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Industria hojalatera en Hermosillo POR: JESÚS VERDUGO ESCOBOZA |
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| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
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Introducción No se sabe la fecha exacta de la aparición de la hojalata en México, existen suficientes evidencias de su presencia desde cuando menos a mediados del siglo XVIII. La hojalata que se usaba en México en los siglos XVIII y XIX era importada a través de España, proveniente de Inglaterra, Alemania o Francia. Por ejemplo, la hojalata entre los años 1717 y 1776 se embarcaba en el Puerto de Veracruz, vía el Puerto de Cádiz. A fines del siglo XIX se inicia el auge de las fábricas de hojalata en Estados Unidos, por lo que se abrieron para México nuevas y más cercanas fuentes de abastecimiento. Los múltiplos usos de hojalata se deben a ciertas ventajas: su ligereza, resistencia y bajo costo, fácil de cortar, doblar y soldar (1). Hojalatería La industria de la hojalatería fue de mucha utilidad ya que permitía contar con ciertos artículos necesarios para el desarrollo de muchas actividades y dichos utensilios solo se podían adquirir en el extranjero o se tendrían que fabricar y, eran los hojalateros los que los fabricaban y surtían, ya que muchos de ellos eran de uso diario en el hogar, el comercio, en los abarrotes, en los talleres y en los ranchos. La materia prima que utilizaban era la lámina, misma que era importada vía el Puerto de Guaymas, proveniente de Estados Unidos. Antes de que se pudiera importar maquinaria para utilizar la tecnología. Todo el trabajo era artesanal y maravillaba el ingenio e inventiva de los “maestros”, para fabricar maquinas que veían en el catalogo. Muchas veces aplicaban las reglas de física con mayor creatividad que un académico.
Artículos de hojalata Como todo oficio, para facilitar el trabajo tenía su maquinaria especializada como era la engargoladora, que permitía unir dos piezas sin necesidad de soldadura, otra que permitía asentar los fondos de los baldes, otra para encerrar alambre, molduras, roladoras para curvar la lamina, parte de herramienta como los cautines, que eran de diferentes tamaños, un brasero algunas veces provisto de una pequeña fragua para calentar los cautines, materiales como la soldadura de plomo o, el acido muriático para limpiar la grasa y herramienta especial como martillos planos y de bola, tijeras para cortar lamina, pinzas, alicates, tenazas, punzones , y varios instrumentos más.Por información obtenida en la época de la segunda guerra mundial, algunas fábricas que utilizaban lámina en su producción tuvieron que dejar de operar porque toda estaba desinada a la industria bélica. Mientras eso pasaba, cuando alguna persona necesitaba algún producto de hojalatería, acudía a una de ellas, en las cuales, a manera de catálogo, tenían en las paredes, exhibición de los diferentes trastos que fabricaban. Por la importancia de esta industria, en la Escuela Coronel J. Cruz Gálvez, en la Escuela de Artes y Oficios, en su reglamento general de fecha 12 de Agosto de 1918, en el capitulo No. 6, señala que la duración del curso de hojalatería será de tres años, al instalarse la Escuela de Enseñanzas Especiales No. 26, la bien recordada y famosa Prevo, también contaba con clase de hojalatería, siendo por muchos años el maestro en los dos planteles el Señor Florencio Escoboza (mi tío). De ahí salieron muchos artesanos que se dedicaron y vivieron en ese oficio. Los jóvenes de hoy no conocieron este tipo de actividad, ya que con la aparición de los plásticos, las nuevas tecnologías y los nuevos materiales, ha venido a desaparecer el útil artífice de cuantas cosas que ya han desaparecido. Hablaremos de los talleres de hojalatería que existieron en la ciudad de Hermosillo, y que ahora los encargados de trabajar la lámina se llaman ducteros, pues ellos no aceptan ser hojalateros, aun cuando sea esta su única materia prima. Por pláticas de familia estoy enterado que a finales del siglo XIX y principios del XX, en una esquina frente al Colegio Sonora, estuvo instalada la Hojalatería del Señor Florencio Escoboza E. (mi abuelo materno). Para el año de 1930, existían los siguientes talleres de hojalatería: Uno propiedad de los Señores Florencio y Santiago Escoboza, situado en la calle Del Comercio (ahora Sufragio Efectivo) No. 31, el cual después se cambió a la Calle Morelos (hoy Insurgente Pedro Moreno), en el edificio derrumbado llamado “Casa de los Ojito” y de ahí mudó su taller a la calle Manuel González entre Morelia y Jalapa (hoy Doctor Noriega), después se lo llevó a su domicilio por la calle UU entre Tamaulipas y Veracruz donde termino el taller. El del Señor Enrique E. Escoboza situado en la calle Morelia esquina con Garmendia. Otro más, el del señor Eduardo “Ciclón” García, ubicado originalmente en la calle Yáñez, enseguida de la Escuela Prevocacional, entre esta y la Botica de Arvizu, casi frente al local que ocupaba Don Israel González con su periódico “El Pueblo”. Posteriormente estuvo situado en la calle Campeche, (hoy Plutarco Elías Calles) entre Garmendia y Yáñez, después cambió su taller por la misma calle entre la calle Guerrero, por la acera sur, casi al llegar a la calle Garmendia, posteriormente en los años cincuenta cambió su taller por la calle Garmendia en parte del edificio que fue del Banco Nacional de México, que actualmente ocupa la cantina “El Gran Taco”. Al fallecer el Señor García, su hijo siguió por un corto tiempo trabajando el taller hasta su clausura. Hay que señalar que el señor García era nativo de Mazatlán, Sinaloa, habiéndose dedicado en su juventud al boxeo, siendo bautizado con el mote de “Ciclón” en el ring. El señor Roberto Zambada tenia instalado u taller por la calle Jalapa, (hoy Dr. Noriega y calle García Morales, después se cambió a la calle García Morales entre Jalapa y Morelia, al fallecer el señor Zambada se acabço el taller. Por el mismo rumbo se encontraba el taller propiedad del señor Tomas Escoboza (tío segundo), ubicado en la calle Morelia en la acera sur de la cuadra entre las calles Garmendia y García Morales. En la Industria Hojalatera se fabricaban los siguientes objetos: Raspadores o ralladores de queso, coladores gruesos y finos, caramayolas o cantimploras, baldes de todos tamaños y sobre medida, desde pequeños para ir al changarro por manteca o mantequilla que en época de calor se derretía, botes de litro que se llevaban a sellar a la Dirección de Pesas y Medidas de la Secretaria de Industria y Comercio y se usaban por los lecheros y los changarreros, botes lecheros de 15 litros con tapadera, pequeñas tinas de varios tamaños, unas para amasar la harina, otros para bañar criaturas, regaderas para el jardín , canales para el desagüe de los techos, tubos para guardar documentos (latas) embudos para uso doméstico y para talleres, mecheros para petróleo, lámparas con pantalla reflejante (resplandor) para colgarse en la pared, moldes para pasteles, fruta de horno y galletas, conchas para balanzas, cucharones de diferentes tamaños que se utilizaban en los tendejones para echar azúcar, frijol, arroz a las bolsas y cartuchos, cajas con moldes para fabricar paletas y muchos más objetos que se escapan a mi memoria. Hoy en día quedan muy pocos hojalateros de la vieja guardia, como ejemplo esta el señor don Ramón Rentería que en 1940 trabajó en el taller del señor Eduardo (Ciclon) García y después en 1946 en el taller del señor Zambada, y ahora tiene su taller en la calle San Luis Potosí, casi esquina con Doctor Madrid, siendo su mayor actividad soldar tambos y arreglar "coolers". Así como este señor Rentería todavía quedan algunos hojalateros en la ciudad. G r a c i a s Nota: La imagen no corresponde al artículo original. Bibliografía Fronteras y 5 de febrero 139, |