Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Hacia el año de 1775 la Hacienda de San Benito era propiedad de Don Fernando Iñigo Ruiz, hasta el mes de enero de 1794 en que le vendió al Capitán Joseph de Tonna, ex comandante del Presidio del Pitic.

De Tonna enseguida que pasó a ser propietario de esa hacienda, construyó una casona al lado norte del arroyo de San Benito, el cual tenía su cauce paralelamente a la actual Avenida Doctor Gastón Madrid (anteriormente Calle Colima), en el tramo de la Calle General Piña y la Avenida de la Reforma.  Precisamente en el cruce de la General Piña y Gastón Madrid había un vado por donde pasaban los carros y los jinetes.

La casa del capitán en parte fue construida de ladrillo y en parte de adobe, pues este material  es más resistente al calor y al frio extremoso de Hermosillo. La mansión era bella y elegante y en el patio tenía una pequeña huerta de cítricos, viñas y guayabos,  y en el centro se construyó un bonito kiosco para que doña Rita, su esposa, recibiese a sus visitas en el verano.

Infortunadamente poco disfrutó de su mansión el señor De Tonna. Un día rodeado de su esposa y de sus hijos, exhalo el último suspiro, quizá muy disgustado porque se veía obligado a abandonar todo lo que puede hacer feliz a un mortal: una linda mujer, una hermosa casa y una hacienda con buen ganado y huertas.  El Capitán escogió el momento menos oportuno para marcharse al otro mundo y nadie quiso creer que pasó a mejor vida. Todo el mundo decía que la buena vida la tenía en la superficie de la tierra, no abajo.  Después se lucubró mucho sobre la muerte; decían que fue causada por viejas heridas que recibió en los combates contra los señores seris de la Costa, de las cuales nunca sanó bien. Otros aseguraban que un brujo seri le había sentenciado a que cuando estuviera en la plenitud de su felicidad, la muerte vendría por él.

Solo habían transcurrido unos cuantos días de que el militar español fue sepultado en su propia hacienda, cuando dieron comienzo los rumores de que su espectro se aparecía después de la media noche.

Una noche Juan Tuli Bichicori vio el fantasma cuando aquel regresaba del Pitic después de andar  de picos pardos con sus amigos parranderos. Eran las doce de la noche y el camino estaba solitario; por eso fue que el pobre indio corrió con todo lo que daban sus flacas piernas y llego al caserío gritando empavorecido.

En ese tiempo, cuando nuestra ciudad todavía se llamaba Villa del Pitic, para trasladarse a pie, en carreta o a caballo hasta la próspera Hacienda que mencionamos, era necesario caminar un buen tramo del camino real que comunicaba con la Hacienda del Torreón, Santa Emilia y la después llamada Loma del Cuti. En ese tramo, pero dentro de San Benito, el indígena vio el fantasma y estuvo a punto de morirse del susto tremendo que sufrió. Sin embargo, logró reponerse del miedo y solo tuvo que padecer una diarrea de padre y muy señor mío, como se decía en la época colonial.  Algunos compinches de Juan Tuli le regañaron por no haberle preguntado al aparecido donde enterró el tesoro.

Poco después Doña Rita Mesa (con “S”) vendió la hacienda y regreso a Valladolid  (hoy Morelia) con sus hijos; pero el fantasma que parece que no entendía nada en relación a la propiedad privada, continuó apareciéndose durante muchos años. En 1847, un copropietario de San Benito, Don Francisco García Noriega, vio al espectro de De Tonna y le pregunto: “¿Eres de este mundo o del  otro?”, más el Capitán, como lo había hecho en vida, hizo gala de su mala educación y se fue sin responder, perdiéndose en la obscuridad. El Señor García Noriega, hijo de don Ambrosio de los mismos apellidos, era un hombre valiente que en varias ocasiones salió a media noche a buscar al fantasma que durante 50 años aterrorizo la región.

En 1850  un buhonero de origen español, se radicó temporalmente en San Benito y hacia constantes exploraciones nocturnas por toda la hacienda. Claro que esto hacía reír a la gente creyéndole un loco.
Pero un día el buhonero (varillero) desapareció poco antes de que se localizara una excavación cercana a las ruinas de la casona que fue del militar.

Sucedió algo raro después de que se volvió ojo de hormiga el “varillero” también desapareció para siempre el fantasma del desafortunado señor De Tonna.

Una parte de lo que hoy constituye la Colonia San Benito fue la hacienda del mismo nombre, donde un vendedor ambulante localizó el tesoro del capitán español y pasó inmediatamente a mejor vida, en el sentido literal de la frase.      

 

G r a c i a s

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