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Lo que hacíamos antes Hermosillo, Sonora, México |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
Escuchar música a través de la radio, festejar los días onomásticos y cumpleaños con la refrescante y muy sabrosa cerveza High Life de barril, lonches de pan virginia y paté de carne, envueltos en una servilleta y sujetos con un picadientes, servidos en una zafata de lámina con propaganda de la cervecería, abrir con los dientes y saborear las soditas de la Imperial o de la Pureza; por las tardes-noches, sentarse a la orilla de la banqueta, por fuerita de las casas, a platicar y refrescarse un poco; acudir al Mercado Municipal para comprar los comestibles de consumo diario, mas por costumbre que por necesidad, dormir la siesta; no faltar a la botana del medio día. Escuchar con reverencia los sermones de Semana Santa del Sr. Obispo Don Juan Navarrete; guardar la Cuaresma no escuchando música y en el más completo silencio en señal de duelo. Reunirse por las tardes en el Jardín Juárez en las refresquerías, principalmente en “El Limoncito” de Don Isidoro Angulo y pacientemente esperar la llegada del tren, que en punto de las nueve se anunciaba por allá en el oriente por los rumbos del Ranchito; Pasar el tiempo escuchando las alegres notas del Mariachi “los Alacranes”, las melancólicas guitarras bohemias del “Negro Loyola”, “El Jabalí”, “El Güero Chiripas”, “El Zongongo”, “El Chino Chong”, ”Los Hermanos Díaz”, etc. Saborear un rico menudo, unas gorditas, unos taquitos dorados allá con “La Chagua” o en “Las Mesitas”; disfrutar tres películas al aire libre en el “Cine Lirico” o aprovechar los martes de la cacharpa; a la salida del cine comprar “fruta de horno” allí con “Los Ramones” de Ramón y la Ramona Preciado, pasando el puentecito sobre el canal de la Estación del Ferrocarril. El domingo disfrutar de un buen juego de pelota en el Estadio de la Casa del Pueblo, en el campo Morelos de las Pilas, en la Curva o en el campito de la Escuela Heriberto Aja; hacer el viaje obligado a las pitahayas muy tempranito debidamente equipado con baldes y carrizos; echarse un clavado en el Guamuchilón de la Sauceda, saborear las sabrosas coyotas de Villa de Seris, gozar de las fiestas de San Juan en el Palo Verde, hacer el consabido paseo en carro de sitio (gratis), acompañando por última vez a los vecinos que emprendían el viaje sin retorno; estrenar camisa, pantalón o zapatos para presentarse a los exámenes finales en la Primaria. Hacer cola en el cine para entrar al matinée; volar papalotes en el cerrito del Coloso; jugar frontón, bañarse en la alberca de la Casa del Pueblo; saborear los tacos de Marcelino, de Coronel y los root beer de Madero, el café de la Elvira y los platanitos pasados de enfrente de la estación del ferrocarril (un cartuchón por 10 centavos) Leer de gorra en Librolandia, rentar cuentos en “Los Pinos”, de la Calle Sonora y Guerrero; cumplir el servicio militar obligatorio. Las travesuras en las madrugadas, camino al Cuartel, beberse la leche con pan de dulce, asaltando los litros y los canastos que permanecían afuera de los changarritos que todavía no abrían. Aguantar las regañadas del mayor Cervantes; los arrestos, todo el domingo, las corretizas cuando la sirena señalaba las nueve de la noche; trampear trenes, juntar piedras de grafito junto a las vías del ferrocarril, para escribir en las banquetas y paredes; reunir plomitos en la Cementera, para usarlos en los “hules”; hacer tirabichis de carrizos para guerrear con taquitos de las palmeras; tumbar dátiles a pedradas en el parque madero; comer manzanitas en el cerco de la “Uni” o de la Colonia Pitic. Ver los juegos encaramados en los pinos por fuera de “La Casa del Pueblo”, esperar los “faules”, entregar las pelotas al “Chapo” Palomera, para entrar al juego gratis, ir a Serdanear por la tarde; tarzanear en los arboles tratando de imitar el grito de tarzán; identificarse a base de chiflidos con la raza del barrio, en las noches o en el cine; colarse sin pagar al Cine Arena a las funciones de box o de lucha libre y salir imitando el popular “achaaa” que emitían los luchadores; hacer polainas con los envases de cartón de la avena; con cordel y envases de espaura o levadura fabricar, telefonitos, ponerse botes de lámina de la leche o de la cerveza entre el tacón y la suela de los zapatos y caminar haciendo mucho ruido; fabricar con botecitos de lamina, baleros. Rodar una llanta con la mano, imitando el ruido de un carro; dar vueltas y vueltas dentro de una llanta, rodar un aro metálico, con un alambre grueso; jugar a los trompos, canicas y al gato palo; andar con el pantalón arremangado de una pierna y descalzos; hacer y ponerse una boina con la copa de un sombrero de fieltro viejo, con piquitos alrededor; colectar y comer chúcata en los mezquites; comer naranjas agrias; vender soditas en los bailes; dar bola y vender el periódico; caminar en zorrillo (de manos ), pedir pilón en las tiendas; cazar con hules, cachoras, chananitas, poroguis, guicos, tortolitas; fabricar zancos y andar en ellos con una gran destreza, traer el cuaderno enrollado en la bolsa trasera del pantalón. Lucir una mochila de mezclilla que nos hacía en la máquina de coser la mamá o la abuela, luciendo por supuesto con letras bordadas en rojo el nombre del orgulloso propietario que a los dos meses ya la traía toda charrapastrosa y descocida; usar lápiz de tinta y mojarlo con la lengua, pedir navaja para sacarle punta al lápiz, recorriendo fila por fila del salón de clases, al tenor de “navaja, navaja, navaja” y la consabida respuesta “trabaja, trabaja”; mancharse de tinta; huirse o hacerse “la pinta” de la escuela; hacerle burla al consentido del profe o la profe. Correr al hacer los mandados golpeándose con la mano haciendo el ruido característico de una cabalgadura; comprar de menos en el changarro para cambiarlos por dulces o chicles. Llenar los álbum de cartitas y el clásico intercambio checando las del amigo al ritmo de “ya, ya, ya, ya, no, ¡esa no¡, te la cambio”; amagar diciendo: “vas a ver con mi hermano” o el clásico: “te espero a la salida”; hacer enojar al que tenia hermanas, llamándole “cuñado”; jugar a las “fichitas” bateándolas con un palo de escoba; espinarse en los tobozales; bajar guamúchiles con un carrizo largo y en el extremo un gancho de alambre en donde se prendían las roscas maduras; pelar semillitas del guamúchil, pero nada mas hasta la pielecita café clara, brincar cercos sin encajarse las púas del alambre; juntar “péchitas” en los mezquitales, sabrosamente masticarlas, tirando el bagazo; pagar 0.20 ctvs. por ver la tele en la junta vecinal; acarrear agua en botes mantequeros con palanca desde la llave pública o la cigüeña del barrio; jalarle las orejas al que estrenaba algo, sobre todo: zapatos; hacer galletas con las mangas de las camisas o de los pantalones a los que se descuidaban por estar bañándose en las albercas de la Cruz Gálvez, Casa del Pueblo o en las aguas del canal de la Sauceda y el guamuchilón; presumir “livais” americanos, soltar los cuernos de la bici; tomar sodas, haciéndoles una perforación en la ficha o echándoles una piedrita para que subiera el gas, ponerse los guantes de box, para pegarle al que mas gordo nos caía disimulando el coraje; saber hacer: barcos y aviones con una hoja de papel, voltearse los parpados de los ojos. Hacerle “arrebatinga” de catotas a los chamacos más chicos, procurar que no te vieran jugando a los “trastecitos”, a las “muñecas”, saltando la cuerda, a “la bebeleche” y menos al “papá y a la mamá” con las niñas, porque... olvídate; saber prender y jugar en las manos con los “saltapericos”, dormir en catres al aire libre, tumbar murciélagos con un carrizo y hacerlos fumar, escuchar con ojos saltados los cuentos de entierros y espantos de nuestros abuelos(as); masticar chapopote como chicle, andar todo el día sin camisa, por supuesto que en tiempo de calor, escuchar aquellas inolvidables serenatas con el canto o croar de las ranas y sapos después de la lluvia tempranera y ya que volvía la luz que con solo un relámpago se suspendía; meter y sacar los tendidos en las noches de tempestad; jugar al ranchito con vaquitas de palo de pitahaya, llenar las bolsas de papel con aire y tronarlas; coleccionar cajitas de fósforos con estampas diferentes; En fin, un montón de cosas que formaban parte de las costumbres y diversiones de la juventud y los viejos habitantes de este Hermosillo tan nuestro, costumbres que poco a poco han ido desapareciendo, pero que estoy seguro de que en algunas localidades de nuestro Estado, también fueron el pan nuestro de cada día, pero que en la actualidad el ritmo de la vida y el entorno nos han hecho cambiar en la forma de ser. Difícilmente se pueden recordar todos los detalles y costumbres de nuestra gente, pero seguramente usted, también, en alguna ocasión tomo parte en las actividades mencionadas o recuerda aquellos viejos tiempos.
G r a c i a s
Fernando Andrade Domínguez
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