Fernando Andrade Domínguez Este es el cuento de núnca acabar


Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Posiblemente y sin temor a equivocarme, la etapa más feliz de nuestras vidas es sin duda: la niñez; libres de sentimientos negativos, con el alma abierta a los demás, como una puerta de par en par, como nuestras casas de esos tiempos, abiertas como una madre con los brazos extendidos en espera de los amigos, parientes y para todo aquel que se acercaba, sin distinción de edades, colores o de ropas.

Felices tiempos en que nadie se tomó la molestia de informarnos de nuestra posición económica, no sabíamos ni de ricos ni de pobres, en búsqueda siempre de los compañeros de juegos, solo distinguíamos la destreza en el juego  de cada uno y ni por eso los convertíamos  en líderes, no existían los jefes o dirigentes, todos por igual, alegres parvadas de felices pajarillos, risueños, escandalosos y llenos de vida, al encuentro con nuestros destinos que en acecho poco a poco nos iban rodeando pero que para nosotros, ni en cuenta, como dicen ahora los jóvenes.

Calles que nos pertenecían, polvorientas, desnudas y sin pavimentar, lugar de nuestros juegos, de día y de noche, escenario de nuestras hazañas de competencias carentes de reglas y ordenamientos, carreras y saltos, chicos y grandes, chaparros y largos, güeros y prietos, sin zapatos, sin camisa, pelones y mechudos todos en una diaria lucha por ser de los mejores. calles nuestras, cuando aun el automóvil no se adueñaba de ellas, nos pertenecían, fueron nuestras y nos las arrebataron los carros. 

Muy pocas banquetas, muy pocas tapias o bardas, terrenos delimitados por cercos de alambre de púas y postes de palos de mezquite o de pitahaya, casas a medio construir en una amalgama de ladrillos, adobe, láminas y cartones rodeadas a veces  por hermosos y floreados cercos de ocotillo, todas con su corral para las gallinas, el cochi amarrado al pie del mezquitito y de cajón el perro ladrador, a veces hasta patos y guíjolos, postal de mi barrio, de mi inolvidable barrio, de aquel paisaje que nos rodeó en nuestros ya lejanos días de niño.

Aquellos seis años de primaria,  largos e interminables, de cuadernos enrollados en la bolsa trasera del pantalón, con felices  interrupciones  de las vacaciones cada año y de un goce infinito, vagancia y displicencia; banquetes de guamúchiles, péchitas, guayabas, moras, taquitos de palmera, dátiles, naranjas dulces y agrias, tullidoras, garambullos, tunas, limones con sal, pitahayas, uvalamas, chúcata de mezquite, manjares que al recordarlos, precisos y puntuales me cubren con sus exquisitos e inolvidables olores y sabores.

Posiblemente las temperaturas no alcanzaban los 45º C de los veranos actuales, pero estoy casi seguro que la edad nos permitía corretear y caminar sobre las lomas aledañas, en donde nuestras fantasías nos vestían con ropajes de héroes, cazadores astutos y valientes armados de “hules” (tiradores) con los que, inmisericordes hacíamos victimas de nuestro tino, (destreza digna de mejores causas) a tortolitas, pajaritos, chananitas, cachoras, perritas, salamanquesas, poroguis, huicos, juancitos y cuanto  animalito se cruzara por nuestro camino. ¡Ah!  que inocentemente crueles e irresponsables fuimos de niños.

El primer contacto con nuestra ciudad, el choque frontal, corresponde al período en que vivimos  el paso obligado de la primaria a la secundaria, cambiazo de la infancia a la etapa juvenil en que, desde el traslado de el barrio  hasta las escuelas de enseñanza superior, significaba un salto al vacío y sin paracaídas, levantarse más temprano, usar de diario los zapatos, modificar nuestros hábitos de aseo, acostumbrarse a los horarios, un maestro por cada materia que duraba 50 minutos y el convivir con jóvenes provenientes de otros rumbos de diferentes costumbres nos trastocaron .

La novedad de los desfiles, la banda de guerra, los festivales del día de las Madres, fin de cursos y días patrios en que nos sentíamos la última sandia del verano, luciendo galanes el uniforme que nos acreditaba como alumnos de la Secundaria y que como pavorreales paseábamos delante de los atónitos “niños” de las primarias. Fachosos y engreídos.

Un tremendo brinco al llegar a la edad de la pubertad, las primeras inquietudes causadas por el natural atractivo que nos causaba descubrir que aquellas niñas odiosas, ya no nos parecían así; las nuevas amistades, originaban necesidades sociales que apenas un año antes, ni soñábamos, reuniones en refresquerías, fiestecitas, los primeros bailes, las primeras noviecitas de manitas sudadas idealizadas con cuadernos cubiertos con el nombre de “el o la” afortunada, las citas en el matiné dominical, compartir una sodita con dos popotes, “a gusto”, deleitarnos con la música de las rockolas que por un cacharpón de cobre. Nos complacía una y otra vez.

Para recordar la aventura diaria, para los que vivimos por el rumbo norte de la ciudad, caminar sobre el puentecito de la Manuel González, sobre el canal alrededor de las vías del tren, cruzar brincando furgones, caminar bajo las frondosas ceibas del Jardín Juárez y lo máximo: el Mercado Municipal con ese su extraño encanto para nuestras juveniles mentes, los olores combinados de las frutas, verduras, café y alimentos, encanto significado por el root beer en “La Colmena” de Madero, los taquitos de Marcelino, las malteadas del Sr. Pradas, el Café de la Elvira, con pan de la Convencedora.

Sabores y recuerdos que saben a gloria, pobladores de un mundo diferente, mágicos golpes directos a nuestro olfato y paladar en que dejaron marcas indelebles.

Por supuesto que de otros rumbos también recordarán su diario trayecto y el descubrimiento de personajes, lugares y calles, los viajes en el camión o los raites que les daban a través del vado del rio para los que vivían en Villa de Seris o las caminatas hasta el Mariachi, Coloso o Ranchito y por supuesto que para San Benito.

“La Mariquita”, “El Che Barrios”, “La loca Teresa”, personajes que junto con los concesionarios de los diferentes puestos del mercado nos hacían verlos como parte del paisaje alrededor de “La Elvira Murillo”, “Doña Carmen del Toro”, “Las Negrete”, “Las Saguchi”, el amigo “Chano”, el changarro de Piña, el de los Manueles, el puesto de la Sra. Rodríguez, aquella de las arracadotas, “El Teco López”. Fernando Arzac, El Sr. Rojo y su pescadería, fulano, zutano y mengano. Olor a recuerdos. 

La avenida Serdán, calle con vertiginoso tráfico para nosotros desconocido, los empleados de los Bancos y su impecable vestimenta corolada con su corbata, el máximo ideal para los que apenas acudíamos a la Prevo y que significaban el non plus ultra de la elegancia y la pulcritud, convirtiéndose en el espejo en que nos reflejábamos al final de los estudios de comercio y secundaria, sobre todo los que trabajaban en el Banco de México o en el Gobierno

Celebrábamos la culminación de los desfiles aquellos encabezados por el contingente del 16 Batallón de Infantería,  la Maestra Migdelina y sus hermosas chamacas, El Cabo Lauz Zazueta al frente de la Banda de Guerra de la Prevo, el Prof. Gámez en su brioso corcel al frente de  sus alumnos y sus elegantes uniformes, las numerosas y ordenadas columnas de los estudiantes  de  la Unisón, que al finalizar el acostumbrado desfile cívico militar en un acuerdo no especificado en ningún papel, allá vamos en grupos al Nogales Café de Don Isidoro Angulo, a la Nevería Chita de Pepete a un costado del Cine Lirico, al  Café Kiki de los Lucero Aja o a la Nevería Ideal de Don Cata, lugares con olor a jóvenes, llenos de bullicio y alegría contagiosa,  con la policromía de los uniformes de las chamacas de las diferentes escuelas sobre todo el blanco y rojo de la Prevo.

Algunos amigos de más edad ya nos presumían de que asistían a los bailes del Aliancista y del Atenas, muy pocos al  Casino y  a los clubes Popeye, Amsin y todos los etcéteras de esas fechas. Nosotros,  pueblo iniciamos las incursiones a los bailes a los lugares situados en los barrios como El Cuauhtémoc, (“Cua-Cua”), el “High Life”, El Dos Equis, La Muralla, El Gimnasio de la Uni, Los Bailes Rancheros, Las Juntas Vecinales, el Patio Orquídea, “El Flamingos”, “El Xochimilco”, y cuanto baile se celebraba con motivo de las fiestas de San Juan, Fiestas de la Primavera o de Navidad. Usual en esos tiempos el poner en el cuello de las camisas un listoncito de color, distintivo señal de que ya había pagado la cuota, pero mañas había,  y muchas para evadir el pago del distintivo y los sellos sobre el dorso de  la mano,

Las Orquestas de Los Ureña, Manuelito García, Los Hernández, Los Solano, Los Valdez, El Chacal Estrada y grupos orquestales importantes que se encargaron de iniciarnos en los ritmos del mambo, del chachachá, corriditas y por supuesto del Rock.and Roll, la locura de la época, tormento de nuestros padres y delicia de la juventud.

Se iniciaron grupos locales, “El Son Relajo”, “Los Shipis”, “Los Cheyenne” y una cantidad enorme de chavalos que se agruparon para formar conjuntos musicales de un recuerdo indeleble en nuestra memoria, sobre todo cuando los recordamos actuando sobre la marquesina de la tienda de los Hermanos Mazón y por fuera de las tiendas de la Mexsuiza o Almacenes de México.

Lugares en donde  pasar las horas no abundaban pero se daban abasto para las inquietudes juveniles y los no tan juveniles que digamos: El Limoncito del Jardín Juárez, El Pradas de la Serdán, los cines encabezados por el majestuoso Teatro Cine Noriega, con sus inolvidables jornadas dominicales en que nos ofrecieron “La Invasión de Mongo”, “las Calaveras del Terror”, “Flash Gordon” y muchas series de episodios que gozamos al máximo; El  Lirico, El Nacional y El Sonora allí juntitos y un poco más alejados el Reforma y El Rex y algunos años  después el Cinema 70 y los Cinemas Gemelos.

Hoy ya desapareció por obra y gracia de la piqueta del progreso el templo de la diversión de los años 60s, el Teatro Cine Sonora que desde junio del 47, nos brindo su elegancia y comodidad, mullidas alfombras, clima artificial de lo mejor en esos años y una programación excelente, sobre todo los domingos, con las películas de vaqueros e indios, bélicas, El Gordo y el Flaco, Tarzán, El Llanero Solitario y por supuesto las de los cómicos de la época: Tin-Tan, Resortes, Clavillazo, Manolín y Shilinsky, Viruta y Capulina y muchas más.

Costumbre muy arraigada en aquellos años, acudir al Jardín Juárez para esperar la hora de llegada del tren de las 8.00 que llegaba a las 11.00 para enterarnos quien llegaba y quien se iba, vivir el rejuego que ocasionaba desde el primer pitazo de la locomotora de vapor allá por el Ranchito en los vendedores de alimentos y refrescos para ser los primeros en ofertar sus productos al  pie de las ventanillas de los furgones de pasajeros. Al poco rato todo se disipaba y quedaba la tranquilidad de acudir a los diferentes lugares que las chimoleras encabezadas por Doña María, disponían para deleitarnos con humeantes platos de menudo, tacos dorados, enchiladas, pozole o tostadas, recién sacadas del comal. Mas adelantito se encontraba  “La Chagua Ríos”, porque había dos Chaguas, la del Pinolillo en el Jardín Juárez y la de las mesitas de la estación.

El puesto de los Ramones de Ramón Luna y Ramona Preciado de Luna, lugar que nos surtía de exquisita “fruta de horno” como se acostumbraba llamar a la repostería y que también formaba parte de los hábitos de los lugareños, llegar a su casa por la noche con algo que comer para la chamuchina.

Creo que difícilmente habrá una juventud tan sencilla, inocentona y tranquila como la que nos tocó vivir, de los 40s a los 70s, por supuesto que doy por descontado el que cada viejecito alaba su bordoncito, se que cada época para el que le tocó vivirla es la mejor, pero de veras nada comparable con las actuales, llenas de temores, violencia, agresiones, robos y sobre todo que se han enseñoreado de nuestra juventud el flagelo de las drogas y el alcohol, fantasmas que rondan todos los hogares en donde existe juventud, expuesta al ritmo enajenante con que se vive hoy.

Nos llegaron los “Hot dogs”, vía familia Lucero Aja que nos trajeron la novedad desde el Norte, de allá con los güeros y iniciaron la era del hot dog , allá por la Colonia Pitic y después alrededor de la parte norte del Jardín Juárez, antojito que jamás nos imaginamos que iba a pasar a formar parte de las costumbres de Hermosillo, convirtiéndose en un sello distintivo a nivel nacional, los estudiantes que emigran a Guadalajara, Monterrey, Morelia o el D.F., cuentan el tiempo de retornar para de inmediato acudir a la UNI a darse un atracón de este antojo.

Se popularizaron  los tacos de carne asada, que empezaron allá enfrente de la Lucila en la antigua Zona de Tolerancia, se continuaron en la Taquería “La Luna” y se multiplicaron en las taquerías de Ventura Sierra Sotomayor que los puso de moda, ahora proliferan y forman parte importante del comercio informal.

Desde los tiempos del “Chamarula”, el taco de cabeza pasó a formar parte de la cura de los crudos y poco a poco se fue popularizando en forma tan general que desde hace tiempo es desayuno obligado a diario sobre todo los domingos después de un sábado agitado. En la actualidad los tacos de la familia Ung, Chayo, el Chino Mario y por supuesto que los del mercado  forman parte de los lugares más visitados por los degustadores de tacos de cabeza.

Por supuesto que no podemos pasar de largo sin saborear los ricos tacos de caguama, antojo  prohibido desde hace algunos años en que tanto la comimos que casi nos la acabamos. Allá a mediados de los cuarenta ya se encontraba anuncios en la prensa en que “El Pinolillo” anunciaba que el domingo se podrían saborear ricos tacos de caguama en su restaurant, tacos que se popularizaron después de los cincuentas en la esquina de las calles Yáñez y Colima, en la Reyna Blanca y después por la Garmendia con Pancho El Cahuamero y la Melita que legaron la costumbre a Don Luis Morales y el Corral.

Apenas se empezaron a establecer en la ciudad los negocios de autoservicio y el Mercadito Londres de Juanito Gurrola  y el Mercadito. Buelna, iniciaron una etapa de comercialización norte americanizada que continuaron los Durazo con  su cadena de Súper Mercados Insurgentes y los Valenzuela con su primera tienda “la Canasta” la de las rayas  y posteriormente con sus VH.

Anteriormente acudíamos al Mercado en busca de los satisfactores para la manutención alimenticia diaria y La Cosalteca con su servicio a domicilio empezó la revolución tendiente a modernizar la comercialización de los víveres que hoy vemos prolifera en esta cálida ciudad en donde estamos invadidos por los gigantes de Wal-Mart, Ley, Soriana, Sams, Cotsco, Aurrera y la innumerable cantidad de expendios con etiqueta de Oxxos y Extras que han venido a terminar con los changarros de los barrios, lugares en que nos fiaban y nos apuntaban en la cartera que a fin de semana había que liquidar o sufrir la negativa para proporcionarnos “mandado”

Los changarros significaban el oasis para las familias, fiaban el mandado y comíamos gracias a que cada changarrero se convertía en proveedor, confesor, consejero espiritual y guía familiar, antena en que se recogían las quejas de las amas de casa que acudían en busca de orientación para ver que hacían con el viejo tan pistiador y desobligado que no llegaba con la raya, la dejaba en la cantina el sábado y a volver a empezar el lunes con la esperanza de poder liquidar el saldo el sábado de enfrente.

El changarrero recogía los chismes de toda la comarca y allí se sabía primero que en cualquier parte quien estaba trabajando y quien no, quien salió embarazada y de quien, quien le pego a la vecina y que le dijo la de la calle Ocho a la de la esquina, toda la información que emanaba de las familias en el changarro se distribuía, claro ya maquillada y adornada para que tuviera chiste. El ombligo del barrio: los changarros.

Debido al calor infernal que imperaba en nuestra ciudad, afortunadamente contábamos con una empresa embotelladora de cerveza y se hizo costumbre familiar el beber liquido ambarino” Si chuy, así le pondremos, se bebía cerveza porque teníamos la facilidad de contar con una Cervecería, la de Sonora, empresa embotelladora de cerveza en botellas y en barriles con tamaños de un octavito, un cuarto y un medio que entregaban acompañadas de un cajoncito que contenía una manguera de aluminio enrollada al centro sobre la que se picaba hielo que al inyectarle aire con una bombita manual al barril hacia correr la cerveza bien fría hasta el dispensador. El octavito por su tamaño tan manual se transportaba en carretitas de madera o en el lomo y así como el hielo que envuelto en un guangochi (ixtle), adquiríamos en la Hielería de la Cervecería de Sonora situada a un costado del Palacio de Gobierno en los terrenos de los Hoeffer.

En cada barrio había una cantina, no teníamos la facilidad actual de que en cada cuadra existen dos expendios uno de cada marca y se convertían en distintivos de cada lugar, difícilmente los habitantes de un rumbo se metían a las cantinas de otros barrios, cada cantina significaba un coto familiar de consumidores y de veras que no se veía con buenos ojos  a los forasteros. Durante toda la semana permanecían tranquilas y en silencio, pero llegando el sábado, anunciaban sus botanas y las rockolas a todo volumen esparcían las notas de El Gallo Tuerto, La Micaela, Jugando Mamá jugando al Gallo y a la Gallina y por supuesto Juan Charrasqueado y empezaba el rejuego que allá para las once o doce de la noche culminaba en zafarranchos en que volaban viejas y lloraban  sillas, tremendas tremolinas en que la perica no se daba abasto, haciendo viajes gratis.

En mi barrio, la 5 de Mayo, haciendo alarde de inventiva, existían tres cantinas a muy corta distancia una de otra, por la calle Iturbide estaba “El Infiernito”, de los Hnos. Trujillo, cuya fachada lucia con dos diablitos rojos bailando alrededor de un cazo en la lumbre, a dos cuadras en la Nuevo León y Decima (Felícitas Zermeño) la cantina “La Gloria” de los Hnos. Vidal y más arriba hacia el Oriente en la calle 16 de Septiembre, propiedad de los Hnos. Montes se encontraba “La Concordia”, así que vean como se las gastaban estos señores: El Infiernito, La Gloria y La Concordia ah y pobre de los que invadieran territorio ajeno, no se admitían y si se arriesgaban ya sabían a lo que iban, patadas y trompones a diestra y siniestra, afortunadamente no se usaban las armas de ningún color mucho menos las blancas.

En el fragor de aquellos tiempos,  fuimos testigos de epopeyas beisbolísticas en las instalaciones de la  vieja Casa del Pueblo, posteriormente a su estadio se le denomino con justicia Estadio Fernando M. Ortiz, en ese lugar fuimos testigos de increíbles hazañas: El jonrón de Manuel Magallón por arriba de la pizarra central, el dramático palo de Jimmy Ochoa para sepultar a los orgullosos Diablos Rojos, los duelos de pitcheo contra la Liga Invernal cuajada de bigleaguers (Paul Foytack, Beto Ávila, Jim de la Selva Rivera etc.) que nos dejaron muestras de su enorme calidad, aquellos descomunales jonrones de Herman Rich, Joe Brovia, Claudio Solano, Héctor Espino y tantos y tantos héroes de mil batallas. El fino fildeo de Pepe Bache y Leo Rodríguez, las espectaculares atrapadas de Changuilón Díaz, El Diablo Montoya y el Avestruz Rodríguez.

Desde muy niños nos acercamos a la Casa del Pueblo atraídos por el olor a pelota y los pinos de los alrededores fueron nuestros muy cómodos palcos aéreos, allá trepados gozábamos de los juegos, así como la permuta de las pelotas fauleadas que nos permitían entrar al estadio y no puedo sustraerme a la ya consabida queja de la falta de muchas cosas sobre todo de sensibilidad digna de decisiones más importantes, se dio la orden de aplicar la piqueta inmisericorde sobre nuestro viejo Estadio, reduciendo a escombros todos nuestros recuerdos, ya decíamos ¡¡ FAUSTINO, NO¡¡ aun cuando como Gobernador impuesto llevo a cabo un buen sexenio.

Con el devenir del tiempo hemos sido testigos mudos, increíblemente fríos y faltos de responsabilidad civil de Hermosillenses, dejando pasivamente que nuestras autoridades sin ningún respeto por la historia, nos han despojado, poco a poco e inexorablemente de los viejos edificios que formaron parte del esfuerzo de los primeros pobladores de nuestra ciudad y que con empeño construyeron y que con orgullo debíamos de tener en pie conservándolos como un testimonio de la grandeza de nuestra ciudad de más de 300 años.

Nuestra ciudad lleva por nombre HERMOSILLO en honor de Don José María González Hermosillo, primo en segundo grado y lugarteniente del Cura Don Miguel Hidalgo y Costilla en su campaña Insurgente por lograr la independencia de nuestro México, posteriormente  ascendido a Brigadier por el Padre de la Patria.

Con relación al nombre de nuestra ciudad, guardo la inquietud de manifestar abierta y públicamente mi inconformidad por llevar ese nombre, todo fincado en el hecho de que este señor de noble abolengo y colaborador del Libertador obtuvo como premio el que se le impusiera el nombre a PITIC un bello y hermoso nombre que no me explico cómo fue aceptado por nuestros antepasados.

El Señor González Hermosillo,  ni tan siquiera puso su planta sobre nuestro terruño aun cuando Sonora y Sinaloa formaban un solo Estado y su única intervención en suelo Sinaloense fue una tremenda y definitiva derrota a manos del Gral. García Conde que desde Arizpe  se trasladó hasta Piaxtla para derrotarlo en toda la línea.

Este noble Señor de linaje indiscutible llevaba orgullosamente un nombre que no le pertenecía en su cabalidad ya que su árbol genealógico habla del afán de que todos los descendientes del tronco inicial Capitán Juan González de Hermosilla, llevaran los apellidos González Hermosilla.

El Capitán Don Juan  González Hermosilla, fue hijo legitimo de Alonso de Hermosilla y de doña Catalina González nacido en el año de 1495, en el pueblo denominado Hermosilla, cercano a Burgos en España y muy joven acompañó a Hernán Cortez en su viaje a Cuba allá por 1515 y su apellido se fue modificando cambiando de Hermosilla a Hermosillo, ya que desde 1330, aparecen registrados en la historia de la España de Alfonso XI. A todos los nacidos en este lugar (Hermosilla) se les conocía como “Hermosillas” y de ahí tomaron el apellido.

Recapitulando como decía un ilustre maestro universitario:

  • Los descendientes del Capitán Don Juan González de Hermosillo, siguiendo una vieja tradición, usaron indiscriminadamente los apellidos de los abuelos paternos y maternos para perpetuarlos en si mismos y el resultado es que prácticamente el nombre real del personaje que dio nombre a nuestra ciudad,  jamás debió llevar el nombre que ostentaba aun cuando legítimamente fue aceptado por las leyes de la época.
  • b).- El linaje del núcleo principal de  la familia González Hermosillo, lo constituyeron terratenientes, labradores y criadores de ganado que poseyeron casi toda la propiedad rural de Los Altos de Jalisco, desde Guanajuato y Zacatecas hasta Michoacán y Colima entroncando con la mayoría de las familias nobles asentadas en las diferentes regiones y a esta casa perteneció Don José María González Hermosillo.

Por todo lo anterior, creo firmemente que nuestra ciudad capital debe llamarse: Real Presidio del Pitic, Pitiquim o simplemente PITIC, precioso nombre, fonético y con raíces profundas en nuestro terruño.

De seguro habrá detractores que no estarán de acuerdo, pero si a una calle viejísima de esta ciudad le cambiaron varias veces de nombre: Yucatán, Ing. Norberto Aguirre Palancares y actualmente Blvd. Colosio, sin muchos trámites, sin la intervención  mediática, por qué no es posible cambiar de nombre a Hermosillo por Pitic, levanten la mano los que se opongan.

Gracias.

Fernando Andrade Domínguez
H. Rangel Lugo #139 y 5 de Febrero
Barrio de la 5 de Mayo,
REAL PRESIDIO DEL PITIC, antes Hermosillo, Sonora.
Tel. 2-172804, (21)738122


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