La cocina, mi cocina, nuestra cocina


Fernando Andrade Domínguez El Pitic

¡Vamos¡, ¡Vamos¡, ¡levántense flojos que ya va a salir el sol, se va a hacer tarde y todavía no han comido las gallinas, no han partido leña y ni siquiera han acarreado el agua¡.

Todavía resuenan en mis oídos aquellas urgencias de mi abuela y mi madre apurándonos para que el día, copia fiel uno del otro, lo iniciara con las obligaciones no escritas pero eso sí,  muy bien pactadas: a ti te toca partir leña los lunes, miércoles, viernes y domingo y a ti acarrear agua esos días, la siguiente semana se cambian tú te me vas al agua y tú a partir leña, una letanía que nos sabíamos al dedillo pero que nos hacíamos patos y como que las olvidábamos.

Pienso que por eso me gusta mucho escuchar el poema de la “guaja”, de alguna forma la relaciono y me trae recuerdos de los días de ayer.

Después de cumplir con todas las tareas domésticas, concentrarnos en nuestro cuartel general: La Cocina de la Casa Paterna, ¡Ah¡ que agradable lugar, hasta siento  el olor del café con leche y las tortillas recalentadas en las brasas.

Pasan y pasan los años y de mi casa durante la infancia, solo recuerdo muy nítidamente la cocina, lugar de reunión diaria, a mañana, tarde y noche, para hacer las tareas, discutir las cosas diarias, recibir regaños, escuchar los cuentos de espantos y entierros del abuelo, que se repetían y repetían y sin embargo siempre nos causaban miedo.

En ese lugar aparte de que compartimos la tortilla de harina y la sal, allí se reunía toda la familia, la parentela y los amigos, se fraternizaba, se tomaban decisiones, se planeaba, en fin se convertía en el lugar más importante y estratégico de la casa para celebrar, reír, o simplemente platicar alrededor de una fresca horchata, cebada, pamita o un café bien cargado para la insolación, un platito con riquísimo arroz con leche y pasas o un champurro calientito en tiempo de frio.

¡Ah¡ mi rincón favorito, la cocina de mi casa paterna, la estufa de leña,  el estrado que ocupaban la esquina más importante, templo sagrado,  libre de manos profanas y de uso único y exclusivo de mi madre y mi abuela. En el estrado se asaba la carne, se doraban las tortillitas “de manteca”, se colocaban las ollas grandes para el cocido, el pozol, los frijoles o el menudo.

Atrás de la estufa, el hueco por donde se le daba salida al humo que producía la combustión de la leña, por medio de tubos cilíndricos de lamina galvanizada unidos, formando un tiro natural; una mesa cubierta con un mantel de hule con escandalosos estampados de frutas, verduras o utensilios de cocina, con un fondo de colores muy vivos, un rojo intenso o un verde bandera que en los días de fiesta se cambiaba por un mantel de algodón con dibujos de cuadros rojos, verdes o cafés, pero siempre a cuadros. Para los días muy especiales la humilde mesa se cubría con el mantel hermosamente calado que las manos expertas de la abuela, pacientemente y con mucha maestría elaboraba todas las tardes, hasta que lo terminaba lo lavaba, lo planchaba y lo guardaba cuidadosamente para estos eventos.

En el centro de la mesa, sin faltar el vasito de vidrio o una lata vacía de leche o conserva que servía de contenedor para los cuchillos, tenedores y cucharas de peltre, a su lado el botecito con la sal gruesa, la azucarera de peltre con azúcar granulada o de  cubitos, el frasquito de los chiltepines y el obligado pichel con agua y el vaso.

El material más usado en esos tiempos para los cubiertos de mesa, los utensilios de cocina metálicos, fue el peltre. Las cucharas cafeceras, soperas, las de cocinar, platos, ollas, sartenes, vasos con asa, azucareras, calentaderas, colitas,  cafetera y las tazas para el café que conservaban muy bien lo caliente, todos estos recipientes estaban fabricados con peltre; a veces (casi siempre) desportillados, en colores: blanco, azul claro, azul fuerte, verde, negro a veces pecositos, es decir con pringas de color blanco u obscuro sobre el fondo. En la mayoría de los casos estos cacharros por el paso del tiempo y el uso natural, lucían unas heridas muy visibles, desmolachaduras, dobleces, cicatrices ganadas del trayecto de la mesa al piso o en la bandeja  usada para lavarlos.

El trastero, por supuesto que el trastero ocupaba la parte primordial del laboratorio en que las mujeres de la casa tenían sentados sus reales, majestuosas y orgullosas de su cocina. Un trastero, a veces de madera, a veces de lamina, con sus tres divisiones: la parte de abajo para los sartenes, ollas, colitas y cucharones, que por más que los hervían y tallaban con ceniza y estropajo, conservaban las manchas que les ocasionaba el estar expuestos a la lumbre directa del leño y de las brazas, casi siempre estaban tiznados.

En la parte de en medio, cajones para las cucharas, cuchillos y tenedores, por lo general piezas de juegos de cubiertos incompletos; el colador, la piedrita de amolar, la chaira, los cuchillos grandes de corte de carne y verduras, el colador, el destapador y el abrelatas.

La parte superior estaba destinada para los vasos de vidrio, la loza fina, las vajillas de lucimiento en fechas especiales, soperas, copas, jarrones para la fruta y charolas de cristal.

Muy importante el armario para la carne: una cajita de alambre mosquitero con puertitas corredizas que en la parte superior por dentro tenían: ganchos y  garabatos que servían para colgar la carne y no dejarla al alcance de perros, gatos o alimañas de dos patas. Esta cajita estaba sentada sobre patas altas montadas sobre latitas de lamina, envases desocupados de sardinas ovaladas que se llenaban de agua o de creso para que los insectos no se subieran a dar cuenta de la carne, chorizo, o queso, que siempre se mantenían frescos y ventilados por todos los costados alargando su vida útil.

Una mesita en la esquina, mesita tosca,  pero muy fuerte en donde se instalaba el molino que servía para moler desde el café, la carne, granos, nixtamal, chile colorado, especies y  que después de usarse, significaba una lata para nosotros los chavalos que teníamos que lavarlo perfectamente y dejarlos listos, sin olores, para usarse en otro producto. Debajo de la mesita citada se colocaba el comal de barro para las tortillas, la piedra para machacar o martajar,  el metateel molcajete que después de mucho uso iban quedando lisitos por lo que era necesario llevarlo a picar con algún artesano.

No faltaba un cajete para tostar el café y su cacariza cuchara, el cazo de cobre, que lo mismo servía para hacer chicharrones que para cocer el dulce o la cajeta de los frutos de la estación.

La batea, bandeja grande para amasar, una bandeja de madera de una sola pieza que no debía tener rajaduras para que no escaparan los líquidos.

Nuestra cocina no tenía la menor semejanza con las cocinas actuales que a mí en lo particular me parecen salas quirúrgicas, limpias y olorosas a detergentes o desodorantes, deslumbrantes y fabricadas al gusto, dotadas de muebles de acero inoxidable, bien pintadas, muy frías, automáticas, silenciosas y desprovistas del calor humano y del sabrosito calor ambiental de la estufa de leña, ¡NO¡ definitivamente no se parecen.

Nuestras cocinas olían a fragancias exquisitas, derramaban el olor del café recién colado, a chorizo con huevo, a tortillas de harina, a hirviente chocolate, a frijolitos maniados y a mantequilla de rancho, a cariño maternal, a regaños tibios y sabios, a travesuras y pleitos de hermanos, olían a familia, a feliz inconciencia de la falta de recursos, a plenitud de la rebosante y hermosa convivencia de las familias de antaño, sin tanta prisa y con el único afán de sacar el día adelante.

Pocas fueron las demostraciones de cariño recibidas de parte de mi madre y sin embargo cada día que la recuerdo, con sus ojos admirablemente expresivos, que con solo una mirada me ordenaban, me sonreían, me llamaba la atención o me acariciaban, solo sus ojos bastaban para hacerme sentir él más afortunado o él mas desgraciado; no necesite más que eso: Sus ojos.

Fue un leve parpadeo, pero contemplar la cocina de  una casa de pueblo, de ranchería, bastó para que una oleada de recuerdos hermosos y vivencias exquisitas me invadieran borrando de tajo toda una vida transcurrida, como si el tiempo se hubiese detenido para gritarme, para recordarme todo lo que significo la cocina de mi casa, mis seres queridos pero sobre todo sacarme un momentito de este presente que vivimos tan deprisa y atropellándonos unos a los otros.

Por supuesto que esas cocinas todavía existen, allí están en cada pueblo, en cada colonia, en cada barrio, en cada invasión, siguen siendo el eje sobre el que gira la reunión familiar y el lugar donde se compone y descompone el mundo y en donde los hombres y las mujeres del mañana están labrando su porvenir sobre la humilde mesa, haciendo la tarea de la escuela.

Gracias.

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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