Fernando Andrade Domínguez Marzo de 2011

La callecitas de mi barrio, perfumadas con olor a tierra húmeda, derechuecas y desnudas de pavimento, aquellas que alguna vez hicieron comunión con las infantiles plantas de mis pies, dándoles el toque mágico del polvo, el agua y el zoquete.

Las callecitas de mi barrio, todas ellas plenas de hospitalidad, todas ellas tan nuestras y tan de todos, lugar de reunión de mis amigos, campo de juegos de aquellos niños que al paso del tiempo, ignorantes de nuestra condición de pobres, navegamos en el proceloso mar de la vida, sin preocuparnos jamás por nuestro futuro, ignorantes del significado de esa palabra. ¡Ah! mi barrio inolvidable, tan bien recordado y tan mío, donde yo gocé de mi niñez, la más hermosa y bella etapa de mi vida, el oasis de nuestras vidas.

BARRIO DE LA CRUZ GALVEZ

La mejor obra benéfica que un gobernante nos haya regalado, la Escuela para niños huérfanos de la Revolución, el Internado Coronel J. Cruz Gálvez, originó que a su alrededor se formara un núcleo poblacional en donde mis padres hicieron el hogar que nos cobijó durante nuestra niñez, deambulando al encuentro de nuestro destino, allí vimos transcurrir el tránsito a paso lento y despreocupado de niños a jóvenes.

Acuden a mi memoria las imborrables estampas de mi barrio y es un relámpago que me inunda con su luz y presencia, brotan las escenas cual video, en blanco y negro, o a color, como sea, son hermosas y el tiempo transcurre sin que me dé cuenta.

Son las cinco de la tarde y ya se esparce por todo el barrio el inconfundible olor a pan recién horneado; Don Leopoldo ya está sacando las láminas del horno conteniendo el sabroso fruto del trigo: pan birote, virginia, el blanco y la sabrosa “frutadehorno” o pan de dulce. Sus hijas Raquel, Artemisa y Lucia supervisadas por doña María, abren las puertas de la Panadería “La Flor y Nata” y diligentes  disponen el producto sobre los anaqueles para su despacho al público.

Como si fuera una campana llamando a los deberes religiosos, el olor del pan recién horneado reunía a la mayoría de los habitantes del barrio que se acostumbró al sabor del pan a pesar del gusto enorme por las tortillotas de harina de agua, en aquellas  tardes en que a más tardar a las 5 en punto se disponían a cenar, costumbre inveterada y originada por que en la mayoría de los hogares de mi barrio, el jefe de la familia trabajaba de 6 de la mañana hasta las 4 de la tarde, todos ellos obreros y honrados empleados que habían hecho la costumbre de cenar a esa hora y por supuesto acostarse a descansar a temprana hora; todo eso, originado tal vez por la falta de energía eléctrica, tiempos en que la Comisión Federal de Electricidad no nos daba “toques” con sus elevadísimos cobros con recibos reclamando el pago o de lo contrario proceder al corte  inminente e inmisericorde.

Cada día, muy temprano, casi obscuro se veían deambular por aquellas callecitas a las madres de familia del barrio sorteando matorrales, charcos y perros callejeros, arrastrando la chancla de mezclilla y mordiendo el imprescindible rebozo, con rumbo a la tienda. Un  kilo de frijol, .50 centavos de manteca vegetal, unas bolsitas de café, un litro de leche bronca y .30 centavos de azúcar para el desayuno significaban la provisión para iniciar la faena diaria y presto Don Odón Rodríguez y Doña Trini, los de la esquina de Panteón y Novena, la conocida tienda de abarrotes en general “Ciudad de Zacatecas”, uno de los mejores changarros del rumbo, daban surtimiento a los requerimientos de sus clientes que realmente eran más que clientes, amigos  y a veces hasta compadres.

El Barrio no era muy grande, en realidad existían limites mentales para delinear el lugar: de la Calle Nuevo León al sur y la Calle Veracruz al norte colindando con el Internado Cruz Gálvez de donde tomó su nombre y de la Revolución a la Rayón fueron las fronteras no oficiales sino vecinales.

Al poco tiempo allá por 1945 tuvimos la enorme fortuna de que la Fábrica de Hilados y Tejidos Textiles Sonora (MPM), se estableciera en los límites del barrio y esto vino a dar un giro de más de 90 grados al desarrollo económico de mi barrio, aunado a la llegada del Pbro. Hermenegildo Rangel Lugo al servicio de la comunidad por medio del Templo del Sagrado Corazón que con un muy buen tino el Sr. Obispo Don Juan Navarrete y Guerrero posteriormente, nombró Parroquia y que en la actualidad  estamos celebrando más de 60 años de tal suceso. Como colofón a estos acontecimientos, también nos llegaron las promociones de box y lucha de Don Oscar “El Chapo Romo” que en el Cine Arena, abrió un espacio para la juventud que encauzó sus energías  por medio del box y la lucha libre.

¡Ah! aquellas mis callecitas humildes que nos vieron crecer, que fueron testigos  mudos de nuestros juegos, que sintieron las pisadas de los infantiles pies descalzos de todos aquellos niños que despreocupados, corríamos y corríamos y que despertábamos cada día,  sin más meta que gozar el momento, de compartir con los amigos las travesuras y juegos que solo en las mentes de los niños germinan, gozando el fruto de los inapreciables e irrepetibles días de la infancia, de todo aquello que nos hace soñar con un cargamento de melancolía los momentos pasados.

El diario trajinar de mañana y tarde con rumbo a nuestra querida Escuela Prof. Heriberto Aja, cargando el cuaderno enrollado en la bolsa trasera del pantalón y el infaltable lápiz de tinta que nos teñía los labios de color morado. Por lo general, corriendo, jugándole carreras a la campana de la Escuela, todavía saboreando la última mordida del burro de frijoles que presurosos tomamos de la mesa.

Que hermosos y bellos cuadros que los artistas del lienzo, los artífices de la fotografía han sabido captar y dejar imágenes imperecederas que con el paso del tiempo hemos contemplado sin poder identificar el lugar, cuando fueron refugio de todas las inquietudes de aquellas huestes traviesas ávidas de diversión, ignorantes del bien y del mal, suavemente niños y enérgicamente hombres, templando carácter, sin saber  que solo el tiempo se encargaría de poner a cada quien en su lugar. Al evocar esos momentos no puedo evitar que caritas sonrientes vengan a la pantalla de mi memoria y a veces con enorme tristeza veo reflejadas las tristes de todos aquellos que ya están juzgados por el Gran Jefe.

No me explico por qué razón recuerdo caritas sonrientes de todos mis compañeros que aun viven y caritas tristes de los que ya se fueron, inexplicable; así como cuando recuerdo las caras de mis maestros, difícilmente viene a mi memoria el rostro del algún maestro con el rostro adusto, por lo general los rememoro siempre con una leve y triste sonrisa, será que a la distancia reflejan la angustia, ignorantes del futuro de todas aquellas parvadas de chamacos chamagosos que como “chanates”, armaban un escándalo y algarabía que sin poderlo evitar así se me representan.

Todo mi barrio, poco a poco fue sucumbiendo en aras del progreso y con el paso del tiempo, se convirtió en parte integral del Barrio de la 5 de Mayo, que aglutinó a lugares como La Cañada de los Negros, parte del Mariachi, Country Club, Barrio de Textiles, Rinconada Nuevo León, etc., formando un enorme y muy identificado rumbo de nuestra ciudad, un rumbo que como todos los barrios de Hermosillo, tuvo su época en que significaba un lugar conflictivo en el que convergían muchas gentes originarias de otros lugares, sobre todo de los pueblos de la sierra que en busca de mejores aires invadieron las laderas de los cerritos circunvecinos.

Ha pasado el tiempo y con satisfacción veo que aquellos tremendos chamacos de mi época se han convertido en ejemplos a seguir, formaron  distinguidas familias, dignas, honradas y santuarios en donde la enseñanza se enseñoreó forjando hijos que seguro estoy, han formado una nueva generación, totalmente libres de la inoculación del veneno espantoso de la drogadicción y el alcoholismo, dos flagelos para los que todavía no existe freno, ni leyes ni nada que los detenga, solo el buen ejemplo y la integración de hogares en donde se practiquen a plenitud las buenas costumbres y el buen vivir.

Queda todavía mucho por recordar aquellas derechuecas callecitas de mi barrio, con subidas y bajadas, desnudas de pavimento pero exhalando el calor humano que ojala nunca nos falte.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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