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Los Aboneros Hermosillo, Sonora
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
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Fue por allá, durante los años sesentas, cuando las calles de nuestra ciudad se vieron invadidas por una gran cantidad de sudorosos vendedores de a pié, bicicleteros, motociclistas y trocas cargadas con un sinfín de cacharros, muebles y utensilios de cocina, mangueras, vajillas y recipientes de plástico que ofrecían a toda ama de casa que se atravesara en su diario deambular por las diferentes colonias que formaban en aquel entonces nuestra polvorienta y chamagosa ciudad. Nació una nueva fuente de empleos, los aboneros modalidad llegada del sur del país y que rápidamente prendió en nuestro medio. Recorrían la ciudad y la cubrían de artículos en abonos muy cómodos, con más del 200% de utilidad pero con abonos semanales muy fáciles. Te vendían casi a palabra, mangueras, sartenes, cubiertos, vasos de plástico en forma de una naranjita o de una piñita, baterías de peltre para la cocina, percheros, roperos, radios, televisiones blanco y negro, cuadros, sillas, mesas e infinidad de artículos necesarios en el hogar, los que solo se podían adquirir a base de la consabida tarjeta y en abonos; con el enganche se pagaba la comisión del vendedor y después solo a recoger semanalmente y pura ganancia. Cada abonero conseguía línea de crédito en algún negocio de mayoreo y a su vez semanalmente, acudían a pagar manteniendo la cuenta activa; contrataban a una nube de vendedores que peinaban sistemáticamente los barrios e invasiones de la ciudad, también a un ejército de cobradores que dividían por zonas y que se encargaban de cobrar con base en las tarjetas, supervisores de cobranza e investigadores de crédito que recababan datos del cliente, en fin una organización muy definida dentro del pequeño negocio que en la mayoría de los casos no pagaban impuestos, ni seguro social. Esta modalidad de comercio en mucho vino a beneficiar al populacho, que pronto le vio los beneficios al negocio, los supervisores, vendedores y cobradores iniciaron un negocio por su cuenta; algunos ufanamente comentaban “pues, yo, ya tengo mis 200 tarjetas”, “tengo una carterita que pronto me independizará”, y así sucedía, proliferaron los “Aboneros”, provenientes todos de aquella escuela que fundaron: Florentino Miramontes Cano, Jesús Soots Hernández , Rudecindo Pérez, Nicolás Contreras Cortez, David Valenzuela, Mario Fonseca, Pascual Razo, Isabel García, Saturnino García, Rogelio, Jesús, y Rubén Salazar, y una cantidad enorme de gentes que se dedicaron con mucho éxito a este negocio, un negocio que significó un tanque de oxigeno para el desempleo de esos tiempos, para mucha raza que recién llegaba de los pueblos en busca de un trabajo que les resolviera la precaria situación económica y para los jóvenes que por alguna circunstancia desertaban de las diferentes escuelas. Recuerdo que algunos de estos emprendedores empresarios, llevaban a cabo incursiones al centro y sur de la República en busca de mercancía novedosa que acaparara la atención de la clientela, posteriormente comercializaban en la ciudad y se dio el caso de que algunos de ellos solicitaban al proveedor les surtiera “un vagón del ferrocarril de baterías de peltre”, mercancía que pedían se les bajara en algunas plazas del estado de Sonora y Sinaloa en donde tenían gente trabajando. Quizá algunos de ustedes recordaran que era muy común encontrar en las diferentes viviendas de la periferia y también de los barrios de la ciudad, artículos de uso común como los utensilios de cocina, vasos, percheros, cuadros de santos, paisajes y flores, sartenes, vasijas, ollas de peltre azules goteadas de blanco o blancas goteadas de azul, que adornaban, servían y formaban parte del mobiliario de las casas. Sin duda que este tipo de comercio floreció en una época de desarrollo en que aún la tecnología no nos alcanzaba. Tecnología que poco a poco penetró en todos los ramos y así nos encontramos con que los negocios que dominaban el mercado, por ejemplo las ferreterías, tuvieron que modernizarse y hacer los cambios necesarios, después de manejar diferentes artículos en un solo negocio, optaron por especializarse y nacieron los expendios exclusivos de pinturas, negocios dedicados solo a la venta de herramientas, de plomería, a los expendios de material de construcción, etc., lo que vino a dar un giro de 90° grados a ciertas actividades, haciendo que el comercio en general se diversificara. Todavía se escucha en algunos barrios, el rugir de los motores de las motocicletas de los cobradores que a diario recorren las polvorientas calles de nuestra ciudad, armando la escandalera combinada con los ladridos de los perros molestos por el infernal ruido de las motos que con su maletín repleto de tarjetas en las que apuntan los abonos del cliente cumplen con una labor que significa un sub-empleo que tarde que temprano los convertirá en Aboneros. Al cabo de un tiempo razonable de 6 meses o un año, ya tienen una cartera propia y se independizan y al rato ya abordan un modesto pick-up, repleto de chácharas y vendedores que distribuyen en una zona determinada y que a diario van cambiando en una labor de peinado del rumbo en que venden su mercancía. Cuando la Junta de Agua llevó a cabo la extensión de la tubería y drenaje para la distribución del agua, los Aboneros, rápido echaron a trabajar su mercadotecnia y adquirieron rollos y rollos de manguera, terminales metálicas para conectar a la tubería y fabricaron mangueras de 10 y 15 metros que se vendieron como pan calientito. Todo lo anterior significó una magnifica e inagotable fuente de empleos, gracias a la iniciativa de gentes con mucha idea de lo que es la subsistencia diaria, obteniendo muy buenos ingresos y dando de comer a infinidad de familias que vivieron gracias al "abono" y que además contribuyeron al bienestar de las clases menos favorecidas. Todavía andan por allí, recipientes en forma de naranja y picheles en forma de piñas que inundaron las cocinas y comedores de barrios completos; en casi todas las casas existían estos útiles recipientes, así como “colitas”, ollas, cucharas, bandejas y sartenes de peltre y que se utilizaban en el diario trajinar de la cocina. Épocas traen épocas, el negocio del abono no ha desaparecido, aun se ven por esas calles de Dios, bandadas de vendedores que cargan desde sabanas, cobijas, almohadas así como cacerolas eléctricas, mesas, sillas, ofreciéndolas casa por casa y que dejan mediante el pago de un económico enganche y en abonos fáciles, con solo la palabra y el número del teléfono. Seguido veo camiones repletos de muebles traídos de diferentes partes del país, sobre todo con sillones de cuero y equipales de Mocorito y Escuinapa. Deseo con todo respeto rendir un homenaje a esos infatigables comerciantes que forjaron la comodidad de muchas familias y encontraron un filón que explotaron hasta que la modernidad los rebaso, pero dejando un recuerdo imborrables y muchos ciudadanos útiles a la patria. Gracias
Fronteras y 5 de febrero 139, |