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El despertar a la vida |
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| Fernando Andrade Domínguez | El Pitic |
Apenas empezando a vivir y tener que enfrentarse a la cruda realidad de la vida, al encuentro de una verdadera aventura, a iniciar una etapa inolvidable en nuestras existencias: IR POR PRIMERA VEZ A LA ESCUELA, dar principio a la preparación y adquisición de conocimientos, los mas elementales y que serán los cimientos del edificio de cultura que iremos construyendo año con año. Cortar el cordón umbilical que nos mantenía unidos a la comodidad de ser niños; temores, angustia a lo desconocido, a la soledad, encuentros con otros niños de la misma edad, que jamás habíamos visto en la vida, si acaso, uno que otro vecino del rumbo, todo un trauma el acudir por primera vez a la Escuela Primaria. “No hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla”, por fin el momento cruel y despiadado, en que mi mama me soltaba de la mano y se alejaba... como lanzarse al vacio sin paracaídas. ¡¡¡Solo!!! …totalmente solo y con mi alma, rodeado de un montón de azorados chamacos con la misma expresión de desconcierto, buscábamos algo o a alguien que nos diera apoyo. De pronto... surgida de no se de donde, como por arte de magia, hacia su aparición una cara amable en aquel mar de buquis, ¡La Maestra!, casi por regla general una Dama ya entrada en años, que se prodigaba consolando a diestra y siniestra, repartiendo sonrisas, regalándonos abrazos, palmaditas y cachitos de confianza, ¡La Maestra¡, esa muy respetable señora que despacito, muy despacito nos fue ganando, se fue adentrando en nuestras fértiles almas de niños y que ya para el primer mes de clases estaba convertida en la figura principal de todas nuestras emociones infantiles . Por lo general, la mayoría terminábamos idolatrando a la Maestra y en el caso propio, con más razón, jamás, nadie, fuera de nuestras familias, nos habían regalado: comprensión, cariño, paciencia; paciencia digna de un santo, lentamente nos fue descorriendo el sutil velo de nuestra infantil ignorancia del total desconocimiento; penetramos en el mundo de la escritura y de la lectura: MA, ME, MI, MO, MU; DOS POR DOS… CUATRO, DOS POR TRES… SEIS, DOS POR CUATRO… OCHO, DOS POR... en una cantaleta y sonsonete que a la fecha ya no se repite, han cambiado los métodos de enseñanza, se han modernizado, para el bien de la educación, pero que a nosotros nos parecía lo máximo. La Maestra pasaba a ser la figura principal, la idealizábamos convirtiéndola en algo muy superior, muy por encima de todas las personas y sobre todas las cosas, en ocasiones hasta el nivel del cariño por nuestras madres, la confianza en ella rayaba en la veneración, su palabra: ley, su sonrisa el premio mas anhelado, una pasadita de su mano sobre nuestras cabezas, lo máximo que nos podía suceder. Flotando en retrospectiva en el tiempo, el recuerdo de mi maestra de PRIMER AÑO, cada día adquiere mayor valor, un valor que se supera día con día y sean estas frases aquí escritas un homenaje muy serio y respetuoso para la SRA. PROF. DELFINA CELIZ DE RUIZ, Maestra de tiempo completo, de vocación firme, mi maestra de primer año en la ESC. PRIMARIA PROF. “HERIBERTO AJA” una de las mejores escuelas de enseñanza primaria en la Ciudad de Hermosillo, que hasta la fecha mantiene esa hegemonía durante mas de 60 años. Aun pasados los tres primeros años de primaria, seguíamos buscándola y añorábamos los meses que con ella compartimos las cuatro paredes del primer salón en la planta baja en el ala sur, desde las ocho de la mañana hasta las doce del día, de las tres a las seis de la tarde lunes a viernes toda la semana y de ribete el sábado de las ocho a las 12 de medio día. Recordar con mucho gusto a los compañeros con los que conviví durante seis años, los primeros amigos, los juegos y el diario trato que a la fecha, transcurridos ya una verdadera vergüenza de años, aun permanecen en mi memoria sus recuerdos fresquecitos, como si el tiempo se hubiese detenido, la gran mayoría, de todos aquellos que formaron parte muy importante en mi formación, especialmente mis maestros, todo aquello que a la distancia contemplo envuelto en una nube de colores pastel o en ocasiones en color sepia con la patina del tiempo. Mi compañero de mesabanco: Roberto “el Negro” Félix Sáenz, más atrás, Ramón “El Chilico” Astrain Sánchez, Adalberto “Catete Chico” Castro González, Héctor “Catete Grande” Castro González, Gabriel “Güero” Field Robles, Hugo “El Suavecito” Pompa Estrada, Francisco “Pancho” Salas Barragán, Feliciano “Duro” Villa Silva, Fernando “Güero” Badilla, Heriberto “Zurdo” Ramírez del Castillo, Norberto “Cuate” Cadena Bujanda, Rafael “Chato” Sánchez López, René “Gato” Ruvalcaba Patrón, Jesús “Tuti” Leyva Martínez, Fidel “Prieto” Ramírez Moraila, Pedro “Pet” Vargas Morales, Rafael “Huevo” Del Castillo Ramírez, Marco “Largo” Alessi Sánchez, Luis “Huilo” Ramírez Rodríguez, Gerardo “Guacho” Cervantes García, José “Sapito” Abarca Grajales, Josí Luis “Cabezón” Vega González, Pedro “Cara de Piedra” López Martínez, Joaquín “Chero” Figueroa Duarte, a todos ellos muchas gracias, muchas gracias y ojala algún día podamos juntarnos, simplemente platicar, reencontrarnos y hacer evocaciones. Que suerte haberlos conocido. Por supuesto que en forma muy especial mi afecto, respeto, agradecimiento eterno a algunos de mis maestros, algunos: Delfina Celiz de Ruiz, Luz Casanova, Lourdes Figueroa, Hugo Montaño, Alejandro Llánez Madrid, Marianita Ramírez, Alejandro “Sahuaripa” Méndez, Héctor “Camarón” Coronado, Fernando Munguía, Judith Flores, Ma. Jesús “Quechu” Saguchi, Roberto “Terry” Rendón R., Panchita Muñoz Andrade, Teodosio Navarrete, Fernando Domínguez, estos dos últimos Directores de la Escuela en diferentes épocas. a todos y cada uno de ellos, que hicieron posible que esa pléyade de chavalitos se convirtieron en hombres y mujeres de provecho, muchas gracias.. Algunos compartimos la Escuela Primaria con amigos y amigas que al paso del tiempo se convirtieron en compañeros de la vida; Dr. Víctor Galindo Sánchez, Octavio Galindo Sánchez, los Borgo Miranda, los Borgo Domínguez, Dr. Mauro Contreras, Jorge Negrete Navarro, Francisco Andrade Gil, Jesús Arturo Trujillo, Marco Antonio Trujillo, Federico y Humberto Vidal, Mario y Gustavo Leyva Vidaurrazaga, Los Chatos Arias, Los Zayas, Los Lemas, Los Landeros, los Pompa, Los Salazar y todos los que no recuerdo que ruego me disculpen, pero que en cuanto los veo me arropa una ola de bellísimos recuerdos e inmediatamente acude a mi memoria su nombre y hasta el apodo con que los conocíamos. El arroyón al norte de la escuela, los guamuchilones, el frontón en las paredes norte y sur, el enorme estadio deportivo y sus gradas de cemento, el patio frontal hasta la calle Revolución, cubierto de palmeras protegidos por javas de madera, La Cruz Gálvez, las excursiones sabatinas para el rumbo en donde hoy se localiza la Colonia Pitic, el consentido de la Profe o del Profe, las “huidas”, después les apodaron “hacerse la pinta”, el cuaderno enrollado en la bolsa trasera del pantalón, el lápiz de tinta, el casquillo, ¿traes Navaja, navaja, navaja, navaja y esto ...... y aquello.... y todo lo demás que formo parte de nuestra niñez, por cierto no muy lejana... jm, jm, “Que cincuenta años no es nada, que feliz la mirada”....- Algunos compañeros aun con más edad también fueron condiscípulos en esos benditos tiempos, cada año había “repetidores”, o los bajaban de año, no pasaban, reprobaban y lo único que sucedía es que repetían el año, recuerdo que hubo algunos que de plano ya tenían dos que tres años repitiendo y la escuela se negaba a recibirlos (hubo casos); la frase de final de año ¿PASASTE? ¡SI¡ hijuela, de puro panzaso. Esos chavalos necesitaban el auxilio de consejeros, psicólogos, o de escuelas especializadas en niños con problemas de lento aprendizaje, pero eso todavía no existía y todo se solucionaba con “repetir” el año y si dejaba o no secuelas, con el tiempo, únicamente con el tiempo, se sabia. Cuanta oportunidad tengo de pasar frente a mi escuela me envuelve el vehemente e imposible mágico deseo de que cuando menos se me concediera el poder vivir una sola mañana de un día de clases, encontrar a los amigos para que juntos compartamos el ¿Qué hemos hecho?, ¿Qué quisimos hacer?, ¿Qué vamos a hacer?, ¿Cómo lo vamos a hacer? Todo esto sin que signifique un deseo de volver a vivir los tiempos pasados, ¡¡no!!, simplemente satisfacer el deseo de comprobar que lo que soñamos, lo logramos, lo superamos o de plano, no se pudo; dar gracias juntos por seguir conservándonos en la memoria y, el deseo de poseer un don especial para que en franca comunión con la niñez actual, poder decirles: “Por favor, gocen a plenitud cada minuto, cada hora, cada día, cada año de estos benditos tiempos irrepetibles y que no volverán... imposible de los imposibles". Lo bello e incomparable de los tiempos de la niñez y la feliz inconsciencia de no saber que jamás volverán. Que sencilla es la felicidad y pensar que la buscamos afanosamente, algo tan simple y que ignoramos en qué consiste. Amén.
Fronteras y 5 de febrero 139, |