Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Barrios Bravos

Las Pilas y La Matanza (donde estaba el rastro municipal) eran los barrios bravos de Hermosillo, ambos situados en las faldas del Cerro de la Campana. Los “pileños” recibían a “piedrazos” a los intrusos que se aventuraban a entrar. Después, el problema empezó a presentarse en el barrio de El Coloso, contiguo al Mariachi, donde se asentaron también familias de la tribu yaqui. Este barrio sigue siendo un problema hasta la fecha, junto con el barrio San Luis donde proliferan los hechos delictuosos sangrientos. Actualmente, otros barrios nuevos de la periferia de la ciudad, han adquirido famas de peligrosidad.

Las acequias de Hermosillo

Había por la calle de la Carrera un corralón en la esquina  con Galeana, donde hoy se ubica la residencia de la familia Mazón. A ese corralón le decían la “Cochera” por que tenia trochiles. Lo atravesaba una caudalosa acequia a orillas de la cual estaban las viviendas de algunas familias yaquis. Como en la Cochera crecían algunos “guamuchilones”, la bucada entraba al corralón a bajar guamúchiles con largos carrizos que tenían un gancho de alambre en la punta.

La vieja acequia con la que regaban el Parque Madero, corrió hasta finales de los cuarenta. Los vecinos de la prolongación de la Calzada de los Pinos (hoy Norwalk), la cruzábamos sobre rieles y cuando los carros caían a la acequia, teníamos que llamar a los vecinos para que nos ayudaran a sacarlos.

Al final de la calle Ocampo, cerca de la orilla del Rio de Sonora, corría otra acequia muy grande (creo que era canal)  llamada “El Chanate” a dónde íbamos a atrapar tortuguitas de agua que salían a asolearse en las orillas; luego la acequia daba vuelta y entraba por el final del Centenario, pasaba frente a la casa de la familia Sugich a la que para entrar a su casa se cruzaba por un puente; de allí seguía hacia la antigua iglesia de San Antonio y las tierras de Don Benito Morales. No sé hasta dónde llegaría.

Por el patio de una casa perteneciente a la familia Peralta del Pueblo de Seris, cruzaba otra acequia a la que de pequeños íbamos a bañarnos, porque tenía un tramo con el piso encementado. Y nos platicaban que muchos años atrás ocurrió allí una tragedia. Un militar apuñaleo a una mujer, quien malherida cayó en esa acequia; fue un crimen muy sonado porque entonces la gente era completamente pacifica. La acequia (aunque con menor caudal) sigue corriendo actualmente.

Las sanjuaneadas

Desde que yo era una niña, se festejaba en Hermosillo el día de San Juan Bautista. Entonces casi siempre caía la primera lluvia del verano el día 24 de Junio, o cuando menos amanecía nublado y lloviznaba. Al amanecer grupos de jóvenes -de ambos sexos – se paseaban a caballo por las calles de la ciudad y decían que andaban “sanjuaneando”; por cierto que todos llevaban a alguien en las ancas del caballo. Para completar la fiesta del Día de San Juan, jóvenes y niños se bañaban en las acequias o en el rio. Ahora ya no es fácil conseguir caballos para pasearse y casi no hay acequias, por lo que la tradición se ha perdido y solo queda la costumbre de mojar a los transeúntes a baldazos.

El Compartidero

Siempre ha existido en Hermosillo el problema de la escasez de agua, tanto para uso doméstico como para riego. Cerca del Cerrito de López, a un lado del Pueblo de Seris en un lugar del canal de riego llamado El Compartidero, donde estaban las compuertas y el representante de la autoridad que regulaba las dotaciones de agua del Rio Sonora, para las huertas de naranjos, siembras de alfalfa y otros cultivos, se suscitaban serios pleitos  y hasta balaceras. Algunos acudían armados a ese conflictivo lugar.

El canal principal que derivaba el agua del rio al canal del compartidero, se llamaba “La Uvalama”.

Juegos Infantiles

La Plaza Zaragoza, la placita de la Moneda – situada donde hoy está el estacionamiento del Hotel San Alberto – y otras de la ciudad, eran los lugares preferidos de la “bucada” que se reunían a jugar, especialmente durante las vaciones de verano.

En las plazas, grupitos de niños jugaban días enteros a los “bandidos”, a las “escondidas” y alos “vaqueros”; “pelota”, “trompos”, “catotas” y “baleros”. Y por su lado las niñas se entretenían jugando al “caldito de la madeja”, a la “bebeleche”, “las encantadas”; a los “jacks” y a “Mauricio” que cantaban así:

“Mauricio fue a la guerra
Do re mi
Mauricio fue a la guerra
No sé cuando vendrá
Do re mi fa sol la
No sé cuando vendrá. . .”

Y también jugaban al “mecate” (la cuerda), al “florindiche”, a “Doña Blanca”, a la “naranja dulce” y al “salta la piedra”. A veces había pleitos causados por las chapuzas (trampas) que hacían algunos niños y terminaban por jalarse los cabellos o pellizcarse, lo que daba lugar a llantos inconsolables. Y también todos juntos, patinaban o andaban en bicicleta.

El Cerro de la Campana

Hace muchos años ya se usaba hacer “la pinta” de la escuela, es decir, irse de paseo en vez de asistir a clases, y el lugar más socorrido por los estudiantes era sin duda el Cerro de la Campana, que entonces estaba completamente al natural, sin camino, ni árboles plantados y mucho menos faro o estación de microondas.

Había que escalarlo paso a paso, sobre piedras y matorrales, de preferencia por el lado que da a la calle Mina, porque más adelante estaban los barrios de Las Pilas y la Matanza, a donde nos prohibían terminantemente acercarnos. Al llegar hasta arriba del cerro, nos sentábamos a descansar y a comernos las naranjas que siempre llevábamos; o a golpear con un palo los piedrones que sonaban como campanas. Nos explicaban que era porque tenían mucho metal, y por eso se llamaba Cerro de la Campana.

Disfrutábamos también de la vista panorámica de la ciudad y nos poníamos a identificar las calles, edificios y casas. Siempre nos “pintiabamos” en grupitos de varias amigas y como lo disfrutábamos, a pesar de saber que nos iría muy mal, tanto en la Escuela como en la casa. Entonces había absoluta seguridad en Hermosillo.

El Terrón de azúcar

Ese fue el nombre con que el pueblo hermosillense bautizo el monumento a Jesús García el Héroe de Nacozari, que se erigió en la entrada del Parque Madero, tiene forma de cubo y originalmente estaba pintado de blanco.  Menudo escándalo que se armó en la ciudad por el desnudo en bajo relieve que el Terrón de Azúcar ostenta en una de sus caras. El monumento fue construido en tiempos del Gobernador Rodolfo Elías Calles, y entonces se consideró un insulto a la moral.

El Lago del Parque Madero

Aunque no lo crean, en el Parque Madero existió un lago artificial de regular tamaño, por el lado que da a la calle Norwalk. El lago tenía cerca de la orilla una isla con vegetación, callecitas y una terraza con arbotantes y piso de cemento, donde se efectuaban bailes “tropicales” que fueron famosos por su ambiente, y a los que todo mundo asistía vestido de cubano rumbero. Eran los tiempos de los danzones “Almendra”, “Nereydas” y “Juárez”.

La isla se comunicaba a tierra firme por un romántico puente, y en la orilla podían rentarse lanchas para remar por el lago, donde nadaban grupos de patos. Por supuesto no faltaban quienes cayeran al agua lodosa. Después el lago se tuvo que desecar pues se convirtió en criadero de “zancudos”, y cegaron la acequia que lo alimentaba.  Así quedó transformado en un estacionamiento hundido y una pista para patinar.

Fiestas patrias

Cuentan que hace bastantes años, en Hermosillo se celebraban con esplendor las fiestas Patrias de Septiembre. Entonces los hermosillenses elegían reina de las fiestas, había paseo de carros alegóricos y bailes con trajes típicos mexicanos. El monumento de Don Miguel Hidalgo se alzaba en medio de la plazuelita del mismo nombre, localizada en la calle Obregón y próxima al Teatro Noriega. Posteriormente,  lo cambiaron a la Plaza 16 de Septiembre.

Después, la fiesta empezó a celebrarse en la Plaza Zaragoza la noche del grito (15 de septiembre) que año tras año da el Gobernador en turno en el balcón principal del Palacio de Gobierno; ceremonia que siempre es presenciada por cientos de personas apostadas en la plaza, con final de cohetería, repique de campanas, júbilo de la concurrencia y toda clase de vendimias, lo que le da un carácter de Feria popular. Así sigue celebrándose anualmente.

El 16 de septiembre hay un desfile militar que recorre algunas calles de la ciudad, también presenciado por mucha gente, aunque hoy en día muchos optan por aprovechar las fiestas patrias para vacacionar en otros lugares. Creo que se ha ido perdiendo el sentimiento patriótico.

La milpa del Chino verdulero

Existían dentro de la ciudad algunas milpitas, y también corrales de ordeña y gallineros. Por la calle Dr. Pesqueira había una milpa de un chino verdulero, más o menos a la altura de la calle Reforma, a donde acudía medio Hermosillo a proveerse de verdura fresca,  pues el Chino la vendía baratísima y la recolectaba en el momento que la solicitaba el cliente. Hoy tengo mis dudas de si esa milpa la regaría el chino con aguas negras, aunque nunca a nadie le dio tifoidea ni el cólera.

Cines al aire libre

Frente al Jardín Juárez, funcionaron dos cines al aire libre, es decir,  sin techo: el Lirico y el Nacional, y otros más, el Reforma, que estaba sobre la calle Matamoros, y siempre tenía muy buena programación. Todos empezaban la proyección de las películas a la hora del crepúsculo, cuando ya la luz del sol no hacia borrosa la imagen de la pantalla.

Cuantas veces durante el verano aguantamos las borrascas de tierra y lluvia; nos guarecíamos bajo los tejabanes destartalados que los cines tenían a los lados con tal de no perdernos la trama de alguna buena película. Y en el invierno íbamos con abrigos gruesos; muchos llevaban cobijas y thermos para beber café caliente o chocolate y poder aguantar el frio. Eran los tiempos dorados de Clark Gable, Cary Grant, Tyrone Power, y muchos otros monstruos sagrados de Hollywood.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


Ir al inicio del documento