Fernando Andrade Domínguez El Pitic

Gracias a la vida, gracias por la vida

No es posible poder describir la emoción de recibir al primer hijo o al primer nieto; desde que nos enteramos del sexo del recién nacido, hasta el momento en que nos lo presentan e inútilmente nos devanamos los sesos tratando de encontrarle parecido físico con la parentela, sobre todo con los más viejos; solo al final nos acordamos de los padres.

Por lo pronto, el sexo del recién nacido, ya es de sobra conocido por toda la familia, (que por lo general, siempre niega que ya lo sabe); la magia de la modernidad nos permite a través del ultrasonido, conocer desde los primeros meses de gestación, si tendremos que adquirir ropita rosa o azul. Más del 70 % de los bebes,  no nacen de forma natural, actualmente es más común el nacimiento  a través de la tan socorrida “cesárea” que ha venido en auxilio de los médicos que la utilizan para evitarse problemas y que también es una forma de frenar la explosión demográfica.

En el momento del alumbramiento, las mamás ya sabían que todo estaba a punto de suceder, la familia también estaba preparada, con tiempo, habían apartado a la “partera” del barrio, en aquellos polvorientos años, casi el único medio conocido y al alcance de la precaria economía familiar, para ayudar a la parturienta al buen parir.

Por lo general las mujeres salían de su cuidado y “sanaban” en el domicilio  particular; en contadas ocasiones, con la profesional asistencia de un medico o con la ayuda de una matrona, con bastante práctica para esos menesteres y que en ocasiones hacían mejor el trabajo que muchos galenos, esto, considerando que hablo más o menos de los años treintas y cuarentas.

En mi barrio, la mayoría de los que componíamos esa célula, que da forma a las grandes ciudades, teníamos una “partera” de cabecera, “Doña Julia Vidal”, que a muchos nos dio la primera de las muchas nalgadas que íbamos a recibir en el futuro

Empezaba el ajetreo, hervir mucha agua, hacer de las viejas sabanas, bien hervidas por supuesto, las gasas y vendas necesarias, la chamacada y “el viejo” pa´fuera, allá al corral , a echarse unos “pajuelazos” de soyate, mezcal o bacanora, a convertir en humo y cenizas un par de cajetillas de cigarros, el ir y venir de las vecinas, las siempre serviciales vecinas que lo mismo repartían unos tecitos, café o acarreaban comida a la chamacada que de momento se quedaba sin quien le hiciera el “pipirin”; la abuela arrastrando sus chanclas de mezclilla, con un humeante macucho (cigarro torcido en casa) colgando de la comisura de sus labios, arrugada y desdentada boca que se la llevaba renegando de todo y por todo, en fin todo un señor fandango.

Escuchar el primer berrido del nuevo miembro de la familia y aflojar el cuerpo, se convertían en acto reflejo, de momento se acababan las tensiones y la incertidumbre causadas por los nueve largos meses de espera, incomodidades, malestares, ascos, mareos y todas las recomendaciones y consejos de las vecinas y parientes.

A contarle los dedos de manos y pies al recién parido, checarle las orejitas, los lunares, el movimiento de sus extremidades, imagínese el control de calidad de toda la parentela y el viejerio del rumbo.

Enseguida darle la nueva a la mamá…el niño(a), está muy bien, ya lo están bañando y se parece mucho a ti”, pero luego  se deja venir un alud de opiniones: “no es cierto se parece mucho a la familia del papá”, “pero si es el vivo retrato del abuelo”, “no, tiene los mismos ojos del “pelón” (el chamaco más grande)”; “va a ser muy largo, veras fíjate en las piernitas”, “se le hacen unos hoyitos en la mejilla como a la tía concha”; bueno, un análisis muy completo y muy bien avalado.

Pasado el trance, la partera seguía siendo parte muy importante del nuevo vecino, atenderle el ombliguito,  hacerle las curaciones necesarias hasta que se le desprendía, enseñar a la mama como fajarlo, como guardar la cuarentena obligada, las recomendaciones para que  no saliera destapada de la cabeza o de la espalda, evitar un mal aire tanto a la mama como a la criatura, cuidado con bañarse, prohibidísimo, se podía pasmar, darle un enfriamiento que no le permitiría criar leche o un dolor muy fuerte que la enfermaría, y así hasta llegar el día en que le cerraba el ombligo y había que enterrar la tripita en toda una ceremonia o simplemente guardarla con mucho celo en un sobrecito con una hojita escrita en donde se leía “este es el ombliguito de Pedrito” que al paso del tiempo, con mucho orgullo, enseñarla a la familia.

Muy pocas veces nos hemos puesto a pensar en lo valiosa, útil, responsable, eficaz y bella labor de las “parteras empíricas”, por lo general señoras entradas en años, que jamás ponían alguna objeción para que a la hora del día, de la noche, de la madrugada en que sus servicios se requerían, con mucho cariño y don de gentes, llevaban a cabo la bellísima acción de dar vida, traer al mundo seres que en algunos casos jamás llegaban a conocer y todo esto a cambio de unas cuantas monedas y a veces de fiado, pagadas con unas gallinitas, huevos o un cochito.

Los amplios conocimientos y la vasta experiencia avalaban la seguridad y eficacia con que traían al mundo a la chamacada de aquellos años y de aquellos lugares. También en las familias de recursos, los servicios de las parteras fueron muy reconocidos y gran parte por el falso machismo o celos de los maridos que no deseaban por ningún motivo que su esposa fuera atendida por un hombre, medico pero al fin hombre.

Con su permiso y salvo mejor opinión con las parteras, estamos en deuda, debemos recordar y rendir un homenaje a todas esas damas con un oficio en extinción, que sacrificaron atenciones a sus propios hijos por dar vida  a los ajenos, dándonos un verdadero ejemplo de lo que significaba el dar la vida, con ese afán que las caracteriza, porque creo que aun sus labores son requeridas en algunos puntos de nuestra República, en que todavía se vive como hace más de cincuenta años, con la dedicación profesional de quien nos hizo trasponer el limbo y hacernos despertar “bruscamente” a la vida, a esta hermosa vida.

Fronteras y 5 de febrero 139,
Barrio de la 5 de mayo,
2-156460, 2-172804, (6621) 738122
andrade_nando@yahoo.com.mx
Hermosillo, Sonora, México.


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