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Avenida de "Los sueños compartidos" Hermosillo, Sonora
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| Fernando Andrade Domínguez | Agosto de 2008 |
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Permanecen latentes en mi memoria y todavía saboreo con fruición lo dulce y lo amargo que contiene el arcón de mis indelebles y perennes recuerdos así como con mucho gusto todo aquello que nos preocupaba en nuestra ya un poco lejana juventud y el afán con que buscábamos la brillantina solida que podía ser “Cheseline”, “Varón Dandy” o “Jockey Club”, de diferentes olores y colores, cuando todavía podíamos peinar nuestras espesas cabelleras y formar aquellos copetes tan usuales entre la juventud varonil de los “chavalones” de 18 años o más que todos los domingos acudíamos al Cuartel del 14 a cumplir con el Servicio Militar obligatorio. Un servicio que nos imponía nuestro gobierno para estar preparados para defender nuestra patria en aquellos días aciagos en que nuestra patria corría el peligro de ser objeto de invasión o participación en la Segunda Guerra Mundial. Una obligación que permanece ahora en la actualidad en su modalidad de trabajo social de los jóvenes en edad de merecer, aun cuando la Cartilla del Servicio Militar ya no es un documento tan importante como en esos tiempos, en que para todo se ocupaba tal documento y que “hasta para casarse” era necesaria. El uniforme que usábamos los jóvenes de entonces era casi general: pantalones de la marca Livai's Strauss 502, muy ajustados; camisa o playera blanca, apretadita, bien arremangada para que lucieran los “gatos” incipientes, mocasines color negro o botas “Siete Leguas” tipo militar con “garbancillos” o herraduras en las punteras o en los tacones (para que resonaran nuestros pasos sobre las banquetas), mocasines de preferencia color negro y con unas relucientes moneditas de $ 0.25 centavos, (las de la balancita), incrustada en el frente del zapato bien lustrado, calcetines color blanco y con el pantalón al cuerpo y un poco corto para que lucieran los mocasines y los calcetines; copetes bien envaselinados, polacas voladoras para los que no tenían suficiente vello capilar facial y con un buen equipo de comunicación para estar al tanto de las “colas” ya que a la juventud de entonces les encantaba colarse a toda celebración como auténticos y consumados “Coleros” perdiendo la vergüenza de no ser invitados. Recorrer por las tardes la calle Serdán, visitando de rigor “El Pradas”, “La Ideal”, el Billar X, la nevería “El Oso Blanco” y extasiarse con el desfile de las bellezas que laboraban en los Bancos, papelerías, o en las Boticas Nueva, Cruz Roja, Del Pueblo o en la Botica Moderna, que iniciaban su recorrido de regreso a sus hogares llamando la atención de la juventud varonil que se solazaban piropeando a las hermosas damitas que a diario paseaban sus juveniles encantos para deleite de la raza. La ciudad, por su reducido tamaño en esas épocas, se constituía en una comunidad en la que todo mundo se conocía, con solo mencionar el apellido, ya se tenía una radiografía familiar de todo el árbol genealógico de él o la susodicha pretensa, como siempre y por “secula seculorum”. Hermosillo se ha distinguido por sus hermosas mujeres y las relaciones sociales se encontraban muy incrementadas, nacieron los clubes sociales y de servicio, el baile era del dominio de toda la chaviza que veía nacer el loco y desquiciado “Rock and Roll, proliferaron los “Drive Inn” en que por las tardes como parvadas de chanates los jóvenes invadían todos los lugares de solaz y esparcimiento de la ciudad, “El Kiki”, nevería “Chita”, el “Pradas”, el “Nogales Café”, las neverías de las Farmacias, “La Ideal” y todos aquellos lugares en que a diario se convirtieron en los cuarteles generales o simplemente como sitios de reunión. En estos recordados lugares, se iniciaron parejitas que empezaron “vacilándose” y al poco tiempo se iniciaron en la feliz etapa del noviazgo y poco después en matrimonios hoy convertidos en los actualmente titulares del nombramiento de “abuelitos” de reconocidas familias con apellidos combinados de mucha prosapia y distinción, sello inviolable del origen y estirpe de las familias del Pitic. Por supuesto que también las celebraciones multitudinarias de la juventud Hermosillense también se vieron incrementadas por los famosos Clubes de Servicio y rápidamente podemos recordar, por mencionar algunos: “Skokian”, “Club Am-Sin”, “Club Carioca”, “Club Tribilin”, “Rotarios”, “Veinte Treinta”, “Club de Leones”, etc. etc., lugares que sirvieron de pretexto para incrementar las relaciones sociales, amén de la Fiestas de los Carnavales, Bailes Rancheros, Bailes de Bienvenida, Baile del Estudiantes, Baile de la Telefonistas, el Blanco y Negro que ya pertenecía a otro orden de combinaciones de adultos y jóvenes de la mejor sociedad en las que ser invitado a esos bailes significaba un salto hacia otra esfera social muy superior. Por supuesto que el aspecto deportivo no se quedaba atrás y actualmente existen algunos que todavía recordaran los peleadísimos encuentros de Básquet y de Vóley que se llevaban a cabo en la Cancha de la Prevo, los juegos de beisbol de la Casa del Pueblo, las carreras de patines Huntigton por la Serdán o en la Placita atrás del San Alberto, las peleas de Box de la Pagoda, de la Arena Sonora y todavía más recientemente del Cine Arena en donde muy poco se celebraron corridas de Toros, de todo funcionó: Como arena de Toros, Arena de Box y de Lucha así como sala de Cine, Lugar de reunión de algunas religiones y por supuesto de lugar de celebración de mítines políticos o de proselitismo. Aquellos "Bailes Rancheros" de las canchas de la Universidad, hicieron época y sus organizadores dieron muestra de la destreza e inteligencia como organizadores que con cada año superaban al anterior. ¿Quién no participó en esos bailes? Unos bailes al que acudían en masa los jóvenes hermosillenses así como los de algunos lugares del Estado que dieron lustre y lucimiento a este tipo de acontecimientos que han quedado como un finísimo recuerdo que se ha ido añejando con el paso del tiempo en que los hemos magnificado a su máxima expresión. Tal vez no nos haya tocado ser la juventud más brillante de la historia del Estado pero eso sí, formamos una pléyade de muy felices transeúntes por el boulevard de los “Sueños Compartidos”, aquellos que deseamos fervorosamente que esos sueños, pudieran regresar en todo su esplendor, utilizando la magia del filtro que hemos formado de todas las experiencias vividas en que por fortuna podemos colocar en la parte de arriba de ese filtro todos los buenos recuerdos y eliminar automáticamente los malos momentos para poder disfrutarlos a plenitud. Si acaso estos recuerdos forman parte del baúl que contiene tus más caros recuerdos de juventud, disfrútalos y compártelos con quien más quieras; en caso contrario, compréndenos, porque algún día, tu también acudirás sin prisas a saborear tus experiencias, y te aseguro que los disfrutaras al doble. G r a c i a s. Fronteras y 5 de febrero 139, |