Fernando Andrarde El "loco Arnulfo"


Fernando Andrade Domínguez El Pitic

La tarde casi convertida en noche de ese día, aun olía a sol, un calor insoportable acompañaba el incansable peregrinar de la tierra alrededor del sol luminoso que presuroso huía para ocultarse dándonos una tregua, pero afortunadamente con la seguridad de volver al día siguiente. Todo presagiaba una noche más de verano calcinante que, ni mojando los tendidos de los catres extendidos en el corredor, nos permitiría dormir agusto, solo dejándonos el recurso de platicar los acontecimientos del día, tumbados, dando vuelta y vuelta, sin hallar lugar, sudando los todavía 40º hasta las nueve de la noche en que se presentaba una brisita tímida y silenciosa, como una limosnita de verano. Solo pensando en la loca esperanza de que el relámpago de Mocorito hiciera su aparición en los cielos tachonados de estrellas, en aquellos tiempos en que la escaza luz de la ciudad, todavía nos permitía gozar del espectáculo nocturno de un cielo en donde identificábamos el “Caminito de Santiago”, “la Osa Mayor”, la “Osa Menor”, “los ojitos de Sta. Lucia” “El Lucero” y un manto negro cubierto de piedras preciosas o un manto de piedras preciosas sobre un manto negro.

Soñábamos con la lluvia bienhechora, las apresuradas carreras levantando los humildes ropajes que nos protegían de la ríspida tela de ixtle de los catres familiares, huyendo de aquellos ventarrones que a su paso levantaban tremendas polvaredas, que nos envolvían cubriéndonos de tierra y hojarasca suelta. Vientos que por lo general precedían la llegada, por fin, de una manguita de agua a veces abundante a veces tan poca que no alcanzaba a formar charcos.

Se nos espantaba el sueño y llenos de vitalidad jugueteábamos lanzándonos almohadas y sábanas creando un desorden bullicioso solo aplacado por la regañona voz de la boca desdentada de la abuela que vigilante y con la cabeza envuelta en una toalla se protegía de los rayos, enarbolando amenazadora una chancla.

Mientras pasaba la lluvia, cuando llovía, nos hacíamos bola alrededor del abuelo o la abuela que con toda parsimonia torcían un cigarro “macucho”, esparciendo sobre el papel la picadura de tabaco y pasándole la lengua, formando un cigarrillo que encendían lentamente, como gozando los momentos que antecedían a un relato, por lo general un relato que ya en ocasiones anteriores nos habían contado pero que sin embargo siempre nos causaban el mismo asombro y el mismo miedo. Teníamos poca memoria o nos hacíamos cómplices del momento haciendo borrones de espacios en el tiempo.

Los viejos del barrio tejían y tejían historias que nos dejaban con la boca abierta, relatos que nos atemorizaban, por lo general, la mayoría relacionados con tesoros enterrados, aparecidos, muertos que regresaban por lo que habían dejado pendiente, todo tipo de crónicas que escuchábamos atentos, con el oído avizor y los ojos pelones, pendientes de cualquier ruidito que de inmediato, nos ponía los pelos de punta y que, casi estoy seguro secretamente, hacían gozar a aquellos ancianos que muy en su papel, hacían las pausas que le daban sabor a sus cuentos, vivencias –según ellos-, ocurridos en tiempos remotos y en algunas ocasiones escuchados de sus abuelos y tíos, toda una costumbre en aquellas noches carentes de radio o televisión, tiempos que dichosamente nos pertenecían, tiempos nuestros de intercambio de experiencias, pláticas, juegos salpicados de las infaltables charras, la mayoría inocentes y simplonas pero que siempre nos hacían reír.

Precisamente en una noche de tormenta reunidos alrededor del abuelo y junto a la hornilla recién atizada con un troncón de palo fierro, iluminados solo por la danzante luz que producía el tizón ardiente, cuando ya casi me dormía arrullado por la siseante voz del viejito, me avivé con la narrativa de aquel personaje que de inmediato capturo mi atención.

Fue esa noche, precisamente cuando escuché por primera vez el nombre de “El Loco Arnulfo”, un personaje cubierto de anécdotas y sucesos increíbles que lo pintaban como un temible sujeto capaz de las peores atrocidades, un ser desprovisto de corazón y que según los vecinos, había cometido toda clase de actos de maldad en perjuicio de niños, mujeres y ancianos, un ser despreciable, con toda la presencia de un monstruo horrible , tomador, mariguano, solitario, sin familia, sin hogar,  un vagabundo  miserable y sucio al que había que huirle. De veras que para dar miedo la muy completa descripción que pintaban de cuerpo entero a ese ser de pesadilla, lo peor que por esos rumbos teníamos.

El Loco Arnulfo, fue un personaje que conocí a fuerza de verlo seguido en nuestro barrio de la 5 de Mayo, mucha gente aun lo recuerda, él y su hermana La Loca Lupe, vagaban a diario por todo el rumbo, el loco sin hablar y la loca Lupe hablando de más, locuaz y bromista también perdida en las brumas de su a veces congruente proceder, lo mismo tostaba café que hacia tortillas de harina, lavaba o planchaba ropa. Ambos personajes existieron y fueron ampliamente conocidos por los vecinos del barrio.

En este personaje me base para hacer un pequeño cuento que constituye un suceso irreal que estoy seguro ha sucedido en alguna parte del mundo, no se dieron los acontecimientos como los relato, la situación es factible y en muchos casos quizá las circunstancias no se han dado al mismo tiempo que deseo hacer un homenaje a todos esos seres vivientes que han venido a este mundo en tinieblas y sin culpa alguna y que vagan.

Tiempo de vacaciones, atracones de guamúchiles, de péchitas, de naranjas agrias de juegos y de vagancia absoluta e irresponsable, días con huellas, profundas huellas en los niños que dejaron marcadas nuestras memorias, surcos pletóricos de semillitas plantadas sin conocer el valor del tiempo, semillitas que a través de los años germinaron, dándole paso a seres sensibles con el inmenso poder de acudir a esa  memoria de tiempos pasados en que ignorantes del inmenso e invaluable costo de esos momentos fugaces, hoy a la distancia, nuestra infancia volátil cada día que pasa, más nos acerca a nuestro destino, inexorable e inevitable destino.

CARA A CARA CON ARNULFO

Se deslizaba una tarde más, sin que nada perturbara la increíble quietud que a esas horas se respiraba; la “bucada”, fieles a su cita, reunidos en la esquina urdíamos a que jugar, algunos todavía mascando los restos de un “burro” de tortilla de harina y frijoles con queso, cuando presurosos se levantaron de la mesa a pesar de los gritos de la mamá que los conminaba a terminar de cenar, pero que como dicen ahora, “ni en cuenta”.

Todos hablábamos, reíamos, nos arrebatábamos las palabras, semejando una parvada de chanates, escandalosos, alegres, displicentes y sin preocupaciones, ignorando el clima, inconscientes de nuestra extrema pobreza, únicamente gozando el momento, cuando de repente ¡vámonos¡ sin  tiempo de pensar, de sopetón, ya me encontraba solo, todos los chavalos que apenas unos instantes antes me acompañaban: despavoridos, salieron corriendo, huyeron como conejos, desparramándose para perderse entre las casas y yo sin saber el motivo, todo esto en un instante. Sentí la presencia de alguien que se acomodaba en la banquetona alta de la esquina del changarro de mi barrio, lo vi y palabra que no me causó ningún temor; había oído hablar del “Loco Arnulfo” al que casi no conocía, pero allí a unos pasos, estaba la leyenda viviente; si, lo había visto de lejos algunas veces pero nunca tan cerca y deveras que no sentí algún miedo a pesar de que, repito, se platicaban cosas terribles acerca de su vida, a mí en lo particular, no me produjo sobresalto alguno, mucho menos algún tipo de rechazo hacia aquel andrajoso sujeto.

Me miró, sin mirarme, con una mirada incierta, perdida, mirando… nada, con una expresión de total indiferencia, prófugo de este mundo, una actitud insensible que a leguas difería mucho de la imagen que me habían creado de aquel indigente huérfano de alguna muestra de simpatía o de cariño, que vagaba flotando en el mundo de la irrealidad, libre de toda imposición social, dueño de su tiempo, despreocupado e impasible a todo lo que le rodeaba y a todos los que rehuían su desagradable presencia, desaliñada, cubierta con harapos y sin más propiedad privada que su hacha, una terrible hacha con hoja de acero con un filo capaz de cortar un cabello al aire, una hacha que lo acompañaba siempre, herramienta que le proporcionaba la  magra alimentación que su estómago le reclamaba, y que no le perdonaba, solo estómago y cerebro aparentaban ser las únicas conexiones que le funcionaban, bueno, aparte de la increíble  fuerza con que convertía  los troncos de leña en astillas y si se lo hubieran pedido, en pica dientes.

“El Loco Arnulfo” a semejanza de un mago de carpa, aparecía y desaparecía, dejaba de verse por un tiempo y luego a diario se le veía deambular en espera de que le llamaran para partir leña a cambio de lo que fuera, una tacita con café, tortillas o unas monedas, no había cuotas o precios por sus servicios, lo que fuera, una camisa, un pantalón, unos zapatos viejos, lo que cayera lo recibía sin decir una sola palabra, como un objeto inanimado, media vuelta y a otra cosa. Vivía en donde se le ocurria, dueño del mundo y de  cualquier lugar, al pie de un árbol, cerca de una tapia, en una casa abandonada o a medio construir, en donde le anochecía, en donde podía, sus pertenencias se reducían a su inseparable hacha y a lo mejor una atado de recuerdos que iban y venían sin que nos diéramos cuenta, solo el poseía la llave secreta de sus recuerdos, quien era, de donde venia, en donde nació, quienes fueron sus padres, su familia, quien sabe, lo único que demostraba saber es cuando tenía hambre o sed.

Los viejos del barrio contaban historias increíbles de las atrocidades que Arnulfo había cometido. Arnulfo sin apellido pero con un adjetivo que lo describía sin mucha razón: “El Loco”, al que jamás le vimos actuar denotando locura, lo acusaban de que fumaba en exceso “cosas raras”, que bebía hasta quedar inconsciente, pero no conocí a ninguna persona que jurara haberlo visto navegando en el lomo del potro salvaje de las fumarolas de alguna hierba o haciendo gorgoritos con algún liquido o bebida conteniendo alcohol.

Sus ojos, extrañamente rojos, como inyectados de sangre, su pelambre enmarañada y sucia, su barba espesa y crecida, manos encallecidas y ásperas como de piedra, todo, todo contribuía a que proyectara una imagen de orate, de alma perdida en busca de congéneres trogloditas, de otra época, súbitamente proyectado a la época actual, todo un “eslabón perdido” vestido con andrajos mugrientos que inexplicablemente no despedían olores o pestes nauseabundas como todos suponíamos, no sé porque razón no olía mal, las rocas no huelen mal, los arboles viejos tampoco tienen mal olor.

Ese era el “Loco Arnulfo”, el ser más temido por la chamacada, por las mujeres y por algunos hombres que se apartaban a su paso, temiendo un ataque de la bestia humana que en el veían, pobre loco, juzgado como peligroso sin tener ningún antecedente, ni de su origen mucho menos de actos violentos, portador de  la etiqueta de “Peligro”, sin ninguna razón, silencioso y tranquilo se prestaba para dar servicio a la comunidad: partir leña, limpiar un patio, retirar escombros, escarbar una zanja o cualquier labor. Mansamente como un animalito y sin mirar fijamente, acometía las labores que le encomendaban y que a duras penas entendía, sin mucho trabajo llevaba a cabo las tareas y las órdenes, sin proferir exclamaciones o manifestaciones de desagrado o malestar, mucho menos palabras indecentes, vaya ni siquiera se le conocía la voz.

EL HACHA TERRIBLE

Seguramente el aspecto fiero y sobre todo esa afilada hacha, la terrible hacha que, no sé cómo le hacía pero siempre la conservaba aguzada, filosa y limpia, impecable que daba la impresión de que -como una extensión de sus poderosos brazos de troncos de árbol añoso y  nervudo- siempre lista para el corte preciso y aplastante capaz de derribar un árbol con un solo golpe, que parecía portar un farol rojo con un letrero de “peligro”, advirtiendo de la supuesta locura de Arnulfo, a pesar de que, este, jamás demostró actitudes de enajenado mental, nunca llevo a cabo manifestaciones de locura, desaliñado, sucio, feroz en su apariencia, pero tranquilo, pacífico como remanso de agua estancada, ¡ah! si a todos nos juzgaran por nuestra apariencia, que mal parados quedaríamos.

Pasaron años y años de tranquila estancia provinciana, eso sí con el mismo calor, solo interrumpida por la muerte de viejos amigos, llegada de nuevos vecinos, aumento de raza en el barrio, chismes, pleitos de parientes, bodas, bautizos borracheras y pequeños incidentes comunes en todo barrio de ciudad, días que se deslizaban cómodamente , calcas unos de los otros, salpicados de vez en cuando por pleitos callejeros desbaratados por la “cuicada” y mitotes de barriada, aderezados con la música de la radiola de la cantina, días que lentamente reptaban formando semanas, meses y años, que nos convertían en jóvenes, viejos y a otros en ancianos.

DE PRONTO EN EL VERANO

Aquel día de verano agobiante, trabajosamente se respiraba, las cachoras buscaban la sombra de los mezquititos y binoramas de los alrededores, las chicharras no cesaban en su canto implorando la caridad de unas gotas de agua, una que otra alma se aventuraba a caminar de prisa y solo por necesidad para cruzar de una casa a otra, el sol quemaba inmisericorde, con saña, como deseando convertir todo en lumbre, como si su consigna fuera purificarnos con oleadas de calor. Las viejas del rumbo, presurosas, arrastrando las chanclas de mezclilla, mordiendo la punta de la toalla con que se tapaban la cabeza para cubrirse del sol, hacían los mandados para la comida y así poco a poco, el día transcurría sin prisas, tranquilidad que fue interrumpida por los  gritos desesperados suspendiendo la calma imperante del tranquilo barrio, gritos desgarradores y angustiosos que al viento lanzaba Doña Cuca, anciana vecina que desesperadamente imploraba ayuda, su casa empezaba a arder pero de a buenas, lenguas de fuego ya asomaban por las ventanas y como paja seca rápidamente convertía en dantescas e infernales escenas la humilde vivienda de la familia, y lo más horrible es que gritaba a los cuatro vientos que dentro de su jacal se encontraban sus dos nietos y su hija que no alcanzaron a llegar a la puerta que también estaba cubierta de llamas, llamas que lamian golosamente la madera vieja y apolillada. Todo un caos, baldazos de agua, gritos desgarradores, maldiciones, ordenes, llantos histéricos, desorden que en un ratito reunió a la totalidad de los vecinos y parientes que con ojos desorbitados veíamos como aquella vivienda se convertía rápidamente en cenizas, alcanzábamos a escuchar los gritos y el llanto de la señora y sus niños atrapados, petrificados, aterrorizados incapaces de tomar la iniciativa e intentar sacar a aquellas inocentes criaturas de la hoguera voraz.

UN ILUMINADO

Todo sucedía en unos valiosos fragmentos de segundos, tres vidas se perdían e irremediablemente perecerían entre las llamas que rodeaban  la casucha, gente  tratando de ayudar a acarrear agua que parecía gasolina, entre más le echaban mas se levantaban las lenguas de fuego, cuando de pronto, abriéndose  paso entre  la gente, con paso firme y decidido un bulto amorfo rápidamente derribo la puerta de un solo golpe y sin dudarlo ni un instante  penetro al dantesco lugar cubierto con una cobija mojada, totalmente empapada que lo protegió un poco del fuego, rápidamente tomo a los niños bajo el brazo y en un segundo viaje saco a la señora que ya estaba por perder el conocimiento, madre e hijos todos fuera de peligro, salvo quemaduras, raspones y el gran susto de saberse a un paso de la muerte y que después de tomar una gran bocanada de aire,  irrumpieron en llanto histérico.

Los presentes estallaron en gritos de júbilo y entre aplausos y vivas trataron de felicitar al héroe, pero este, ignorándolos y con desesperación se regresó y volvió a penetrar a la hornaza que ya estaba a punto de caer y después de interminables momentos, instantes que nos parecieron horas salió convertido en una antorcha humana, las barbas humeantes, girones de sus ropas todavía ardiendo, desfalleciente, pero con un gesto de triunfo en su quemado rostro enarbolando su querida hacha, que feliz,  mostraba como trofeo en manos de un deportista ganador, había rescatado su inseparable hacha; cayó inerte en la calle. aparentemente no tuvo sufrimiento alguno, murió feliz, se había regresado por que, por salvar a las criaturas, había dejado su hacha en las ruinas, su inseparable hacha que “El Loco Arnulfo”, se lanzó a rescatar entre el fuego, una vez juntos con cara de satisfacción, mansamente, abandonó este mundo que jamás lo comprendió, una vida ofrendada con la inconsciencia del que obedece solo un mandato divino que en esos instantes le dieron la luz suficiente para que con su hacha derribara la puerta y salvara tres vidas que al paso del tiempo siempre recordaran a ese ser que viviendo entre los torcidos renglones  de Dios, entregó a cambio su desértica vida.

Todos los vecinos acudimos a darle sepultura, por fin “El Loco Arnulfo” descansaba de la aventura que significo toda una vida –mejor dicho: mala vida- de vagancia, sufrimientos físicos, mal comido, sin afectos, huyendo como un ser apestado y que nos hizo sentir en toda su realidad, la aplastante vergüenza que significa juzgar a nuestros semejantes por la apariencia, dejamos por un lado el fondo del humano, que aun cuando se encuentre perdido en los difusos caminos de la vida es un ser humano que no tuvo la fortuna de poseer en esta vida el afecto familiar, mucho menos la estimación de los hermanos y amigos.

Paradójicamente el acto de este personaje, nos llenó de orgullo y de vergüenza, todavía le guardamos un enorme recuerdo respetuoso -que es lo mínimo que podemos hacer- y la vergüenza que nos sigue causando por ese acto de heroísmo digno de una persona cuerda y en pleno uso de sus facultades mentales y no de un presumible loco, indigno del aprecio de sus semejantes, pero que consiente o no, ofrendó su vida por la de unos desconocidos, unos desconocidos que a lo mejor le profesaban un terrible  pánico.

Ignoro cuantos seres ignorados y perdidos entre los recovecos de la gran ciudad, vagan sin rumbo y vilipendiados por la sociedad inmisericorde que sin razón alguna los hacen víctimas de la total ignorancia y despreciando al ser humano que todos llevamos dentro pero que solo la envoltura nos hace diferentes y en algunos casos nos hace sentirnos seres superiores. Craso error, en algún rincón de la mente de esos desamparados existe un halito de humanidad y no siempre somos testigos de su despertar. No sabemos qué tragedia encierra cada uno de estos desheredados de la sociedad, ignorados por su familia que vergonzosamente ocultan los lazos consanguíneos empujándolos al fondo del barranco del olvido enfermizo y frio.

SOLO UN RECUERDO

Cuando nos sentamos en verano a tomar el fresco de la tarde, no podemos dejar de recordar este hecho del que guardamos un recuerdo perene todos los que presenciamos la inusitada entrega desprovista de todo tipo de egoísmos, no sabemos ni nos imaginamos como fue que este personaje alcanzara a comprender la magnitud de su inmolación, como fue que le llegó a su adormilado cerebro la claridad, para rápidamente pensar en empapar sus ropas y hacer uso de su valiosa compañera, aquella hacha que jamás supimos a donde fue a parar, nadie tuvo la precaución de cuando menos enterrar al “Loco Arnulfo” con el hacha en sus manos.

Todo lo anterior está basado en uno de los personajes anónimos que llenaron nuestro entorno de barriada en aquellos inolvidables años de irresponsable niñez y despreocupada juventud, un personaje como hubo muchos y que difícilmente serán recordados, salvo en ciertas ocasiones en que casualmente nos reunimos viejos residentes de mi barrio querido, la 5 de mayo, lugar en que ficticiamente sucedieron los hechos aquí relatados en que lo único verdadero fue este señor, más no su acción.

 

G r a c i a s

 

Fernando Andrade Domínguez
H. Rangel Lugo #139 y 5 de Febrero,
Col. 5 de Mayo.
Tel. 2-172804, (21)738122
Correo electrónico: andrade_nando@yahoo,com
Hermosillo, Sonora, México


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