Recopilación: Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Una recopilación basada en un artículo de Pedro “El Mago” Septien en la historia del Box Mexicano (1895-1960), de Marco Antonio Maldonado y Ruben A. Zamora. Pasion por los Guantes. 

Aquella desmedida afición al box que mostraron varios de mis compañeros de equipo de beisbol, me empujaron hacia la oportunidad de acercarme por primera vez a una arena de box;  amor a primera vista, el ambiente cuajado de un ácido olor a brea, aceites y bálsamos, sudor, instrucciones a gritos  ¡Tira la derecha! ¡Finta! ¡Tiempo! Un constante saltar, un salón de baile sin damas, el ballet agresivo;  la luz y la obscuridad.

Como la sensación de un rito antiguo en el que se enfrentaban con fiereza la luz y la obscuridad en el escenario de la liturgia manufacturado con el mismo material: al penetrar recibiendo el abrazo de la obscuridad  en la que solo se vislumbraba un haz de luz que iluminaba una lona plana en donde se llevaría a cabo la ceremonia de la destrucción.

Rápidamente aprendí que el mundo de la fistiana, el milenario pugilismo se había construido sobre esa dualidad: en una esquina el gladiador, ídolo de miles de fanáticos que con desesperación seguían sus movimientos arriba del ring,  y en la esquina opuesta, sin luz y sin banquillo, el mocetón que había abrazado el deporte por necesidad, necesidad  de llevar que comer a su hogar. No importaba el peso del oponente, no importaba la cantidad de ocasiones seguidas que tendría que contender en presentaciones durante toda la semana, esta y la otra por el mismo precio.

Al hacer esta evocación raudo acude a mi mente el incuestionable Rodolfo “Chango” Casanova, con aquella  fiereza demostrada arriba del ring;  el consumado bailarín que fue Luis Páramo “Kid Azteca”.  Pero ¿A que nadie recuerda al indómito Agustín Zaragoza? que hacia valido el dicho de que  “el que es buen gallo, donde quiera canta”. Y a ese fino boxeador de aire vivaz que se llamo Pedro Ortega, que venció a los dos grandes ídolos mencionados solo con la izquierda, pues al primer golpe “la  derecha se le fracturaba” , o a todos aquellos peleadores que iban rodando de feria en feria. Era la luz y la sombra.

Rodolfo "Chango" Casanova

Todo aquello me arrastraba a la entrada del Cine Arena con su redondel taurino adaptado como cine, presentación de artistas,  gimnasio y ahora arena de box y lucha que el   gigantesco  “Chapo” Romo  nos brindó en bandeja de plata como un manjar muy exquisito digno de gourmets deleitadores de la buena crianza de los miura que por ese lugar desfilaron derramando talento, indomable fiereza y sobre todo dotados de productos de gallina, necesarios para enardecer a la turba sedienta del espectáculo brindado por dos verdaderos gladiadores que jamás escatimaron valentía alguna para demostrar su alcurnia y su realeza de púgiles ciegos por la avidez de la gloria y  del triunfo.

Rodolfo "Chango" Casanova (de negro); Kid Azteca a la derecha
y Baby Arizmendi a la izquierda

Ahora,  a través del tiempo transcurrido comprendo a todos aquellos que se arrojaron al torbellino del torrente con sabor a sangre del box, ahora me explico el porqué y las razones que tuvieron para dedicarse de lleno al arte de fistiana;  a otros les falto decisión y retar a los temores de nuestros padres que al descubrir huellas de los enfrentamientos de “chiruzas” aventados con afición al deporte de los guantes y las cejas rotas, nos prohibieron terminantemente el volver al templo donde el máximo tótem lo significaba la presencia del zar del boxeo en La Cruz Gálvez, en Hermosillo, en Sonora y en el México de Alejandro Aguilar “Fray Nano”, Miguel de la Colina y los Lutero y todos aquellos que hicieron posible el espectáculo en toda la América nuestra.

Rodeaban al Cine Arena como opacos planetas al sol brillante, las anónimas arenitas de las Juntas Vecinales que se empeñaron en entretener a la juventud con el pasatiempo que tanto llamaba la atención, allí se empezaron a forjar estrellas que más tarde se encargarían de encabezar aquellas papeletas que semana a semana atraía al público aficionado como el foco a los insectos. Si la atmósfera del Cine Arena era hechizante, el pequeño  mundo de las arenitas de barrio no lo era menos. El movimiento pendular de los pesados costales llenos de arena al ritmo de los golpes sólidos y sonoros así como el ruido que como zumbido de abejas,   producían las suelas de las zapatillas al roce con la lona en su elegante y bellísimo ballet, gracioso y soberano,   ejecutado con maestría por los chiruzas y los estrellas revueltos en un mar de jabs, rectos, opers y cruzados;  trompadas, moquetes y ojos morados, labios saboreando el salado sabor de la sangre. 

Excitante y ensordecedor ruido en los gimnasios improvisados entre los tendederos y lavaderos en los amplios patios de las casonas de antes, allá por San Benito, la 5 de Mayo o la Olivares, donde pandillas de chamacos agitados pegaban de brinquitos breves,  elásticos y a veces hasta eléctricos, ensayando poses y actitudes de los que ya salían retratados en los programas o en la prensa.

Mundo muy pequeño, días de entrenamiento y noches de debut, no exento de honradez y pundonor avecindado con el truco y la engañifa de otros. Es el mundo del héroe y del bribón, de la tragedia y la comedia, esos dos rostros del teatro clásico que señalan destinos muy opuestos. Es el mundo del boxeo, tan humano, tan lleno de apasionados seguidores como de su contraparte, los impugnadores que ven en el pugilismo el eclipse del ser humano.

Si el béisbol es matemática oculta y brillane ballet, el boxeo es demoledora precisión y distancia engañosa. Es toda la vida relatada en tan solo tres minutos. . . apenas.

G r a c i a s

Nota: Imágenes tomadas de boxeomundial.net y deporteshoy.com

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
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Hermosillo, Sonora, México.


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