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Hermosillo de película |
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| Recopilación: Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
La primera ocasión que tuve la suerte de asistir a una sala de cine, fue por allá a principios de la década de los cuarentas acompañando a mi tío Alejandro y a su esposa y desde ese mismo momento nació dentro de mí una hermosa relación con el cine, un enamoramiento que ha perdurado durante muchos años. En pláticas posteriores, por boca de mis tíos me he enterado de que desde mi entrada a la sala de cine, hasta que la película dio fin, permanecí en una sola posición con la mirada atenta y fija en la pantalla, sin perderme un solo instante, por supuesto que no recuerdo la película ni los artistas que en ella intervinieron pero si me queda el recuerdo indeleble de la estampida de unos caballos, que me causaron un susto mayúsculo, al verlos venir de frente, jamás se me ha olvidado y cada que veo una escena semejante en las pantallas de cine o de televisión, de inmediato revivo el momento. Durante mis estudios de secundaria, casi a diario, si podía, asistía al cine, vi muchas, pero muchas películas y me convertí en un conocedor del cine y sus estrellas; vi cine en el Noriega, en el Lírico, en el Nacional, en el Reforma, en el Cine Arena y por supuesto que también en el Cine Sonora, el mejor de todos. Cada uno tenía sus características muy especiales: en el Cine Noriega, cine muy popular entre la chavalada, vi mucho matinée y allí empecé a ver funciones en las que nos dejaban picados con los episodios, una costumbre muy común en aquellos tiempos en que nos exhibían la mitad y al siguiente domingo la otra mitad (El Avispón Verde, La Invasión de Mongo, El Llanero Solitario, Tarazán, El Fantasma, Hopalong Cassidy, La Pandilla y muchos más). Vivíamos momentos inolvidables y la trama de las películas nos hacía participar activamente cuando acechaba el enemigo, no faltaba el sincero grito del que advertía al héroe, los gritos de júbilo cuando aparecía el héroe sobre el lomerío montando su caballo, invariablemente blanco, decidido a salvar a la heroína de las manos del malvado que la tenía atada sobre la vía del ferrocarril o bajo la sierra que frenética giraba amenazando destrozar el albo cuello de la doncella. En el Lirico, un cine más doméstico, con funciones muy populares, muy baratas, 3 películas por el mismo precio en funciones vespertinas-nocturnas, al principio como estaba al aire libre, la película apenas se distinguía, apenas estaba pardeando la tarde, pero había que llegar temprano para poder ver las tres películas aprovechando los intermedios para proveernos de unos ricos taquitos dorados “de nada”, servidos sobre una hoja de papel estraza o la popular bolsa de esquite (palomitas) con mantequilla (si chuy). El Cine Nacional, fue uno de mis favoritos, fueron admirable sus bellísimos jardines que Don Manuel, el Jardinero, mantenía en perfecto estado cuidando el más mínimo detalle, Ah y el enorme Pez Espada que adornaba su entrada a la sala, así como fotografías de los más grandes artistas de Hollywood, que engalanaban sus paredes, dando la bienvenida al público que los había convertido en sus favoritos: Alan Ladd, Víctor Mature, Rita Hayworth, Leslie Caron, Kirk Douglas, Robert Mitchum, Silvana Mangano, Elizabeth Taylor y muchos más que al desaparecer el cine no sé donde fueron a quedar esos cuadros. Fue el Cine Reforma en donde me empecé a enterar de las grandes estrellas del cine Europeo, casi a diario nos presentaba un estreno del cine Español, del cine Italiano, del cine Francés y a veces del Japonés y del Ruso. Especialmente del cine ruso recuerdo una película en la que inicia con una toma de un enorme prado cubierto de rosales en el que se lee “No corte las rosas”, de repente una gran ráfaga de viento deshoja las flores esparciéndolas por el prado y enseguida se leía el título “El Viento no Sabe Leer”. Marisol, Roció Durcal, Fernando Fernán Gómez, Fernandel, Amparo Rivelles del cine español, Brigette Bardot, Martine Carol del cine Francés, Silvana Pampanini, Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi del cine Italiano e infinidad de estrellas que nos alegraron las noches de cine. Deje para el ultimo al Cine Sonora, que modernismo, que comodidad, se veía cine de calidad, con los estrenos que competían ventajosamente, en fechas, con los cines del resto de la Republica, un edificio no nada más para ver películas, también para pasar los calores del verano, gozando del clima que invitaba a la siesta de la tarde, disfrutamos mucho de los matinée; domingos de manita sudada, palomitas calientitas y sabrosos chocolates Carlos V., encuentros con la raza, acostumbrándonos a la música con que nos regalaban en los intermedios, empezamos a conocer al Dr. Alfonso Ortiz Tirado, música folclórica interpretada por grande orquestas y en fin, otro mundo muy apartado de la música ranchera que imperaba en las cantinas de mi barrio y en las victrolas con Lydia Mendoza y la música mexico-texana. Hace poco tiempo, con mucha tristeza observe que llevaban a cabo el desmantelamiento del edificio del Cine Sonora, dompes y dompes cargados de escombros, poco a poco como las termitas fueron dando fin a toda una época, no me pude resistir y presuroso tome algunas fotos, fotos que solo dan fe de la última fase de la desaparición del cine Sonora. Repito que me dio mucha tristeza pero también me invadió una gran alegría, mi sueño de muchos años en que veía la desaparición del Edificio Combate y la prolongación del Jardín Juárez, en una gran Macro Plaza, rematando con el bellísimo y centenario edificio del Cuartel del Catorce, por fin parecía que se iba a convertir en realidad; Pero ¡No¡, foul, no había tal, el viejo edificio de los Díaz allí sigue como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo y dando al traste con lo que fue un sueño, y si algún funcionario de Gobierno alguna vez tuvo la misma visión, nomás no, Lastima grande, algún día se hará realidad, espero. Como embellecería a nuestra ciudad el remozar este sector aprovechando las facilidades naturales del entorno, a lo mejor algún Gobierno con los suficientes $$$, le llegue al precio y se pueda aprovechar en una Gran Macro Plaza que en mucho cambiaría la imagen. Allá en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, ya lo hicieron y es una belleza de plaza que bien iluminada y con bocinas que a toda hora reproducen música de la región con la firma de la marimba, regalando al turista o simple visitante con una estampa que habla del enorme orgullo que representa para los lugareños el ser de esas tierras. G r a c i a s Fronteras y 5 de febrero 139, |