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Las tarjetas de Navidad Hermosillo, Sonora
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| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | 28 de Diciembre de 2010 |
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Saboreando, sorbo a sorbo una taza de café, mi esposa y este servidor, cómodamente sentados en la calidez del hogar, plenos de tranquilidad y rebozando confianza en el futuro, saboreábamos también la exquisita fragancia que nos proporciona el grato olor que exhuma de los recuerdos, los buenos y los malos, que mañosamente, como seleccionando en un cernidor dejamos que se queden en la parte de arriba tomando solo los que representaron los mejores momentos y situaciones que nos dieron la cuerda suficiente para poder alcanzar los casi cincuenta años que decidimos emprender la muy manoseada aventura de recorrer el resto de nuestras vidas aferrados al cariño de una compañera(o) y aderezados por los frutos de un amor que en mi caso, produjo hijos de los que estoy sumamente orgulloso al igual que mi compañera. Entre otras muchas cosas, aprovechando los minutos que nos privan de su presencia nuestros hijos y nietos, que al poco paso del tiempo significan un verdadero sacrificio al no contar con su presencia física y que después de quince minutos ya estamos extrañando en grado extremo su ausencia, recordábamos cosas triviales y sencillas y que nos llenaron de un calor muy sabroso y que en su momento, pasaron desapercibidos dándolos como muy naturales, aquellos detalles que significaron momentos muy importantes y que poco a poco fueron cayendo en el recóndito y obscuro rinconcito de nuestra memoria. Recordábamos con especial cariño los días de Navidad y Año Nuevo, cuando todavía teníamos a nuestros padres, que nos legaron costumbres ancestrales, la Misa de Gallo, Cantar Gloria y dar gracias. Costumbres que nos hemos encargado de transmitir a nuestros descendientes a través de aprenderse el catecismo, hacer la Primera Comunión, asistir a misa todos los domingos, confesarse y conceder a la iglesia los diezmos. Ellos también a su vez los han transmitido a sus hijos, continuando una cadena que ojala no tenga final, por secula secolorum. Los días de menudo con chiltepines, los tamalitos y el pavo cocinados al fuego de un buen leño y al aire libre, los sabrosos buñuelos con miel de panocha y amanecerse hasta ver la luz de un nuevo día. Ver el luminoso rostro de nuestros hijos, eufóricos, alegres, risueños e incansables en su trajinar estrenando los juguetes que les trajo Santaclos, tratando de engullir de un solo bocado todos esos momentos que solo por cinco o seis años van a gozar, después llega la adolescencia y otros sueños reemplazaran los efervescentes sueños de sus infantiles e infatigables mentes. Jamás cambiaríamos la alegría que nos proporcionaban nuestros hijos y nietos al descubrir en el arbolito de Navidad todos los envoltorios que cubrían las metas de sus infantiles deseos, todo aquello que culminaba después de tantas amenazas de “no te va traer nada Santoclos, te está viendo que te portas mal” todo olvidado y a gozar. Después de ajetreados días de preparación de la cena de navidad, los regalos y la convivencia familiar, dejaban de ser preocupación para dar paso a la celebración y a la amena y cordial convivencia con la familia. Caras de alegría y de innumerables fotos, de estrenos de ropa, de intercambiar regalos y por supuesto desearnos felicidad en lo futuro. Días con huellas indelebles y que posiblemente signifiquen algo más que la alegría de vivir y de guardar en nuestro disco duro, impresos para siempre, todo lo que en su momento significa el valor de una familia. Días con significado especial y que nos hacen recordar, irremediablemente nuestros días infantiles, aquellos que nos hacen pensar que todos los que afirman que los tiempos pasados fueron mejores, están en un error, son sabrosamente recordados pero jamás fueron mejores. A la distancia analizamos las circunstancias que mediaron en nuestra reciente juventud y nos damos cuenta de que los tiempos pasados no fueron mejores, lo que pasa es que a través del tiempo tendemos a eliminar todo lo malo y recordar solo lo bueno y muy magnificado. Apenas se obscurecía y ya nuestros padres nos estaban arengando para que nos acostáramos so pena de que Santoclos nos iba a encontrar despiertos y se iba a ir de paso sin dejarnos los regalos que nos traían. Aquellos regalos que nos amanecían: una bolsa de papel de estraza con dos naranjas, tres cañutos de caña, 18 cacahuates, 15 tejocotes, diez galletas embetunadas, 20 galletas de animalitos y un puño de dulces corrientes y san camaleón, al menos en mi caso eso es lo que nos traía Santa. Al día siguiente a sentarnos en el solecito, mirando y admirando los juguetes que Santa les había traído a nuestros vecinos con mayor poder adquisitivo, bicicletas de dos ruedas, con timbre, canasta y parrilla, pelotas Spolding, guantes de beis Seyer, bats Louisville y a veces hasta careta para cátcher y manopla de primera base. Al empezar la mañana no nos dejaban ni tocar sus juguetes pero después de un buen rato de jugar, el cansancio y el sol los hacía sentarse a la inversa a vernos jugar que por lo general éramos mas diestros en el manejo de la bici, los guantes y sabíamos batear por lo que los que realmente gozaban de sus juguetes éramos nosotros. Que yo recuerde jamás hubo envidias, ni diferencias de clases sociales, convivíamos los muy pobres, los pobres, los menos pobres y los hijos de ricos, sin distinción de clases, todos revueltos donde se mezclaban los finos olores del jabón de tocador con los sudores acumulados y otros nada gratos como el jugo de riñón muy usual en los niños de mi época. Todo en cascada acude a mi memoria y algo que no olvido es que para alargar el no muy elástico sueldo, los jóvenes de los cincuentas, nos dedicábamos en los días de Navidad y Año Nuevo a vender Tarjetas de Navidad con la clásica leyenda de: “FERNANDO ANDRADE DOMÍNGUEZ, desea a Ud. y a los Suyos una FELIZ NAVIDAD Y UN PRÓSPERO AÑO DE 1955”. Hermosillo, Son., Diciembre de 1955. Orgullo que exhibíamos en los arbolitos de Sanjuanino que adornábamos para esas fechas el tener colgadas del mismo las tarjetas de navidad que nos habían llegado y poder presumir de la cantidad de amigos y negocios que nos felicitaban. Buen negocio para correos, imprentas, y sobre todo derrama de comisiones entre los vendedores promotores de la famosas Tarjetas de Navidad, llenas de motivos navideños, esferitas, arbolitos, angelitos y casas nevadas que jamás vimos en vivo y a todo color, solo en postales y revistas. Ahora las Tarjetas de Navidad, ya no se usan dejaron de ser portadoras de buenos deseos, decorativas y por supuesto, orgullo para el que las recibía, cuando las enseño a mis hijos o nietos son motivo de escéptica sonrisas o de plano la burla cruel y descarnada por lo “románticos” que fuimos pero era otra generación y con permiso pero deveras que todo esto nos proporcionaba enormes satisfacciones que nos hacían sentirnos la ultima barra de hielo en el mes de Agosto en Hermosillo. Deseándoles un feliz futuro y que sus deseos se vean colmados de realizaciones me es muy grato desearles a todos y a todas, chiquillos y chiquillas, un Feliz y Prospero Año Nuevo 1956, perdón 2011. Gracias
Fronteras y 5 de febrero 139, |