Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Ni siquiera el agua fría lograba animar el alma de aquel hombre, había pasado una noche cruenta, vuelta y vuelta sobre su colchón de muchos  años,  como los que él llevaba a cuestas; acidez estomacal, dolor de espalda, una reuma en el hombro derecho o ¿quizá fue el izquierdo?   ya ni sabia,  un enfadoso dolorcito de cabeza causado por el olvido de tomarse la pastilla para la presión, más de tres viajes al baño;  cuando menos que no le dolieran las piernas, pensó, pero pues ni modo había que ir a misa y pasar un domingo de reunión familiar como se acostumbraba desde mucho tiempo atrás.

Con muchos trabajos se ató los zapatos, pasó el peine por su escaza cabellera y cavilando, empezó a rezongar por lo que le esperaba, como todos los domingos, no podía echarse su siestecita porque había que resignarse a la cucharada con la que siempre lo recetaba su compañera: “ya ni la amuelas, vienen tus hijos y nietos y tu te vas a acostar”  bueno,  pues al mal tiempo, pues buena cara; que se le iba a hacer.

Así empezaba el día para el “Hombre invisible”,  llegaban las tropas de ocupación personificadas por la bola de  nietos  e iniciaban su labor de zapa, desorden y destrucción en las que se convertía en un inánime espectador, sin derecho a regaño a la infantería pues podría causar un grave deterioro emocional a tan tiernas y dulces criaturas que sin reparar en su presencia lo atropellaban, lo brincaban, lo empujaban y lo mas grave, lo ignoraban, hasta  que sus padres les gritaban que había que saludar  a los abuelos. ¡Ah! por que también a la abuela la ignoraban, un saludo exprés y san se acabo. Así transcurría el día, todos platicando,  riendo, comiendo, departiendo entre ellos, si,  entre ellos porque los viejos son muy anticuados y con ideas retrogradas, pasados de moda y más que nada “muy rezongones”, “corajudos y de muy mal humor”, con la cara avinagrada y con el regaño en la boca.

Desde algún tiempo había venido observando que para los jóvenes no es muy agradable el compartir el tiempo con los abuelos, con los viejos, también  reconocía que su comportamiento últimamente,  se había venido agriando, poco a poco, producto del sentimiento que le causaba el hecho de que su presencia pasaba desapercibida para toda la parentela, no solo en su casa,  también en los lugares que frecuentaba, la iglesia, el café, las reuniones de amigos, las fiestas de celebración de acontecimientos familiares: bodas, bautizos, confirmaciones etc., lugares en los que aparentemente su presencia casi nadie la percibía, pasaban a su lado sin verlo, sin saludarlo y eso, duele. Alguna vez lo comentó con su compañera pero valía más que jamás lo hubiera hecho, en ese caso si fue atendido pero para echarle en cara lo amargado que estaba, del enorme rencor para con la vida,  que trasminaba, en fin,  fue por lana y salió trasquilado.

Sabía que también su eterna compañera sufría por lo mismo,  pero de alguna manera lo aceptaba y lo recibía con ojos de madre, con la excusa bajo el brazo,  para ella lo que sucedía estaba normal, lo veía muy natural, aparentemente, porque sabía,  al igual que él, que nadie la notaba, se había convertido en un mueble, siempre presente,  pero únicamente necesaria para cuidar a los niños o para hacer la comida a la que los tenía acostumbrados, pero jamás, nunca se quejó con él, no deseaba reconocer el hecho de que después de formar parte primordial de una familia, de un hogar, en la que el eje principal lo significaban la figura inmarcesible de la MADRE y el proveedor económico el PADRE, poco a poco fueron perdiendo la autoridad, sus consejos, todo un arsenal y siempre tan sabios,  ya no se requerían como antaño, ya cada quien se había convertido en autosufiente y ya no los ocupaban como antes.

Si, el cariño allí esta,  poquito recargado hacia el lado materno, el matriarcado se hace presente en todo momento y de veras que no es criticable, es la madre la que los trajo a la vida, la que los crió, perdona, cuida, solapa, cómplice y paño de lágrimas de los hijos y ellos aun de adultos se siguen identificando mas plenamente con ellas.

Cuando de permisos o necesidades de dinero se presentaban a los hijos: “tu dile a mi papa, por favor”,  recados y súplicas de la compañera para sacar adelante y que por lo general no existía el puente natural de confianza para decírselo directamente al padre, el padre que cuando llegaba de trabajar en frio y sin anestesia recibía las quejas “Ya no los aguanto, no me hacen caso, regáñalos, pégales para que entiendan”… y a desempeñar el papelito de juez impartidor de justicia hogareña, convertirse poco a poco en el verdugo temido,  lógico,  los hijos siempre acudirán a la madre y en el fondo guardaron  cierto  rencor hacia el serio y poco comunicativo papa.

El tiempo en su inexorable paso nos convierte en ancianos, viejos, enfermos y con poca vitalidad para desempeñar el papel de hombre seco, frio, dotados de una  inteligencia muy superior, poco a poco han  ido desapareciendo muchas de las cualidades con que la naturaleza nos dotó, la capacidad para  resolver en cualquier momento todo tipo de problemas del hogar, como se hizo en el pasado, sin embargo en esta fase de nuestras vidas, cuando supuestamente hemos adquirido el valor necesario para que nuestros hijos nos lo reconozcan y  nos vean desde el ángulo paternal,  anteponiéndose al “respeto” o miedo que les inspirábamos, paso que dan por lo general nos lo comentaban y aceptaban nuestras opiniones sabedores de que siempre fueron  bien  razonadas y fueron las mas  acertadas, acrecentando el  criterio para valorizar  a los viejos como también nosotros adquirimos de nuestro padre.

Perdemos la privacidad de nuestro sillón favorito, de nuestros espacios, del disfrute del canal televisivo  que más nos gusta, estamos obligados a ver el canal de las caricaturas o telenovelas, a estar constantemente supervisados (y que bueno que así es), para que tomemos los medicamentos a su hora y no comamos lo que nos hace daño, de algún modo regresamos a nuestra niñez, somos mas tozudos e intolerantes, perdemos frecuentemente la paciencia, lo que nos disgusta no lo disimulamos, ponemos cara  de disgusto a la menor provocación, ya no sabemos sostener una discusión en calma y creemos tener siempre la razón y lo peor es que , todo lo reconocemos, nos sabemos intolerantes pero seguimos siendo padres, lo que pasa es que ya estamos en un periodo en que la piel es más sensible, por supuesto que nuestros sentimientos también se vuelven más susceptibles y nos sentimos heridos por cosas sin razón, en fin, en cada casa existe un viejo por ventura divina, que bueno que así sea, siempre es mejor que “como recuerdo al viejo gruñón de mi papa”, “tenia mucha razón mi papa”, “debí hacerle caso a mi papa”, “se hizo muy corajudo pero siempre nos amo”…

La categoría de “invisibles”, nadie nos la quita, seguimos siendo invisibles para nuestros nietos, para las esposas (os) de nuestros hijos,  ya no contamos para las cosas triviales y de todos los días, salvo, para las cosas de mucho fondo o muy importantes, conservamos nuestra autoridad intelectual y el apoyo moral que jamás escatimaremos a nuestra familia. ¡¡¡ Padres del mundo, uníos¡¡¡, seamos mejores, luchemos por ser más tranquilos, abrir nuestro espacio de comprensión hacia los jóvenes y sobre todo a nuestras compañeras de toda la vida, a quien compartió todas nuestras inquietudes juveniles y sobre todo que nos ayudaron firmemente a formar a nuestros hijos, reconozcamos que es a ellas a quien  se debe el buen desempeño de ellos  en la vida;  aun cuando nos hemos convertido en INVISIBLES,  en algún rincón del alma estamos presentes y se nos quiere.

Gracias

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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