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| Fernando Andrade Domínguez | Relato de Luchi Mazón de López |
Muchas, muchas veces fui al Mercado Municipal. Era a finales de los años cuarentas, no había supermercados y todos los Hermosillenses pobres y ricos nos encontrábamos ahí todos los días. Pasaba por el puesto de Doña Carmen del Toro, pero a mi me gustaba hacer mis compras en la tienda de Don Pancho Piña (le ayudaba en el despacho de abarrotes su esposa Anita y dos muchachas de apellido Cota). Podía comprar diez centavos de mantequilla de la buena, de rancho, huevos a dos por quince centavos, diez centavos de manteca de puerco y cinco centavos de manteca vegetal. Pasaba por la carnicería de Jesús Ancheta y de Don Fernando López, donde de las paredes colgaban grandes vejigas limpias e infladas, las que creo que usarían en el empaque de chorizo o de rellena. Mis compras las hacia con los hermanos Serrano, ya el pedazo de gusano, de palomilla, hueso, pecho o la chocozuela. Al pasar por la Administración podía yo mirar trabajando a un señor de apellido Palomares. Al comprar verdura y fruta podía escoger entre los puestos de Doña Maria Blanco, Moisés, los Saguchi o con los Castellanos que estaban recién llegados al mercado. Con Elvira llegaba a comprar el pan, yo siempre la miraba en “La Convencedora” muy guapa y haciendo cartuchos que pegaba con engrudo, también enseguida estaba el puesto de Roberto Fu (compañero de escuela). Por el centro del mercado cruzaban muchos jóvenes que iban a trabajar rumbo al “molino la Fama” y por ahí cortaban camino. Entre ellos recuerdo al joven Salazar, Fonseca y Thompson. Todos ellos venían del rumbo de la Plaza Zaragoza. Ya por fuera del mercado hacia el norte estaba la platanera y ahí miraba a Doña Lupe con sus grandes arracadas al estilo de “la Adelita” que salía en el Pepín (revista de aquellos tiempos), al lado estaba la tienda de los Hermanos Noriega recordando entre ellos a Efraín. Por el lado sur estaba la tienda de ropa del Sr. Teofilo Save “La Cooperación”, “La Cadena”, etc., enfrente de estos negocios en la esquina estaba“La Cosalteca”, recordando especialmente a Gustavo, Pepe, Fina y a Enrique. Y a unos jóvenes con mucho “pegue”, llamados Ramón y Jorge Izabal. Al lado estuvo una tienda de una señora que le decían la “Rusa Vieja”, la zapatería “La Princesita” de Jacobo Sider, también de origen ruso al que le ayudaba en la tienda su esposa Ángela Marroquín. Ellos tenían dos hijas llamadas Olga y Sonia. En la esquina con Guerrero estaba la "Gran Abarrotera de Sonora” del Sr. Enrique Hoeffer donde habia abarrotes, ropa y calzado. Trabajaban ahí Socorrito Hernández, Lolita Torres, una muchacha de apellido García, Elvira Izabal, Trini Vera y Maria Villa. Del departamento de abarrotes recuerdo a Jorge Velazco y Agustín Haro. Contra esquina estaba la ferretería de Don Manuel Puebla donde por épocas navideñas íbamos a ver el escaparate donde exhibía a Santa Clos y numerosos juguetes entre ellos caballitos de cartón, muñecas de celuloide, tastecitos y baleros y desde luego la muñeca de moda Shirley Temple. Contra esquina de esta tienda estaba por el lado oeste (donde actualmente hay una tienda de telas), la tienda de la familia Chong. Detrás de la tienda estaba la casa donde vivían Adan y Eva Chong y demás familia. Al lado estaba la tienda de abarrotes de los Lliteras y cruzando la calle estaba la tienda “El Paso” de los hermanos Sánchez. Por la acera norte estaba un molino de nixtamal y algunos restaurantes. Juanita de Anda entregaba café a los locatarios, ya que no habían tantas fondas dentro del mercado. Por el lado Este, estaba un negocio de ropa de el Sr. Molina, “La Parisiense”, donde trabajaba el joven que después llegaría a ser “El rey de las Especias” Epigmenio Castillo, y por ahí cerca estaba la Joyería de la familia Terán “La Violeta”. Luchy M. De López Este relato me fue enviado por la autora y se me hizo tan nostálgico que me he permitido publicarlo en Expreso y en El Pitic, además, de que en entrevista radiofónica en el programa que trasmite Radio Sonora , el domingo 4 de Diciembre de 2005, personalmente lo relató al aire. Fernando Andrade Domínguez |