de riguroso smoking. Y enfrente de Palacio, en la Plaza Zaragoza, el pueblo de Hermosillo se divertía en grande con el juego de cascarones y confeti. Los cascarones a veces estaban rellenos de agasajo cuadritos recortados de papel de china de todos colores- pero también de harina, añil o aserrín. Era toda una fiesta tumultuosa, donde todo mundo disfrutaba.

El lunes de carnaval, después de mediodía, se repetía el paseo de los carros alegóricos y esa noche la reina con su corte visitaba los bailes populares que se organizaban por toda la ciudad, y terminaba del recorrido en la “cascaroneada” de la Plaza Zaragoza.  Las tres fiestas nocturnas se prolongaban hasta la una o dos de la madrugada. Por supuesto los vendedores de cascarones hacían su agosto, aunque había mucha gente que confeccionaba sus propios cascarones con cáscaras de huevo, anilina de colores para pintarlos, engrudo, confeti para rellenarlos y tapa de cucurucho de papel adornado con chinitos de papel de china.  Era toda una empresa,  pero nos encantaba hacerlos.

Por último, el martes de carnaval, la reina se presentaba al paseo con traje de fantasía, y se otorgaba premio al mejor disfraz. Aparecían algunos trajes verdaderamente espectaculares, pues los rentaban en Hollywood. Hubo muchas reinas del carnaval inolvidables por su belleza y simpatía.  Me gustaron en especial Magui Mendoza, con su original traje de Ondina con escamas de lentejuela plateada;  María León  vestida de Emperatriz Escarlata -modelo tomado de una película sobre Catalina de Rusia-: Lourdes Pavlovich con un elegante atuendo de aldeana yugoeslava; Norma Hoeffer  disfrazada de princesa China; Chagua Maldonado vestida de Cleopatra.  También fueron reinas:  Tere Noriega –reina del Carnaval de Hermosillo en dos ocasiones--, Pina Pavlovich, María Robles, Betina Lizárraga, Albita Obregón, Olga Lizárraga, Alfonsina Fragoso, Socorro González, Kyra Sobarzo, Evelia Ciscomani, María Antonieta Camou, Yolanda Hoeffer  y Puppy Cubillas quien fue la reina del último carnaval de Hermosillo celebrado en el año de 1957, y otras que se escapan.

De los jóvenes que fueron reyes de los carnavales hermosillenses por acompañar  a las reinas, anoto a Alfonso Hoeffer, Julio Escalante, Felipin Pavlovich, Humberto González, Gustavo Mazón, Luis Hoeffer y Alberto Lizárraga; posteriormente Héctor Seldner, Enrique Cubillas, Contra Lizárraga, Pepe Encinas, Jorge Corral, Héctor (Cupido) Pesqueira y Carlos Escalante Platt, entre otros.

El martes de Carnaval por la noche, se repetía por tercera vez la cascaroneada en la Plaza Zaragoza.  Las calles de la ciudad quedaban altas de serpentinas y confeti, que los barrenderos públicos recogían por las mañanas. Durante la celebración del carnaval había también muchos excesos, especialmente en la bebida, y la cerveza High Life de botella o de barril de la Cervecería de Sonora corría como agua por las todo Hermosillo, así que todos verdaderamente necesitábamos una rociada con agua bendita, por eso el miércoles de ceniza acudíamos a las iglesias a tomar ceniza para disponernos a empezar la cuaresma.  Pero lo bailado ni quien nos lo quitara.

Todavía el sábado siguiente al de “malhumor”, algunos clubes celebraban otro baile que llamaban “el entierro de la sardina” (creo que era una costumbre que vino de España).    Pero todo esto ya es historia. . .

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
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Hermosillo, Sonora, México.


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